DOBLE JUEGO EL PRECIO DE LA PASIÓN

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Capítulo 7 Suite 402

El inmenso Puerto era pequeño para Amaranta quien avanzaba hacia la Suite 402 del edificio administrativo. No llevaba armas de fuego, solo la pequeña navaja suiza en el bolsillo de su chaqueta y un corazón que palpitaba a mil por horas con la fuerza de un animal enjaulado.

Al llegar a la puerta, dos hombres de seguridad de la Organización Vértice, con el rostro de sicarios y armas evidentes bajo sus sacos, la escanearon con un detector de metales.

—La señora viene desarmada —dijo uno de ellos por el comunicador.

—Déjenla pasar —la voz de Enzo Valli sonó a través del altavoz, cargada de una expectación lasciva—. El postre ha llegado temprano.

Enzo estaba sentado frente a un monitor, con una copa de coñac en la mano. No se levantó; la observó como un coleccionista observa una pieza que finalmente ha logrado adquirir.

—Has tenido valor al venir, Amaranta —dijo Enzo, señalando la silla frente a él—. O quizás es que la cama de Herling no es tan cómoda como él presume.

—Déjese de juegos, Valli —respondió ella, forzando una firmeza que no sentía. Se sentó, manteniendo la espalda recta—. Tengo los códigos de acceso a las cuentas externas de Tomás. Tal como acordamos. Pero no soltaré ni un bit de información hasta que vea los registros de Raúl. Esos que limpian mi nombre.

Enzo soltó una carcajada seca y deslizó una carpeta de cuero sobre el escritorio. Al abrirla, Amaranta sintió que el aire se le escapaba. No solo eran registros contables; eran fotos de ella en la Agencia, documentos firmados con su letra falsificada y, lo más aterrador, una orden de detención "post-datada" firmada por Vargas.

—Raúl fue minucioso — Si sales de aquí sin esto, mañana serás la criminal más buscada del país. Ni siquiera Herling podrá evitar que termines en una celda de máxima seguridad... o muerta en un "intento de fuga".

Amaranta sacó una unidad USB de su bolsillo. Era el momento de la verdad.

—Aquí tienes el acceso al servidor central de la logística de Herling. Si lo conectas ahora, verás que es real.

Enzo conectó la unidad con avidez. Mientras la barra de progreso avanzaba, Amaranta activó silenciosamente el transmisor en su pulsera. Necesitaba que Tomás tuviera la ubicación exacta, pero también necesitaba que el "troyano" que ella había diseñado dentro de esa USB infectara la red de Vértice para borrar sus propios archivos.

De repente, la pantalla de Enzo parpadeó en rojo.

—¿Qué es esto? —gritó él, poniéndose de pie de un salto—. ¡Esto no son códigos de logística! ¡Es un protocolo de borrado!

—¿Creíste que podrías engañarme, analista de pacotilla? ¡Raúl tenía razón sobre ti! Eres astuta, pero no lo suficiente.

En ese momento, el teléfono de Enzo vibró. Era un mensaje de texto con una foto: Amaranta saliendo de la mansión Herling dos horas antes.

—Me enviaron esto hace un minuto. Herling viene en camino con media flota de seguridad. Pensaste que podías usarme como un peón para salvar a tu amante, ¿verdad?

Enzo sacó una pistola y la presionó contra la sien de Amaranta. El metal estaba helado.

—Si voy a caer, tú te vienes conmigo. Vamos a ver si Herling es tan valiente cuando tenga que recoger tus sesos del suelo.

—¡Tíralo todo! —gritó Enzo a sus hombres—. ¡Preparen la salida trasera! ¡Nos llevamos a la chica como escudo!

Amaranta cerró los ojos, esperando el impacto o el rescate, cuando una explosión ensordecedora hizo temblar el edificio. El cristal de la suite estalló en mil pedazos. A través del humo y las llamas, la figura de Tomás Herling apareció en el marco de la puerta destrozada, con un arma en cada mano y una mirada de odio que prometía no dejar a nadie vivo.

—¡Suéltala, Valli! —rugió Tomás, avanzando un paso más. Sus ojos no eran los del hombre que la besaba en la cama; eran los de un verdugo—. Te lo advertí. Te dije que no la tocaras.

—¡Ella vino sola, Herling! —gritó Enzo, con la voz quebrada por el pánico—. ¡Vino a traicionarte por unos estúpidos papeles de la Agencia! ¡Tu mujer te cambió por un expediente!

Tomás se detuvo en seco. Por una fracción de segundo, el dolor de esa posible traición cruzó su rostro, pero luego sus ojos se clavaron en Amaranta. Ella, a pesar del cañón en su cabeza, no apartó la mirada.

—No lo hice por ellos, Tomás... —susurró ella, con la voz firme a pesar de la falta de aire—. Lo hice por mí. Por mi nombre.

—¡Cállate! —Enzo la sacudió violentamente—. ¡Dame el código de anulación o le vuelo la cabeza ahora mismo!

Tomás bajó ligeramente el arma, pero su expresión era de una calma aterradora.

—Valli... cometiste el error de creer que esos papeles eran lo más valioso en esta habitación. Lo más valioso es ella, y ya me pertenece.

En un movimiento coordinado que solo un hombre con su poder y entrenamiento podría ejecutar, Tomás disparó al hombro de Enzo justo cuando Amaranta, recordando su instinto de supervivencia, clavaba la pequeña navaja indetectable en el antebrazo del mafioso.

El grito de Enzo fue ahogado por el estruendo de los cristales terminando de caer. Amaranta se soltó y corrió hacia Tomás, quien la atrapó en un abrazo que casi le rompe las costillas. No era un abrazo de consuelo; era un abrazo de reclamación absoluta.

—Estás loca —le siseó él al oído, su aliento mezclado con el olor a pólvora—. Arriesgaste tu vida por un expediente que yo podría haber borrado con una llamada.

—Tú podías borrar el archivo, Tomás —respondió ella, aferrándose a su camisa negra mientras las sirenas de la policía (o de la Agencia) empezaban a escucharse a lo lejos—. Pero yo necesitaba borrar la mancha.

Tomás la apartó un poco para mirarla a la cara, con una mezcla de rabia, celos y una admiración oscura que no pudo ocultar.

—Ahora vámonos. Porque después de lo que voy a hacerle a este lugar, no quedará ni un solo registro que limpiar.

Mientras Tomás la llevaba hacia su auto, Amaranta miró por encima del hombro. Valli estaba en el suelo sus hombres lo estaban levantando, sangrando casi desmayado, pero sonreía. En medio del fuego, el mafioso le mostró un pequeño disco duro que guardaba en su bolsillo interior. El expediente que Tomás acababa de "destruir" con su explosión no era el único.

Amaranta se subió al coche sintiendo el calor de la mano de Tomás en su muslo, pero el frío en su corazón era mayor: La guerra por su nombre acababa de volverse personal, y Tomás no era el único que guardaba secretos bajo la piel.

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