DESTINADOS. Condenada a amarlo.

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Capítulo 5 Equipo de mantenimiento

Valentina

Cuando finalmente rompí el sello del sobre se me aceleraron las pulsaciones. Era un contrato, pero no uno cualquiera, me estaba pidiendo ser su abogada por tiempo indefinido, y a demás, el muy maldito había dejado un cheque con una cantidad estratosférica a mi nombre.

"Tenía pensado enviarle esto a tu padre a cambio de tu libertad, pero vales más que esos quinientos millones de dólares. Así que mejor úsalos para los trámites del divorcio, y el resto se lo puedes dejar a Sebastián para que compre otra esposa, porque tú ya no serás más suya,

Atentamente, Damiano Thompson".

¡Pero qué demonios!

¿Se podía ser más maniático que este hombre? La cabeza se me volvió un caos total, no comprendía en qué momento mi vida comenzaba a dar un giro inesperado y yo, la obsesiva del orden, no sabía por dónde empezar a acomodar tantos acontecimientos a la vez.

Damiano tenía muchísimo dinero, y tener tanto dinero significaba: poder. Y cuando hay poder hay cabida para sacar el misterio más remoto a la luz. La verdad, me importaba una mierda que él lo supiera porque no le afectaba en nada, sin embargo, sus amenazas estaban ahí. Aunque no las entendía, ni tenía idea de su obsesión extraña con obligarme a trabajar para él, había algo mucho más importante por lo que preocuparme: él sabía, no solo del contrato matrimonial, sino de aquel tema.

Ahí ya estaba empezando a entender algunas cosas, por mi "prestigio en anonimato" entendía su afán de tenerme cerca porque podría mantenerlo informado de asuntos legales, sin embargo ¿por qué amenazarme? ¿por qué querer acabar con mi casamiento falso?

Mi teléfono comenzó a sonar desde un número desconocido y por un momento se me enfrió el pecho. Pensé que era Thompson con su insoportable insistencia, y aunque estaba nerviosa contesté.

—¿Alma Ferrer? —cuestionó una voz que nunca antes había oído.

—Sí, diga.

—Le habla el jefe de mantenimiento que contrató el señor Sebastián. Recibimos un aviso de fallas en el sistema de seguridad y estaremos arreglando los desperfectos durante esta semana.

¡Uf!

—Oh, sí claro, muy bien —contesté más aliviada—. ¿Necesitan algo para comenzar?

—Si pudiera ser tan amable de abrir el acceso del portón, así los técnicos se moverían sin problemas —dijo sin titubear. Lo primero que me extrañó fue el horario, era casi media noche.

—Deme un segundo, llamaré a mi esposo —le contesté dudosa, de ninguna manera les abriría la puerta sin verificarlos antes.

No estaba acostumbrada a dar ese tipo de información o acceso a los empleados, principalmente porque Sebas es quien se encargaba de todos esos asuntos. Intenté llamarlo varias veces para obtener su permiso, pero no contestó. Tuve que enviarle un mensaje a mi suegro y gracias a Dios no tardó ni un segundo en contestar.

—Alma, querida, ¿pasó algo? ¿dónde está Sebastián?

—Eso mismo quisiera saber yo, en fin, me ha llamado el jefe del equipo de mantenimiento para darle acceso a la casa, tenemos problemas con la seguridad.

—Sí, cierto, mi hijo me habló de eso.

—¿Entonces les puedo dar el acceso?

—Ese equipo lleva años trabajando con nosotros, adelante. La seguridad es lo principal. Sara te manda saludos —agregó, suavizando la voz.

—Dile que igual, extraño sus visitas —admití, aunque estaban al tanto de la situación yo sabía que no tenían culpa del trato que tenían mis padres con su hijo.

—Alma...

—¿Sí?

—Ya sé que sonará a justificación, pero Sebas ha de estar en alguna reunión con sus amigos, como siempre.

—No se preocupe Don Carlos, sé con quién me casé. Tengan una preciosa noche, nos vemos el fin de semana.

—Claro, descansa.

Regresé la llamada al jefe de mantenimiento y les di acceso a la casa. Después, me hice una bolita en la cama e intenté dormir sin darle tantas vueltas a mis problemas. Ya estaba empezando a necesitar una terapeuta o algo que me ayudara a conciliar el sueño.


Quizá habían pasado varias horas desde que mis ojos se cerraron, pero sentía un aroma distinto en la habitación, uno que resultaba familiar, tuve despertar de una vez.

Cuando abrí los ojos pegué un salto. El muy maldito estaba sentado en un sillón frente a mí, y no, por supuesto que no hablaba de mi esposo aunque ese era el doble de maldito.

Damiano estaba sentado sobre un sillon frente a mi cama, mientras limpiaba una pistola con un pañuelo. Lo hacía con tanta lentitud que me causó vértigo, la piel se me puso de gallina y literalmente dejé de respirar. Me quedé paralizada.

—No grites —dijo sin mirarme, concentrado en lo que hacía—. No vine a da

rte un infarto.

—¿Cómo entraste aquí? —mi voz salió en un hilo.

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