DESTINADOS. Condenada a amarlo.

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Capítulo 6 Alarma sumergida

Valentina

Damiano levantó la mirada y fijó sus ojos enigmáticos en mí, acelerándome el corazón. Iba vestido totalmente de negro, con la camisa remangada mostrando miles de tatuajes recorrer sus brazos. Se veía fuerte, imponente, capaz de estrujarme el estómago con solo susurrarme al oído... Sí, mi imaginación se estaba llendo por otro camino, pero nada podía hacer cuando se trataba de él. Y eso que a penas lo conocía. Me sorprendí mirando su cuello tatuado, y quise suicidarme por fantasear que mi nariz y mis labios recorrían toda esa piel cubierta de tinta negra y roja. Las bofetadas mentales no fueron suficientes para sacarme de mi ensoñación.

—Eso ahora mismo no es lo importante —contestó, inclinándose hacia adelante para mirarme con una sonrisa ladina. Por fin salí del trance en el que me había metido.

¿Y a este qué le causaba tanta gracia?

—Estás dentro de mi casa —dije recuperando la firmeza que toda mi vida me había obligado a imponer. Esa cara de tipo malo que se infiltraba en una casa con un arma no me iba a intimidar. A demás, tenía muchísimos puntos de alarma dentro de esa casa, y me las arreglaría para oprimir el primer botón rojo que tuviese cerca.

Él dejó el pañuelo sobre su pierna con calma y agregó con la voz ronca: —Tus alarmas están apagadas.

Cuando dijo aquello sentí como si me hubiera leído la mente, ¿cómo era posible? Estaba segura de haberlo pensado para mis adentros. Y aún así, sabía que en la lámpara de la mesita de noche estaba el llamado de emergencia en forma de interruptor de luz. Debía entretenerlo, acercarme a ella y con un chasquido estaría a salvo de ese loco.

—Tus salidas están cubiertas, la línea telefónica está cortada —siguió diciendo mientras volvía a tomar el pañuelo para continuar con su limpieza obsesiva—, esa lámpara —señaló mi vía de emergencia con la mirada—, no sirve, la sumergí en el inodoro cuando entré.

—Eres un maldito psicópata —murmuré entre dientes, aceptando que quizá estaba siendo demasiado ignorante con ese hombre. Ya debía haberme olido que si estaba en mi habitación era porque había venido preparado. —Deja de intentar intimidarme y acaba de decirme qué quieres, mi esposo puede llegar en cualquier momento —le exigí, poniéndome de pie mientras desataba el nudo de mi camisón.

—Sebastián está en un bar borracho mientras uno de sus amigos le roba los billetes de la cartera, tranquila, que si regresa no será ahora.

—¿Y eso cómo lo sabes? —le pregunté, y su sonrisa diabólica me dió la respuesta que necesitaba—, oh, claro, seguramente llevas días vigilándonos.

—Solo te vigilo a tí, si sé dónde está ese mal nacido es porque necesitaba cerciorarme de que estaría lejos.

Me levanto de la cama bajo su atenta mirada, me dirijo al guardarropa e intenté simular que sacaba un vestido para tener acceso a mi propia arma. ¡Por supuesto que tendría una! Había defendido tantos casos peligrosos que cualquiera tendría los cojones de venir a matarme, y yo debía protegerme.

—¿Buscas esto? —sus palabras me hicieron detenerme, ya estaba removiendo los percheros mientras buscaba la caja donde guardaba una de las armas que tenía escondida dentro de la casa. Maldije para mis adentros y me comencé a girar lentamente.

¡Maldición!

—Estaba llena de polvo, deberías usar más estas cosas —me dijo, extendiéndome desde el sillón la pistola que desde un inicio traía en sus manos—, no me agradezcas, limpio miles a diario.

En ese instante dejé de pensar con claridad y solo actué. Me abalancé contra la puerta de mi habitación, la abrí y salí corriendo escaleras abajo. Logré llegar hasta la planta baja, ni siquiera sentía mis pies, y la sensación de que me perseguía me estaba volviendo loca, aunque ni siquiera sentía sus pasos tras de mí.

Agarré el pomo de la puerta de entrada, la abrí e intenté salir con tanto desespero que impacté contra algo duro. Se me doblaron las piernas cuando el líquido caliente comenzó a brotar por mi nariz, y el dolor que me abrazó la cara fue impresionante.

—No la toques, ya la llevo yo.

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