EL CEO FINGIA MORIR

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Capítulo 2 Capítulo 2

Sebastián

El expediente de Renata Vega llevaba tres días sobre mi escritorio.

Me lo sabía de memoria, hija única, universidad sin terminar, cero empleo, cero proyectos, tarjetas a cargo del padre, viajes a cargo del novio, una sola publicación seria en años, un homenaje a la madre muerta con muchos likes y una frase armada por algún publicista.

Lo demás eran fotos, ella en una playa con una copa de vino, ella en el lanzamiento de una marca de carros, ella con tres copas vacías en la mesa, ella abrazando a una rubia con un pie de foto que decía "mi alma gemela desde el colegio".

Mi tipo de mujer.

No por gusto, por estrategia.

Una esposa real no me servía, al final podría pelea por la mitad, en cambio una esposa con sonrisa de revista y deudas por pagar era lo que necesita un CEO en silla de ruedas que quiere distraer a la prensa mientras juega su partida.

El problema era que esta mujer era la novia de mi sobrino.

Cerré los ojos un segundo y dejé que la idea me asentara en el pecho, casarme con la mujer de Nicolás, era mi golpe extra, mi sobrino es arrogante y un don nadie, solo mato dos pájaros de un tiro.

El intercomunicador sonó.

—Señor, el chofer está abajo.

—Voy.

Bajé al sótano, el carro me esperaba con la puerta abierta y la rampa lista, mi asistente subió la silla, el chofer arrancó.

En el camino a las oficinas del señor Vega repasé en la cabeza lo que iba a decirle a la niña, no me interesaba seducirla, me interesaba dejar las reglas claras desde el primer minuto.

Llegamos.

El edificio del señor Vega era de los que se construyen cuando un hombre tiene más deudas que vergüenza, mármol en el lobby, recepcionistas que sobran, una flota de carros estacionados afuera que en los libros aparecen como activos y en la calle como decoración.

La secretaria me esperaba en la planta baja.

—Señor Córdova, lo están esperando arriba.

Subimos, ella caminó al lado de la silla, abrió la puerta doble del despacho.

El padre estaba de pie detrás del escritorio, con  esa cara de me-estoy-jugando-todo que ningún traje disimula.

Y ella.

Sentada en el sillón de cuero, vestido de oficina, piernas cruzadas, los ojos clavados en el celular.

Ni se molestó en mirarme.

—Señor Córdova —dijo el padre, rodeando el escritorio—, qué honor recibirlo.

—El honor es mío, señor Vega.

Llegué hasta el centro del despacho, el padre se aclaró la garganta para presentarnos, no le di tiempo.

—Renata.

Levantó la vista.

Me miró a mí, bajó los ojos hasta la silla, los devolvió a mi cara, miró a su padre una sola vez, una mirada corta, y volvió a mí.

—Sebastián Córdova, mucho gusto.

Le tendí la mano.

Ella estiró la suya sin levantarse.

—Acepto.

Una palabra.

El padre detrás de mí soltó el aire largo, en el reflejo del vidrio vi cómo se le abría una sonrisa.

—Maravilloso, hija.

Ella no le contestó, seguía con la mano dentro de la mía, fría, firme.

La solté.

—Señor Vega, ¿me permite un momento a solas con su hija?

—Por supuesto.

Le apretó el hombro al pasar, ella no reaccionó, salió.

La puerta se cerró.

Me acerqué hasta quedar frente al sillón.

Guardó el teléfono, lo dejó boca abajo al lado de su pierna.

—Te oigo, Sebastián.

Sebastián, no señor Córdova, bien.

—Voy a ser claro contigo.

—Te oigo.

—Sé lo básico sobre usted, que le gustan las fiestas y gastar a manos llenas, aunque la condición de su familia no es buena.

Sonrió de medio lado.

—¿Y eso es un problema?

—Solo a medias, si nos casamos se acaban las fiestas.

—¿Y el gastar?

—Vas a tener más dinero del que has tenido en tu vida.

Los ojos le brillaron un segundo, esa cosa pequeña que pasa en la pupila cuando alguien oye una cifra que le gusta.

—Te escucho.

—Tarjeta propia, sin pedir permiso, cuentas en cuatro países, viajas lo que quieras, compras lo que quieras, pero conmigo o con quien yo autorice, sin fotos de discoteca, sin amigos borrachos subiendo videos, serás mi esposa y deveras portarte como tal.

—Acepto.

Lo sabía.

Hueca como una caja, brillante por fuera, vacía por dentro, igual a Nicolás.

Mejor para mí.

—Una cosa más.

—Te oigo.

—Tu novio.

Se quedó quieta.

—¿Qué con él?

—Vi en tus redes que tienes uno, Nicolás, ¿cierto?

—Sí. Nicolás.

—Si te casas conmigo, ese capítulo se cierra, no quiero llamadas, no quiero encuentros, no quiero un nombre en tu celular que no sea el mío.

Esperaba un puchero, una negociación de niña.

Nada de eso.

Ella soltó una risa corta, seca.

—De ese no te preocupes.

—¿No?

—Anoche me pidió matrimonio.

Levanté una ceja apenas.

—Y aceptaste.

—Y acepté.

—¿Entonces?

Me sostuvo la mirada, sin pestañear.

—Una hora después lo encontré en el baño de la discoteca con mi mejor amiga.

Me quedé quieto.

No por la información, esa la podía haber adivinado, mi sobrino tiene el cierre del pantalón roto desde los quince años, fue por la voz con la que lo dijo, sin temblar, sin lágrimas, sin la búsqueda de lástima que el expediente me había hecho esperar. Lo dijo como quien reporta un balance.

—Lo siento.

—No lo sientas.

—¿No?

—Ya es pasado.

Algo en cómo lo dijo me hizo inclinar la cabeza.

—¿Pasado cómo?

Sonrió con los dientes, y volvió a coger el celular del sillón.

—Pasado, Sebastián, tan simple como eso.

Y se metió en la pantalla otra vez, como si la frase se le hubiera escapado del cansancio.

La hueca había vuelto.

La miré una fracción de segundo más de la cuenta.

Le tendí la mano.

—Bienvenida a la familia.

Me la apretó.

Más firme de lo que debería tener la mano de una niña que no durmió.

La solté.

Llamé al padre, firmamos los preliminares en quince minutos, los detalles los cerraría mi abogado durante la semana, para cuando ella salió del despacho sin mirarme, con el padre detrás, saqué el celular y marqué.

Mi asistente contestó al primer timbre.

—Señor.

—Adelanta la boda.

—¿Para cuándo, señor?

Miré por el ventanal hacia el lobby, dos pisos abajo, donde Renata acababa de salir del ascensor con la cabeza alta y el celular en la mano.

—Antes de que mi sobrino se entere.

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