Capítulo 1 La esposa perfecta de un político.
Valentina
Llevaba puesto un vestido negro y tacones altos, ese era el look favorito de mi esposo, el admirado Sebastián Ferrer, y no podía fallarle.
Nos conocimos hace cuatro años producto a un trato arreglado por nuestros padres. Todo parecía sencillo para nosotros: mi familia necesitaba ayuda financiera y Sebas acababa de salir de un proceso penal complicado y necesitaba una imagen perfecta ante la sociedad. ¿Y qué mejor muestra que casándose con una joven de buena familia que recién se graduaba en derecho? Nadie pensó en mí, ni en lo que yo quería. Mi padre llegó a mi habitación con un pozuelo de magdalenas porque sabía cuánto me gustaban, y después de decirme lo importante que era para él seguir siendo alcalde me dejó caer la noticia de mi boda colo un balde de agua fría. Hiperventilé llorando sola, en una esquina de mi habitación después de que él se fue. No me había hecho una pregunta, ni tampoco se había aparecido allí para pedirme un consejo, su intención fue clara: avisarme de que la decisión estaba tomada.
Por otra parte, los Ferrer tenían varios millones en el banco, justo lo que mi padre buscaba para financiar sus artimañas y seguir siendo el alcalde del pueblo. Y bueno, dos más dos son cuatro.
Sebastián siempre había sido apuesto, aunque no lo consideraba mi tipo aún así habíamos hecho absolutamente todo lo que un matrimonio real hace. Sí, sexo incluído. Con el tiempo habíamos aprendido a convivir juntos y a sobrellevar el tema de la confianza y esas cosas, no era lo mejor del mundo pero nos llevábamos bien. Claro, teníamos nuestros encontronazos de vez en cuando.
Si no hubiera aceptado la propuesta mi padre habría perdido el poder y no podría haberle pagado a quienes escondían o se deshacían de las embarradas que cometió diez años atrás, errores que se repitieron una y otra vez.
Él no asentaba cabeza, se había vuelto un vicio robarle a su propia gente. A veces le odiaba por eso, pero era mi padre y lo amaba más que a nada en el mundo.
—No pongas esa cara —me dijo Sebastián sin mirarme directamente mientras saludaba a alguien—. Pareces molesta, estás muy rara.
—Adivinaste —le respondí bajito, sin perder la sonrisa.
No me contestó, solo apretó un poco más su mano en mi espalda, recordándome que tenía que seguir su ritmo y no dejarlo mal frente a la gente.
En algún momento de la noche se fue a contestar una llamada. Siempre tenía “algo importante” que hacer cuando ya no le servía que yo estuviera a su lado. Así que yo aproveché para alejarme un poco.
Caminé hacia un pasillo más tranquilo, buscando aire, me apoyé en una pared cerca de un balcón interior y cerré los ojos un momento, solo para descansar la cara de tanto fingir.
—¿Una copa, señora Ferrer? —me preguntó un adorable joven que llevaba una bandeja repleta de tragos y un par de copas de vino blanco. Asentí, y no tomé solo una copa, primero me bebí un trago de whisky.
—Gracias, ¿me traes un canapé, por favor? Creo que estaré aquí un largo rato —le pedí.
—Claro, enseguida se lo traigo —bajó la cabeza como si le estuviera hablando a una reina, y yo negué para mis adentros en burla. Si supiera quién es realmente mi padre no me tratara así.
No tardó ni dos minutos en regresar, cuando me lo entregó le agradecí y me di la media vuelta para degustarlo mientras regresaba a la salida sin ser vista. Quería ir al jardín a tomar aire un rato.
—Licenciada Ferrer, ¿cierto? —Su voz no fue tan impactante como su apariencia. Ya había oído hablar de él muchísimas veces, ¿quién no conocía al magnate más poderoso del momento? Mentiría si me hacía la tonta y me dejaba impresionar. Porque yo no me impresionaba con nada ni con nadie, generalmente causaba ese efecto en las demás personas.
Me extendió una mano y accedí a estrecharla con una de las mías. Su mirada estaba fija en mí, con esos ojos azael entre pestañas pobladas y oscuras. Tenía la nariz fina, muy bonita, y unos labios hermosos. El cabello estaba peinado hacia atrás, y brillaba como si se hubiera puesto un pomo completo de loción. Su perfume era inevitable, resaltaba sobre todo en él. Nunca había sentido que un aroma identificara tanto a una persona, tan solo olerlo me gritaba que ese hombre sería un problema.
—Damiano Thompson, ¿a qué debo el honor? —me aseguré de haber masticado y tragado el bocadillo antes de contestarle.
A la extraña reunión se sumaron dos hombres más, definitivamente eran sus guardaespaldas, no tuve siquiera que preguntárselo.
—Acompáñame un momento a un sitio más privado —dijo así, sin más, como si no hubiera forma de negarlo.
Yo fruncí el entrecejo, y miré alrededor buscando a Sebastián con la mirada, no sé por qué siempre sentía que me observaba desde alguna parte.
—¿Ellos vienen? —me referí a los guardaespaldas.
—Solo por seguridad.
«Patético y exagerado». Pensé.
—Cinco minutos, señor Thompson.
Llegamos al invernadero, los guardaespaldas se quedaron afuera y nosotros nos adentramos buscando privacidad. Debíamos hablar rápido, si mi esposo nos veía sería un problema bien gordo.
—No iré con rodeos, licenciada, la he invitado a conversar para proponerle algo —comenzó, mientras se cruzaba de brazos frente a mí. Ni siquiera había donde sentarse.
—La verdad, estoy un poco abarrotada de clientes ahora mismo.
Su mirada pasó de oscura a sensual, seguramente le sonó a chiste, sin embargo, yo había sido muy directa y sincera.
—Sé que eres la mejor abogada del país.
—Lo soy —recalqué con cero humildad.
—También sé tu secreto.
Me tensé de inmediato, nadie fuera de nuestras familias sabía de aquel acuerdo que en seis meses cumpliría cinco años de firmado. «¿Sería posible que él lo supiera?», me pregunté, tragando saliva con dificultad.
—No sé de qué me hablas. ¿Qué pasó con lo de no ir con rodeos? Te queda un minuto, y contando.
—Lo sé absolutamente todo sobre ti —contestó aproximándose a mí con pasos lentos—, no me pruebes, licenciada.
—Y tú deja de jugar con mi mente, señor Thompson.
—Damiano, para ti —me interrumpió, y volví a tragar en seco. Su rostro estaba cada vez más cerca del mío, y sentía como las piernas se me volvían gelatina.
«¿Qué demonios estaba haciendo?».
