DOBLE JUEGO EL PRECIO DE LA PASIÓN

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Capítulo 2 Misión descubierta

El hospital privado de la Fundación Herling fue el lugar donde Tomas llevó a Amaranta, su preocupación por el estado de salud de su chica lo hizo entrar con desesperación para que la atendieran de inmediato al ver que era el propio dueño, las enfermeras y camilleros no dudaron en actuar con rapidez y eficiencia fue atendida y llevada a la suite 402, Amaranta luchaba por salir de la sedación que la morfina y el agotamiento le habían hecho sentir.

Intentó abrir los ojos, pero la luz, aunque no era fuerte, le molestó en los ojos. Un quejido involuntario escapó de sus labios cuando trató de moverse. Sus costillas le hicieron sentir un dolor fuerte, recordándole la brutalidad de Raúl en aquel callejón.

—No intentes levantarte todavía. El médico dice que tienes una fisura en la novena costilla y una conmoción que te mantendrá mareada un par de días.

La voz no era conocida, pero era como de un profesional de salud. Amaranta giró la cabeza con lentitud. Tomás Herling estaba sentado en una silla allí dentro de la habitación. Se había quitado la corbata y desabrochado los primeros botones de su camisa como si estuviese en su casa, pero seguía luciendo como el hombre que podía comprar y vender la ciudad entera.

Amaranta forzó su mente a trabajar.

—¿Dónde...? ¿Quién es usted? —susurró ella, dejando que su voz sonara quebradiza.

Tomás se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. Sus ojos la miraban con una intensidad que la hacía sentir como si la conociera de toda la vida.

—Soy el hombre que te recogió de la calle, Amaranta —dijo él, pronunciando su nombre con una lentitud apasionante, casi saboreándolo—. Encontré tu identificación en esa cartera que tanto te empeñaste en proteger.

Ella fingió una actitud de miedo.

—No recuerdo... el accidente. Solo... el frío. Por favor, señor, no puedo estar aquí. Tengo que irme. Él... él vendrá a buscarme.

—Nadie vendrá a buscarte aquí si yo no lo permito —sentenció Tomás. Su tono no era de consuelo, sino de una autoridad absoluta—. He bloqueado el acceso a esta planta. Tu "prometido", o quienquiera que te haya dejado en ese estado, tendría que pasar por encima de mi equipo de seguridad para tocarte de nuevo. Y te aseguro que nadie sobrevive a ese intento.

Amaranta cerró los ojos un momento. El alivio que sintió no era parte de la actuación. Raúl era un perro de raza, un hombre que no entendía de límites y que disfrutaba rompiendo lo que ella amaba. La Agencia la había lanzado a esta misión sabiendo que Raúl estaba cerca, usándola como un señuelo vivo para llegar a Herling. Vargas, su director, le había dicho: "Usa tu situación personal, Amaranta. Haz que él te proteja y tendremos acceso a su red".

La crueldad de sus propios jefes le dolía más que los golpes de Raúl. Estaba siendo sacrificada en el altar de la justicia anticorrupción, y su única tabla de salvación era el hombre al que debía destruir.

—¿Por qué hace esto? —preguntó ella, abriendo los ojos y mirándolo fijamente le hace entender que lo que está haciendo no va con su personalidad—. Usted es Tomás Herling. He visto su rostro en las noticias. No es un samaritano.

Tomás medio sonrió.

—Llevo tres días observándote en el café, Amaranta. Observaba cómo tus manos temblaban al sostener el teléfono, cómo intentabas ocultar tus lágrimas de los demás. Me preguntaba qué tipo de secreto podía cargar una mujer con tu elegancia y tu mirada de soldado herido. No soy un samaritano, es cierto. Soy un hombre que odia los misterios que no puede resolver. Y tú eres el misterio más fascinante que se ha cruzado en mi camino en años.

Él se puso de pie y caminó hacia la cama. Se detuvo a centímetros de ella y, con una delicadeza que Amaranta no esperaba, rozó el borde de la venda en su frente.

—Tienes un teléfono de grado militar en tu cartera, Amaranta —susurró él, y el corazón de ella dio un brinco de inmediato—. Un modelo que no usa la gente común. Y sé que me estabas investigando junto con los "socios" con los que me reunía éramos tu verdadero objetivo.

El aire pareció faltarle a la respiración de Amaranta. El juego de "damisela en apuros" se había roto demasiado pronto. Él era más inteligente de lo que Vargas había previsto.

—Entonces, ¿por qué no me entrega a la policía? ¿O a él? —desafió ella, su instinto de agente saliendo a la superficie.

—Porque la policía es corrupta y él es un animal. Y porque prefiero tener a mi enemigo donde pueda verlo —Tomás se inclinó sobre ella, atrapándola entre sus brazos apoyados en el colchón—. Pero, sobre todo, porque me gusta lo que veo. Me gusta esa chispa de desafío en tus ojos incluso cuando apenas puedes respirar.

Tomás deslizó su mano hacia el cuello de ella, sujetándola con una firmeza que prometía tanto protección como cautiverio.

—Mañana te darán el alta. No volverás a tu departamento, ni a tu Agencia, ni con ese hombre. Vendrás a mi casa. Vivirás bajo mis reglas, comerás en mi mesa y me dirás cada uno de tus secretos. A cambio, yo mantendré al mundo fuera de tus puertas.

Amaranta sintió una corriente en todo su cuerpo un momento de indecisión que para su trabajo era la oportunidad de oro, pero para lo que le hacía sentir Tomas cada vez que se le acercaba era su tortura pues nunca antes lo había sentido. Era una oferta mortal, una cárcel que no deseaba. Pero al pensar en la mirada desquiciada de Raúl y en la frialdad calculadora de Vargas, la mansión de Herling parecía el único lugar en la tierra donde podía ser simplemente Amaranta, aunque fuera como prisionera de lujo.

—¿Y si me niego? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

—No te vas a negar —le dijo Tomás, rozando sus labios con los de ella en una caricia que era casi un beso—. Porque sabes que, en este momento, soy lo único que se interpone entre tú y el abismo.

Cuando él salió de la habitación, Amaranta cerro sus ojos con una mezcla de sentimientos y emociones revoloteando en su corazón. Tenía que informar a la Agencia, pero ¿qué les diría? ¿Que el objetivo la había descubierto y, aun así, la estaba reclamando? El doble juego se había vuelto mortal, y ella estaba empezando a temer que el precio de su libertad fuera, precisamente, su corazón.

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