Capítulo 3 El cuerpo de la verguenza I
—¿De verdad morí? —me pregunté con la voz quebrada por la incredulidad que me embargaba.
Fruncí el ceño y miré mis manos. Ahí percibí que no había calor, tampoco peso, menos textura. Nada me respondía. Cerré los ojos apretandolos con fuerza buscando recomponer la realidad que había construido y los abrí. Pero no, seguía allí, inmóvil.
«¡No podía estar muerta!», pensé.
Había tenido toda mi vida bajo control. Siempre. Era hermosa, deseada, temida. No existía un escenario donde yo perdiera, menos uno donde terminara así.
Vi mi cuerpo inerte y el desprecio que sentí fue inmediato.
—¿De verdad… soy yo? —murmuré, con una risa irónica cargada de veneno.
El cuerpo que había sido mi arma más valiosa estaba tendido sobre una fría bandeja metálica, desnudo, pálido, inerte. La piel sonrosada en algunas partes, blanca y tersa como una seda que había sido tocada, adorada, pagada, ahora era una superficie dura y gris, sin valor. Aquello era un desperdicio.
Me negué a aceptar que pudiera pasar por eso. La perfecta Greishka jamás, en mi proyección de vida, debía morir.
Alrededor de mi cuerpo, estaban tres hombres con batas de laboratorio, hablaban sin mirarme. Me parecía repugnante.
—Hora del deceso… —dijo uno, anotando sin emoción.
Quise reír, sentí la necesidad de gritar.
«¿Qué carajo es esto?», pensé con furia. «¿De verdad creen que pueden declararme muerta así como así?».
La idea era absurda, ridícula.
«Greishka no moría, a Greishka no se le permitía desaparecer». Así de arrogante siempre fuí, e incluso en esta situación, nada cambió.
—No pueden dejar que muera —murmuré.
Era en vano, estaban confabulados para ignorarme o de verdad estaba muerta. Ninguno me escuchaba.
Los hombres seguían hablando, tocando el cuerpo como si no hubiera sido yo.
«¿Así termina todo?», pensé con rabia.
—No… —murmuré—. No me metan ahí. Todavía no.
Nadie me escuchó. Los hombres tomaron la bandeja donde reposaba mi cuerpo y lo llevaron en dirección a la puerta de una especie de bóveda que estaba abierta.
El sarcasmo fue mi última defensa.
—¡Merezco una oportunidad en esta vida de mierda! —dije desesperada, con una risa amarga.
Me detuve. Bajé la voz.
—Mi hija me necesita —susurré entonces, por primera vez sin arrogancia—. ¡Gretell… por favor!
No hubo respuesta.
De pronto, sin poder explicarlo, quedé suspendida, atrapada en un silencio espeso.
Y entonces la palabra anterior me hizo consciente de mi mayor golpe, el real. Tuve consciencia de lo que de verdad debía importarme más que pelear con seres que nunca me escucharían.
Gretell.
Mi hija seguía viva y sola en ese hospital. Nadie iría por ella, nadie la protegería.
—No… —murmuré con desesperación—. No ahora.
La indignación me recorrió como un incendio. Solo por Gretell morir en ese momento no tenía sentido. Era absurdo, e injusto.
El recuerdo de Gretel me atravesó: su voz, sus ojos, su forma de decir “mamá”.
—No… —susurré—. No puedo dejarla sola.
Obstinada como era, decidí salir de allí.
Miré alrededor sabiendo que tenía que encontrar mi propia salida.
—Juro que si me dan otra oportunidad… —susurré con odio—. Te mato, Raúl. Te mato.
Intenté avanzar de nuevo. Empujé, grité, supliqué, y nada.
Era como chocar contra un muro.
—¡Déjenme verla! —grité al vacío—. ¡Solo una vez!
De repente, caigo en un profundo silencio, y entonces lo entendí. A mi manera, retorcida, pero lo entendí.
“Los muertos no vuelven, sino para rectificar algo”.
Pero yo en mi arrogancia, incluso, sabiéndome muerta, en ese momento no entendía que debía rectificar mi forma de vivir, mi manera de pensar y actuar con el mundo. En mi mente solo habían dos pensamientos marcados: mi superioridad y el amor a Gretell.
En mi vida. solo había amado a un solo ser… y aun muerta, todavía amaba demasiado a Gretell.
Demasiado como para irme, demasiado como para desaparecer.
Después de eso, no supe en qué momento dejé de luchar. No hubo una rendición consciente ni una súplica final. Simplemente me desvanecí, y cuando reaccioné, lo hice con violencia, como si el mundo me hubiese escupido a algún lugar con desprecio, sin compasión alguna.
Desperté de golpe.
La oscuridad no fue un refugio, fue un castigo. El aire me golpeó el cuerpo con brutalidad, entró en mis pulmones como una invasión, y en ese primer segundo de conciencia supe que algo estaba mal. Muy mal. Aquella sensación no me pertenecía. No era mi piel, no la que había perfeccionado y cuidado con disciplina y sacrificio, no era la que había explotado, y convertido en mi arma más eficaz.
Me incorporé con brusquedad y el cuerpo me respondió como un animal enfermo. Torpe, pesado, lento, inferior. Cada músculo parecía ajeno, mal calibrado, como si hubiera sido ensamblado sin cuidado.
Bajé la mirada… y entonces...
Incredula, cerré y abrí los ojos. Aquello no era un error, era una burla grotescamente diseñada.
—No… —escupí con la voz cargada de veneno—. ¡No te atrevas! —agregué con incredulidad al ser consciente de la amenaza y como si le hablara a alguien más.
Las piernas que ví no eran las mías. Eran cortas, desproporcionadas, ridículas. Los pies pequeños y regordetes, parecían una broma de mal gusto, una caricatura grotesca de lo que alguna vez habían sido las partes estlilizadas y bien torneadas de mi cuerpo.
El asco me subió desde el estómago con violencia, seguido de una náusea seca y una furia tan intensa que me hizo temblar de pies a cabeza.
De la impresión me levanté a trompicones. El equilibrio fue una humillación constante. Cada paso confirmaba la traición: los brazos no me obedecían como debían, la espalda se curvaba hacia adelante, sentía como el centro de gravedad me arrastraba hacia el suelo, como si aquel cuerpo estuviera diseñado para recordarme que ya no tenía derecho a mirar a nadie desde arriba.
—¡Esto no es real! —gruñí—. No lo es.
Ansiosa, busqué un espejo como quien busca un arma. Avancé, pero mal, tropecé, me golpeé contra la pared.
—¡Qué mierda! —exclamé frustrada.
Cuando por fin lo encontré, por cierto, mal colgado, torcido, casi burlón… el impacto fue definitivo.
La mujer que me devolvió la mirada no era yo.
Era una versión grotesca de la existencia misma de una de las cosas que tanto había despreciado: Una mujer de talla baja, compacta, desproporcionada.
Al principio miré el reflejo del espejo como quien mira el de otra persona, pero al darme cuenta que el espejo no proyectaba ningún otro reflejo, el golpe de realidad fue espantoso. En mi cabeza la razón explotó como bomba nuclear.
—¿En serio? ¿¡Una maldita enana!? ¿A esto me han reducido?
Exactamente el tipo de cuerpo que había despreciado en varias ocasiones. El tipo de cuerpo que había ignorado, juzgado, burlado y hasta utilizado como referencia de lo que nunca debía ser.
—Esto… esto es una aberración —murmuré con desprecio, al borde del llanto.
En lo que veía no había elegancia, ni presencia, tampoco había poder. La Greishka que hacía girar cabezas con expresiones de admiración y deseo, había sido borrada de un zarpazo como si nunca hubiera existido. En su lugar, había alguien a quien nadie miraría dos veces… por lo menos, no para admirar.
Continúa siguiente...
