Divórciame antes de que la Muerte me Lleve, CEO

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Capítulo 6: Abandonados sin piedad

Mi corazón se detuvo por un instante.

Durante la última semana, mi madre me había asegurado a diario que Audrey estuviera bien, que ella descansaba en la mansión, tan solo molesta luego de nuestra acalorada discusión. De verdad la había creído, asumí que el silencio de Audrey era solo uno de sus caprichos. Sin mensajes, sin llamadas, sin sus constantes quejas sobre mi agenda. Pensé que solo estaba siendo petulante.

Pero mi madre había estado mintiendo todo este tiempo.

Audrey no había estado aquí en absoluto. En realidad se había marchado y solo dejó estos papeles.

Mi agarre en el teléfono se apretó hasta que mis nudillos se volvieron blancos. ¿A dónde podría ir? Con el hecho de que, había sido cambiada al nacer y creció en el campo, la relación que tenía con su familia biológica era tensa. En nuestros tres años de matrimonio, nunca los había visitado.

Las cosas de hace tres años pasaron por mi mente. Ella no se iría de verdad. Ese pensamiento surgió como una certeza que ya conocía. Sabe que su lugar en la familia Parker depende completamente de este matrimonio. Solté una risa fría, al encontrar ridículo mi pensamiento anterior.

Pero a esta hora, ¿dónde podría estar?

A menos que... ¿hubiera ido con James Collins? Verlos bailar así en la gala, con esa complicidad al interactuar... Estaba claro que su flamante compañero de la universidad la recibiría con los brazos abiertos.

La ira que se acumulaba en mi pecho amenazaba con explotar. Las mentiras de mi madre, la desaparición de Audrey, esos papeles de divorcio; era demasiado. Agarré mi teléfono, marcando el número de Michael con una firmeza excesiva. No dejó que sonara ni dos veces; respondió enseguida, como siempre.

—Averigua dónde está Audrey Sinclair. Ahora mismo.

—Señor, he investigado —había un matiz de recelo en la voz de Michael, siempre tan dueño de sí mismo—. Pero solo puedo rastrear su vuelo de regreso a Nueva York... No puedo precisar su ubicación exacta.

No pude contener la ira en mi voz.

—Eso es imposible. No duermas hasta encontrarla. Si no tienes información para la mañana, presenta tu renuncia a Recursos Humanos.

Terminé la llamada, el silencio de la mansión se volvió de repente opresivo. Me dirigí gradas arriba, necesitaba ver nuestras habitaciones.

La suite principal estaba exactamente como la recordaba, pero a la vez diferente en su totalidad. Todo estaba en su lugar, desde las cortinas de seda italiana hasta los jarrones de cristal, pero a pesar de eso el espacio se sentía vacío. Desolado y no precisamente por la falta de mobiliario.

Abrí el vestidor y encontré filas de vestidos de diseñador aperchados y planchados a la perfección, cada uno seleccionado y comprado para cumplir con los exigentes estándares de una esposa Parker. Pero la pequeña sección de ropa casual estaba visiblemente vacía. Unos cuantos ganchos vacíos donde deberían estar sus suéteres favoritos. La caja de joyas antigua en su tocador, intacta durante lo que parecían semanas, con una fina capa de polvo opacando su superficie plateada.

Recorrí con los dedos el borde de la caja; me acordé de cómo solía colocar con cuidado cada pieza que le regalaba. Los pendientes de diamantes de nuestra primera Navidad. El collar de zafiros que combinaba con sus ojos, presentado en su cumpleaños. El conjunto de perlas que usaba en cada función de la familia Parker, el cómo demostraba su esfuerzo por encajar.

Todo estaba abandonado. Como piezas de museo perfectamente ordenadas, preservadas pero sin vida.

Mirando estos tesoros abandonados, algo desconocido se retorció en mi pecho. Un vacío que nunca había experimentado antes.

En ese momento, me di cuenta de algo: yo me sentía como esos lujos desechados. Cosas que Audrey había atesorado alguna vez, ahora dejadas atrás sin una mirada de despedida. Objetos que habían perdido su significado para ella, habían sido abandonados sin piedad.

Me encontré de pie frente al espejo de su tocador, mirando el reflejo de nuestra cama. ¿Cuántas noches había llegado tarde a casa para encontrarla acurrucada allí, fingiendo estar dormida pero esperando de todos modos?

La cama se veía mal sin alguna de sus novelas en la mesita de noche, sin esa horrible manta tejida a mano que insistía en mantener. Perfecta y fría, como una suite de hotel. Como un lugar donde te quedas, no donde vives.

¿Cuándo dejó de vivir aquí? El pensamiento surgió sin ser llamado. ¿Cuándo empezó a planear esta salida?

Mi teléfono vibró con otro mensaje de Laurel sobre su "lesión" del evento de gala. Lo ignoré, mientras me hundía en el borde de la cama.

La noche se alargó más de lo necesario, el sueño imposible en este museo de regalos abandonados y lujo vacío.

El amanecer daba sus primeros indicios, cuando Michael llamó de nuevo.

—Señor Parker, he localizado a la señora Parker.

Me incorporé de inmediato, rígido por horas de espera inquieta.

—¿Dónde está?

—Está... está en la Clínica Mayo.

Me quedé atónito. La Clínica Mayo, era la principal instalación médica en Nueva York, conocida por manejar los casos más serios. Especialistas en cáncer y condiciones críticas.

—¿Clínica Mayo? ¿Qué hace allí?

—A través de canales especiales, accedí a sus registros de admisión —la vacilación de Michael era evidente—. Muestran... que la señora Parker fue admitida anoche por un corte menor, preocupada por una posible infección.

Una risa llena de amargura salió de mí.

—¿Un corte justifica la admisión en el hospital más prestigioso de Nueva York? Claramente está tratando de hacerme pensar que está gravemente enferma.

Incluso antes de terminar la frase, sentí un vuelco gélido en el corazón. La Clínica Mayo no admitía personas por cortes menores, sin importar cuán ricos fueran. Y Audrey nunca había sido de gestos dramáticos o manipulaciones.

—Consígueme su número de habitación —ordené.

—Por supuesto, señor. Lo tendré listo para cuando llegue a la Clínica Mayo.

Me levanté para irme, pero algo hizo que me detuviera. Abriendo el cajón inferior de mi escritorio, busqué una pequeña caja de joyas escondida en la esquina más lejana. Dentro estaba el anillo de diamantes de diez quilates... era nuestro anillo de bodas. Su anillo de bodas.

Guardaba aquel anillo como oro en paño, y solo permitía que viera la luz cuando decidía usarlo para alguna fotografía. Luego lo guardaba con cuidado, con gran devoción, en su caja.

Al mirar el anillo ahora, no pude evitar recordar su rostro, con esos ojos rebosantes de alegría genuina cada vez que lo usaba.

Una repentina irritación se apoderó de mí, cerré la caja de golpe y la metí en mi bolsillo junto con esos papeles antes de salir de la habitación.

¿Qué demonios quieres, Audrey Sinclair? Por primera vez en nuestro matrimonio, no estaba del todo seguro de lo que ella quería hacer.

Minutos después, me encontraba fuera de la habitación 2306 en la Clínica Mayo. La caja de joyas se sentía pesada en mi mano mientras me preparaba para enfrentarla. Sin embargo, las voces que venían de dentro me obligaron a parar.

Astrid estaba allí, y de repente quise escuchar su conversación.

Volví a meter la caja en mi bolsillo y con la misma me acerqué más a la puerta, capté una voz familiar.

—Tal vez debería haber elegido a James.

¡Audrey!

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