Capítulo 2 EN EL CORAZÓN DE LA BESTIA
El rugido del motor del Mercedes-Maybach era lo único que llenaba el vacío asfixiante dentro del vehículo. El cuero del asiento se sentía frío contra mi piel, o quizás era mi propia sangre la que se había congelado. Miré por la ventana empañada cómo las luces de la ciudad se convertían en líneas borrosas de neón. Estaba dejando atrás la única vida que conocía, una vida de desprecios y sombras bajo el mando de Leonor, solo para entrar en una oscuridad mucho más profunda.
Sentía la mirada de Adrián Montalvo sobre mí. No era una mirada lasciva, era la mirada de un coleccionista analizando una pieza que acababa de adquirir en una subasta de sangre. Intenté contener un sollozo, pero una lágrima traicionera escapó.
Sin decir una palabra, Adrián extendió un pañuelo de seda negra. Sus dedos rozaron los míos por un segundo, y la descarga eléctrica que sentí me hizo saltar.
—Guarda tus lágrimas, Sofía —dijo, con esa voz que parecía vibrar en mis huesos—. No sirven de nada en mi mundo. En el mundo de los García se llora por orgullo herido; en el mío, se llora para suplicar misericordia. Y yo no tengo ninguna.
El auto se detuvo frente a una fortaleza de concreto y vidrio que desafiaba la gravedad desde lo alto de la colina. Aether Estate. Era una joya de arquitectura brutalista, imponente y carente de cualquier rastro de calidez. Los guardias armados se cuadraron al verlo bajar. Adrián rodeó el coche y me abrió la puerta, tomándome del brazo con una firmeza que me recordó que no era una invitada, sino un activo.
—Camina —ordenó.
Me llevó por pasillos de mármol negro hasta una habitación inmensa que daba al abismo de la ciudad. La cama era un altar de sábanas de seda gris, y el aire olía a su perfume: sándalo y autoridad.
—Este será tu mundo ahora —dijo, soltándome—. No sales sin mi permiso. No hablas con nadie. Y sobre todo, no vuelves a mencionar el nombre de Leonor o de tu padre. Ellos te vendieron. Para ellos estás muerta. Tu existencia ahora me pertenece a mí.
—¿Por qué? —mi voz salió quebrada—. Tienes el dinero para hundirlos, podrías haberles quitado la casa, la empresa… ¿por qué comprarme a mí?
Adrián se detuvo a un metro de mí. Una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios.
—Porque ellos te odian, Sofía. Y yo… yo te necesito para que ese odio sea mi arma más afilada.
Entonces, el ambiente cambió. El aire se volvió pesado, eléctrico. Adrián llevó sus manos a su corbata y la deshizo con un movimiento lento, rítmico. Mis ojos se abrieron de par en par. Mis latidos se aceleraron tanto que sentí un zumbido en los oídos.
—¿Qué… qué haces? —retrocedí hasta que mis pantorrillas chocaron con el borde de la cama.
Él no respondió. Se quitó la chaqueta y la arrojó al suelo sin dejar de mirarme. Luego, comenzó a desabrochar los botones de su camisa blanca, uno por uno. Mi pulso se desbocó. El pánico me cegó y, por instinto, levanté las manos para taparme los ojos, apretando los párpados con fuerza.
—¡No! ¡Por favor! —supliqué.
Escuché sus pasos sobre el mármol. Estaba cerca. Muy cerca. El calor que emanaba de su cuerpo me envolvía. Sentí sus manos grandes y firmes sobre mis muñecas. Con una fuerza irresistible pero extrañamente controlada, me obligó a bajar las manos.
—No te tapes los ojos, Sofía —su voz era un susurro ronco cerca de mi oído—. Mira lo que has comprado con tu libertad.
Me obligó a abrir los ojos. Estaba frente a mí, con el torso desnudo. Su piel era un mapa de cicatrices y músculos perfectamente definidos, una obra maestra de violencia y disciplina. Antes de que pudiera protestar, tomó mis manos y las puso sobre su pecho.
Ahogué un grito, pero él no me soltó. Deslizó mis palmas por su torso, obligándome a sentir el calor abrasador de su piel, la dureza de sus abdominales, el latido potente de su corazón bajo mi mano derecha.
—Tócame —ordenó, su aliento rozando mis labios—. Siénteme. Debes conocer cada centímetro de este cuerpo, porque a partir de hoy, este es el único dios al que le rezarás.
Mis dedos temblaban, atrapados entre el terror y una curiosidad traicionera que me hacía querer aferrarme a él. Su piel quemaba. Era la primera vez que tocaba a un hombre así, y el hecho de que fuera mi captor lo hacía pecaminosamente intenso.
—No puedes ocultarte de mí, y no quiero que cierres los ojos —continuó él, bajando una de mis manos hacia su cintura—. Ahora eres mi mujer. Mi propiedad. Y una propiedad no tiene derecho a la vergüenza frente a su dueño.
Me soltó de repente, dejándome jadeando y temblando sobre la cama. Se dio la vuelta y, antes de salir, dejó un pequeño objeto sobre la mesita de noche.
—Dúchate. Hay ropa en el vestidor. Te espero en la cena en veinte minutos. Si llegas tarde, el castigo no te gustará.
La puerta se cerró con un clic metálico. Me quedé allí, con las manos aún ardiendo por el contacto de su cuerpo. Miré el objeto en la mesa: era un anillo con una piedra roja como la sangre. Debajo, una nota con una caligrafía impecable:
"Bienvenida al abismo, mi pequeña Alessia".
Me quedé helada. Alessia. Ese no era mi nombre. ¿Quién era ella y por qué Adrián me miraba como si yo fuera un fantasma que había vuelto a la vida solo para ser atormentado?
