DOBLE JUEGO EL PRECIO DE LA PASIÓN

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Capítulo 6 Olor a Traición

El silencio en la suite principal de la mansión Herling era absoluto. Tomás dormía con la profundidad de un hombre que, por primera vez en años, creía haber triunfado sobre el caos. Su brazo derecho estaba extendido sobre el lado de la cama donde, apenas unas horas antes, el cuerpo de Amaranta encajaba a la perfección contra el suyo. Pero el frío lo despertó.

Fue una sensación de calor que su instinto detectó antes que su consciencia. Tomás abrió los ojos de golpe. La habitación estaba sumergida en oscuridad. Volteó, esperando encontrar el desorden de los cabellos oscuros de Amaranta sobre la cama, pero lo único que halló fueron las sábanas, perfectamente acomodadas, como si ella nunca hubiera estado allí.

—¿Amaranta? —llamarla fue su primer instinto, pero no obtuvo repuesta.

Se levantó de un salto, recorriendo la habitación con la mirada. No había rastro de ella. El vacío se sintió como una bofetada de realidad que le devolvía su propia soledad. Fue entonces cuando su mirada se fijó en la almohada. Allí, estaba una nota de papel.

Tomás la tomó con una mezcla de miedo y presentimiento de traición. Sus ojos leyeron las palabras escritas con la caligrafía firme de una mujer que sabe que está a punto de saltar al abismo:

"Confía en mí. Esta es la última vez que tengo que ser una agente para poder ser tuya por siempre. Espérame antes de que salga el sol. — Amaranta".

En ese instante, algo se rompió dentro de Tomás. No fue una rotura limpia; fue una explosión de rabia contenida y celos viscerales que le nublaron el juicio. Él le había dado su protección, su nombre, su propia cama... y ella le pagaba con una desobediencia que olía a la traición más rancia.

Una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor, escapó de su garganta mientras apretaba el papel. ¿Confiar? Esa palabra era el veneno que había destruido al hombre que solía ser. En ese instante, el nombre que había enterrado bajo toneladas de acero y sangre volvió a la superficie como un cadáver en el río: Elena.

Hacía años, Tomás había entregado su corazón a una mujer que usó la palabra "confianza" para venderlo a la competencia mientras le juraba amor eterno en esa misma cama. Elena lo había dejado desangrándose en un callejón de Marsella, riendo mientras los sicarios se acercaban. Por eso, con Amaranta, él había levantado murallas de hierro. Por eso se contenía, esperando que ella fuera diferente. Y ahora, ella escapaba en mitad de la noche hacia la suite de su enemigo más directo, Enzo Valli, usando la misma retórica de "limpiar su nombre" que Elena usó antes de clavarle el puñal.

—Maldita seas... —gritó Tomás, apretando el papel hasta despedazarlo en mil pedazos.

Caminó hacia el vestidor, abrió la caja fuerte y tomó su arma reglamentaria. El sonido del cerrojo retrocediendo y encajando la bala en la recámara fue la única respuesta que necesitaba su furia. Presionó el intercomunicador.

—Milton —dijo, y el nombre sonó como un latigazo.

—¿Señor?

—La rastreaste, ¿verdad? —preguntó Tomás, vistiéndose con movimientos mecánicos, sin quitar la mirada de los restos de la nota—. Dime que no fuiste tan imbécil de dejarla salir sin un localizador.

—Está en el puerto, señor. Suite 402. Edificio administrativo de Vértice. Llegó hace diez minutos.

Tomás cerró el puño y golpeó la pared con una fuerza que habría fracturado los huesos de cualquier otro hombre, pero él solo buscaba drenar el incendio de sus entrañas. La imagen de Amaranta con Valli, el hombre que la deseaba como un trofeo para humillarlo, le quemaba la sangre.

Minutos después, Tomás bajaba las escaleras hacia el garaje, donde los motores de los blindados ya estaban listos para salir. Milton lo esperaba, observando a su jefe con una mezcla de respeto y preocupación profesional. Milton era el único que recordaba el estado en que Tomás regresó de Marsella; él fue quien le ayudó a coserse las heridas de Elena.

—Señor, entrar en Vértice es declarar la guerra abierta —advirtió Milton mientras Tomás subía al asiento trasero—. Podemos interceptarla de otra manera.

—Vértice ha dejado de existir para mí desde el momento en que pusieron una mano sobre lo que es mío —dijo Tomás, cargando un segundo cargador—. Si Amaranta quiere jugar a ser la traidora, yo voy a jugar a ser el verdugo.

Milton guardó silencio un momento, pero luego, por primera vez en años, se atrevió a cruzar la línea de la confianza.

—Señor... me he dado cuenta de algo —dijo Milton por el retrovisor—. Usted quiere las cosas bien con Amaranta. No es como antes. Conociéndolo, si ella fuera cualquier otra, usted ya la hubiese hecho suya a su manera: por la fuerza, quebrándola hasta que no tuviera más opción que obedecer. La habría convertido en un adorno más de esta casa.

Tomás lo escuchó, no interrumpió.

—Pero con ella ha esperado —continuó Milton—. Ha intentado que ella venga por su cuenta. La traición de Elena lo dejó marcado, sí, pero con Amaranta está intentando no repetir el error de convertirse en el monstruo que ella espera que sea. Por eso le duele tanto esta nota. No le duele la desobediencia, señor... le duele que ella no haya confiado en que usted podía protegerla sin que ella tuviera que venderse a Valli.

—Ella no es Elena, Milton —murmuró Tomás, aunque su voz seguía siendo fría—. Elena buscaba dinero. Amaranta busca su nombre. Pero al final, el resultado es el mismo: me ha dejado solo en esa cama para irse con un animal.

—Quizás —respondió Milton—, pero si va allá a matarlos a todos, asegúrese de que sea por la razón correcta. No la castigue a ella por los pecados de una muerta que ya está en el infierno.

Tomás no respondió. Se guardó la pistola en la parte trasera del pantalón y tomó su chaqueta de cuero. Milton tenía razón en algo: quería que fuera diferente. Quería que Amaranta fuera la excepción a su regla de hierro. Pero el puerto estaba cerca y en su mundo, el amor era una debilidad que se pagaba con una bala.

—Nos vamos al puerto. Ahora —respondió Tomás.

Salió de la mansión pensando en la nota de "Confía en mí". No quería confiar. Quería reclamar. Quería quemar el puerto hasta que no quedara más que cenizas, solo para demostrarle a Amaranta, y al fantasma de Elena, que nadie escapa de su sombra sin pagar el precio.

Mientras tanto, en la Suite 402, Amaranta cerraba la puerta tras de sí, sintiendo el peso de la pequeña navaja en su bolsillo y el terror en su garganta, sin saber que el hombre que amaba ya no venía a rescatarla como un héroe, sino a cobrarle cada segundo de su "libertad" con el precio de la sangre.

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