EL CEO FINGIA MORIR

Descargar <EL CEO FINGIA MORIR> ¡gratis!

DESCARGAR

Capítulo 3 Capítulo 3

Renata

Me deslicé en el asiento de atrás antes de que mi papá saliera del edificio. No quería verlo, no quería oírlo, no quería darle el gusto de palmearme el hombro y decirme bien hecho hija, esto nos salva.

Marqué.

Contestó al primer timbre.

—Señorita.

—Cambio de plan, las acciones de Nicolás deben esperar.

—¿Las suspendemos?

—Las retrasamos.

—¿Hasta cuándo?

Bajé la mirada al anillo que ya no estaba en mi dedo, esa franja más clara que la piel guardaba como una cicatriz.

—Hasta el día de mi boda.

Una pausa corta del otro lado, la justa para que él procesara.

—¿Su boda, señorita?

—Mi boda.

—¿Con quién?

Cerré los ojos.

Buena pregunta.

¿Con quién me iba a casar yo, exactamente? Ni yo misma tenia una la respuesta, lo acaba de conocer.

—Sebastián Córdova.

Silencio.

—¿Está segura del apellido?

—Sí.

—Carajo.

Lo soltó, ese carajo bajo que se le escapa cuando olvida que estoy del otro lado.

Me enderecé.

—¿Qué pasa?

—Déjeme confirmarlo y le aviso.

—Mejor primero investígalo, empresas, patrimonio, familia, enemigos, deudas, salud, médicos, lo que no esté en Google, sobre todo.

—¿Para cuándo?

—Antes de la boda.

—¿Cuándo es la boda?

—Unos días.

—Entendido.

—Otra cosa, busque qué firmó mi papá esta semana, a quién le debe, qué entregó para sostenerse.

—¿Qué busco?

—No sé, por eso necesito que investigues que saca de esta boda.

—Anotado.

Colgué antes de que me dijera cuídese.

Apoyé la cabeza contra el vidrio.

Me casaba en cuestión de días, con un hombre cuyo apellido le sacó un carajo a mi asistente, y eso para mí significaba más que cualquier expediente, mi asistente no se sorprende con cualquiera.

Llegué al apartamento, me tiré bocabajo en la cama con la ropa puesta.

Aproveché para trabajar, tenía cosas que organizar antes de ser oficialmente la señora de Sebastián Cordoba, pero el informe no tardó en llegar, correo nuevo, sin asunto, tres adjuntos.

Lo abrí con el corazón ya golpeando.

Árbol genealógico, Sebastián Córdova Lazcano, hermano menor de Ricardo Córdova Lazcano, tío de Nicolás Córdova Mendoza.

Me senté de un tirón.

Bajé el dedo por las ramas, una, otra, hasta la conexión.

El tío.

El hijo enfermizo de la familia, el que en las cenas no aparecía porque estaba en una clínica, el que Nicolás llamaba "el tío de la silla" entre risas, el que la mamá de Nicolás compadecía en voz alta y odiaba en voz baja porque estaba entre ella y la herencia.

Solté una risa rota.

De todos los hombres en esta ciudad, mi papá me había escogido al tío.

Bajé al segundo documento, CEO de la empresa madre del grupo, director general por testamento del abuelo, accionista mayoritario, todo el imperio familiar pasaba por su escritorio, y nadie podía sacarlo de ese asiento sin su firma o su muerte.

Por eso a Nicolás se le iba la vida hablando de él.

Por eso al papá de Nicolás le sudaban las manos cada vez que lo mencionaba.

Al final del documento, daño medular irreversible tras un accidente hace un año, parálisis completa de cintura para abajo, pronóstico médico reservado, expectativa de vida estimada por sus médicos personales en dos a cinco años.

Reservado.

Estimada.

Dos palabras que mi gente no mete en un informe serio, dos palabras que solo aparecen cuando lo que se reporta no se pudo confirmar.

Levanté la mirada del celular.

El hombre que conocí esa mañana no me pareció para nada un moribundo.

Un moribundo no se interesa en lo que pasó en un baño de discoteca, un moribundo arregla cuentas y abraza nietos, no contrata investigadores ni adelanta bodas.

Cerré el correo.

Si los dos estábamos fingiendo, los dos teníamos algo que perder, y eso en mi mundo no era amenaza, era ventaja.

Me metí a bañar.


Cuando volví a abrir los ojos a la realidad, estaba parada frente a un espejo de cuerpo entero, en una salita junto a una capilla, con un vestido blanco que no escogí yo y un velo que pesaba más que mi cabeza.

Una mujer arrodillada me arreglaba el ruedo.

Tocaron la puerta.

—Hija, llegó el momento.

Mi papá entro con la sonrisa más grande que le he visto.

—Estás hermosa.

—Estoy cumpliendo mi parte del trato, espero cumplas la tuya.

Me ofreció el brazo, se lo cogí sin mirarlo.

Caminamos hasta la puerta principal de la capilla, dos hombres con guantes blancos esperaron la señal, miraron el reloj, abrieron las puertas dobles.

La música arrancó.

Capilla privada, pocos invitados y al fondo, Sebastián.

En la silla.

De espaldas a mí, frente al sacerdote.

Empecé a caminar.

Segunda fila, del lado del novio.

Ricardo Córdova, con esa cara de me-jode-todo que reconocí de las fiestas en su casa y fingía que me aceptaba, y como cereza del pastel a su lado, su esposa, la mamá de Nicolás, agarrándole el brazo.

Y al lado de ella.

Nicolás.

De traje azul, parado, mirando hacia el pasillo con la cara aburrida del invitado obligado, hasta que sus ojos me encontraron.

Vi el momento exacto.

Vi el segundo en que la cara se le cayó, en que la sonrisa de cortesía se le borró, en que se le abrió la boca un milímetro, en que el color se le fue como si alguien le hubiera abierto un grifo. La madre le dijo algo al oído, él no le contestó, no podía, me estaba mirando como si yo fuera un fantasma con vestido blanco.

Yo no aparté los ojos.

Lo miré caminando, paso a paso, sin dejar de sonreír.

Solo lo miré.

Y cuando pasé frente a su banco, justo cuando él hizo el amago de hablar, le moví los labios sin sonido.

Dos palabras.

Lo suficientemente claras para que las leyera.

Hola, amor…

Capítulo Anterior
Siguiente Capítulo