DOBLE JUEGO EL PRECIO DE LA PASIÓN

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Capítulo 1 En brazos de mi presa

El café L'Ambre no era un lugar para cualquiera. Era el refugio de los que manejaban los mejores negocios de la ciudad, un espacio acogedor discreto con un ambiente de tranquilidad que permitía realizar cualquier reunión o evento con la mayor discreción posible. Tomás Herling prefería la mesa del rincón, la que le permitía ver la entrada y, sobre todo, junto al ventanal.

Llevaba tres días viendo a la misma mujer.

Era hermosa, de una belleza que no necesitaba resaltar ni con maquillaje ni con atuendos. Vestía con una sencillez, de esas que solo entienden quienes saben de telas y cortes. Pero lo que mantenía a Tomás atraído estos tres días ignorando los mensajes en su celular, no era su físico. Era su dolor.

Ella siempre pedía un café espresso, hablaba por un celular que parecía de otra época y siempre terminaba con los ojos llorosos, aunque luchaba por que no se le notara.

—Señor Herling, los documentos de la fusión están listos —dijo Milton, su hombre de confianza, interrumpiendo su misión.

Tomás no apartó la vista de la mujer. Ella acababa de colgar, apretando el teléfono contra su pecho como si fuera un escudo.

—Espera, Milton. Mira a la mesa del frente —ordenó Tomás —. ¿La conoces?

Milton se fijó bien y analizó a la mujer por un segundo. —No, señor. No parece del círculo habitual. ¿Quiere que averigüe algo?

—No hace falta —dijo Tomás, aunque su instinto le decía que cada gesto de esa mujer era un rompecabezas—. Es obvio que tiene un problema. Y los problemas suelen ser oportunidades si sabes cómo mirarlos.

Pasaron cuarenta minutos. La reunión con sus colegas terminó entre saludos y promesas de negocios como los políticos. Cuando Tomás se puso de pie, notó con preocupación que la silla del ventanal estaba vacía. Ella se había ido sin que él se diera cuenta, algo que casi nunca le ocurre a alguien tan perceptivo como él.

Al salir del café. Se disponía a subir a su camioneta blindada cuando vio el tumulto. A media cuadra, un grupo de personas rodeaba algo en el suelo. Gritos, sirenas a lo lejos y las personas en su mayoría sacaban fotos y eso lo obligo a detenerse.

—Señor, mejor suba, yo me encargo —dijo Milton intentando escoltarlo.

Pero Tomás se quedó paralizado. Entre la multitud, brilló algo que reconoció al instante: una cartera de cuero color miel, desgastada en los bordes, la misma que ella había apretado contra su regazo durante tres días.

Abrió paso con la fuerza de quien sabe que nadie se atreverá a detenerlo.

Allí estaba ella. Tirada en el suelo, con el cabello revuelto y una mancha de sangre creciendo en la comisura de sus labios. Su respiración era errática, superficial.

—¡Atrás! —gritó Tomás, arrodillándose a su lado sin importarle en ese momento quien lo estuviese viendo—. Yo la conozco. Milton, trae el coche. ¡Ahora!

—Señor, no es seguro, la ambulancia viene en camino... —le dijo Milton, pero una mirada de Tomás lo calló de golpe.

—Es mi... familiar —decía delante de todos Tomás, sintiendo la piel de la mujer bajo sus dedos. Estaba helada—. Un pariente lejano. No voy a esperar a que el tráfico decida si vive o muere.

Ya en el trayecto hacia el hospital, con el motor de la camioneta rugiendo mientras esquivaba el tráfico, el caos se apoderó de la mente de Tomás. Él, que siempre tenía un plan de contingencia para todo, se encontraba sosteniendo el cuerpo de una desconocida en el asiento trasero.

Sin embargo, en la penumbra del vehículo, Amaranta no estaba inconsciente. No del todo.

A través de la neblina del dolor, sentía el aroma de Tomás: una mezcla de sándalo, tabaco caro y un poder abrumador. Cada bache del camino enviaba una descarga eléctrica a sus costillas, recordándole la paliza que Raúl le había propinado apenas una hora antes en el callejón trasero del café.

"Eres mía, Amaranta. No importa cuántas placas tengas o a quién investigues, siempre volverás a mí" —la voz de Raúl resonaba en su cabeza como un eco maldito. Él la había encontrado. Había descubierto su puesto de vigilancia y la había castigado por su "desobediencia". Raúl era el monstruo que conocía, el que la golpeaba con odio.

Pero el hombre que la sostenía ahora era diferente. Tomás Herling a quien ella venía a cazar.

Amaranta forzó su respiración para que pareciera más débil de lo que era, aunque no le costó mucho; el dolor era real. Mientras sentía la mano de Tomás en su frente, una parte de ella, la agente entrenada para la traición, celebraba el éxito del desastre. Había planeado acercarse a él durante semanas, pero Raúl, con su brutalidad, le había dado la entrada perfecta.

"Mírame, Herling", pensó ella, mientras memorizaba el ritmo de los latidos del corazón de Tomás bajo su oreja. "Cree que me rescatas. Cree que soy tuya. Construye para mí una jaula de oro donde Raúl no pueda tocarme, y mientras me proteges de él, yo te destruiré a ti".

Tomás la apretó un poco más contra su pecho, una protección instintiva que ni él mismo comprendía. No sabía quién era esta mujer, pero en ese momento, decidió que no dejaría que nadie más le pusiera una mano encima. Lo que Tomás aún no sospechaba es que, bajo esa fragilidad y esa sangre, la mujer que sostenía en sus brazos estaba contando sus segundos, analizando sus debilidades y esperando el momento exacto para actuar con la sed de justicia que llevaba escondida en el alma.

El cazador acababa de abrirle las puertas de su vida a su propia muerte, y lo había hecho con el corazón acelerado, convencido de que estaba realizando el acto más noble de su existencia. El doble juego había comenzado, y el precio, lo sabían ambos, se pagaría con sangre y pasión.

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