Capítulo 3 Jódete, Thompson
Valentina
Saqué la nota y leí, con el corazón latiéndome a mil por segundo: "72 horas para llamarme". Y seguidamente su número telefónico personal.
Tragué en seco, me giré de cara al tumulto y cuando alcé la vista lo ví del otro lado del salón, con una mano dentro del bolsillo de sus pantalones y con la otra alzando su bebida como si brindara conmigo desde la distancia...
Sacudí la cabeza exigiéndome no recordarlo más, como si eso fuera remotamente posible.
Mi pulgar temblaba sobre la pantalla, una parte de mí quería llamarlo y saber de una vez por todas qué quería ese hombre conmigo, pero otra —la más sensata—, me decía que sería un error.
—¡Aquí estás, mi amor!
Casi se me calló el teléfono al suelo cuando la voz de Sebas cruzó la puerta. Quité automáticamente la lista de los contactos y fingí que hacía cualquier otra cosa. A demás, que estuviera borracho ayudaba bastante, porque lo único que hizo después de darme un beso de pico fue lanzarse boca abajo sobre el colchón y caer dormido.
El primer juicio había estado muy fuerte, no contábamos con que el ex esposo de mi clienta fingiera un problema mental y exigieran alargar un poco más la fecha de la sentencia definitiva mientras se comprobaba el alegato de su abogado.
Así era mi vida, yo luchaba por los problemas de mis clientes, sin embargo nadie luchaba por mí.
Subí a mi auto y lancé mi bolso al asiento del copiloto, soltando un profundo suspiro que exigía un poco de paz y tranquilidad.
—Vaya, cuánta rabia, licenciada.
—¡Mierda! —grité asustada con la mano en el pecho, y cuando ví su cara reflejando una sonrisa diabólica se me puso la piel china—. ¡¿Qué carajos hace usted aquí?! ¿Cómo entró? Le puse seguro.
—Eso no importa, solo quería recordarle que le quedan menos de veinticuatro horas para tomar una decisión.
Su perfume me tenía mareada, pero no en el mal sentido. Era el mismo perfume que usaba el día del cumpleaños del Senador, fue imposible olvidarlo. No llevaba saco, solo una camisa negra de mangas largas, pero remangadas hasta los codos. El brazo izquierdo estaba forrado de tatuajes, acompañados de un reloj elegante que me robaba la respiración. Sí, tenía un fetiche extraño con los hombres que usan relojes.
—Y bien, que planeas entonces, ¿secuestrarme?
—¿Secuestro? No es un secuestro, estarás retenida un tiempo mientras resolvemos nuestros problemas —aclaró, alzando una bolsa de regalo negra que tenía acomodada entre las piernas.
—¿Nuestros? Yo no tengo ningún problema. Problemas tendrá usted si no deja de molestarme.
—Valentina, necesitas un poquito más de acción en tu vida, después me lo vas a agradecer. Toma, te he traído un presente —su voz era ronca, bajita, y era muy difícil de manejar porque te hacía sentir muchas cosas a la vez. No sabía si me amenazaba, o me halagaba, o si esa era su forma de hablar con todo el mundo. Por otra parte estaban esos gestos tan extraños hacia mí; primero me mandaba su número en una copa de champagne, y después se aparecía en mi auto con un regalo.
—¿Qué es? No tengo ni madre ni padre ni hermanos así que voy a descartar los dedos de algún miembro familiar que me importe.
—Si quisiera entregarte alguna parte mutilada sería de Sebastián Ferrer, ¿qué dices?
Me quedé muda por minutos, no sabía diferenciar lo que sus palabras me produjeron. Miedo, impacto, ansiedad...
—No quiero asustarte —aclaró, encajando el azael de sus ojos en mí—, pero deberías acostumbrarte a que cuando quiero algo lo consigo, y no me importa arrancar cabezas en el proceso.
—No quiero tus patéticos regalos —escupí, con una lágrima involuntaria deslizándose por mi mejilla. No sé en qué momento había comenzado a llorar.
Mi vida no era tan color de rosa como todo el mundo creía, me había costado muchísimo no perder los estribos y mandar todos los planes de mi familia a la mierda para correr tras mis sueños. Y entonces aparecía él, a darme más problemas si es que era posible... ¿Cuántas cosas más vendrían para mí en esta vida? ¿No podía simplemente ser una persona normal y libre? ¡Estúpida de veintitrés años que se dejó dominar por todos!
—Haríamos un buen equipo juntos, tú y yo —propuso, llevando su mano a mi rostro para limpiar mis lágrimas. Lo aparté de un manotazo y torció los labios en una sonrisa. Eso solo me hizo pensar en nuestro beso—. Quisiera que te pensaras bien mi invitación, no te conviene que la única persona que conoce tu secreto ande por ahí con sabrá Dios cuales intenciones.
—Jódete, Damiano Thompson, tú y tus fockings amenazas.
—Tú también me gustas, licenciada, sino no insistiera tanto. Nos vemos mañana, si no me buscas iré yo a buscarte —se rió, agarró mi cara otra vez con una de sus grandes manos y me pegó un be
so que me dejó las mejillas ardiendo.
