Deseada por el Rey de la Mafia

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Capítulo 6: El caballero oscuro

POV de Cherry

Me arrastran a una guarida de sombras, un almacén que apesta a desesperación y a humedad agria. Las muñecas me arden por la cuerda que las ata, y el corazón me retumba mientras asimilo la escena a mi alrededor.

Rostros demacrados asoman desde rincones en penumbra: adictos de ojos hundidos, mujeres con el maquillaje corrido y miradas vacías. Este es el escondite de Macro, un agujero infernal donde la esperanza viene a morir.

Me empuja contra una silla y me aprieta aún más las ataduras.

—¿Dijiste que tenías a alguien que puede pagar lo que tu papi debe, princesa? Llámalo. Dile que traiga el dinero aquí. Haz eso y quizá te deje salir caminando de aquí de una sola pieza.

Bajo su mirada burlona, marco el número de Nick. La llamada entra.

—¿Cherry? Aguanta. Ya casi llego a tu casa.

—Yo... no estoy ahí —balbuceo—. Me llevaron. Estoy en…

Miro a Macro, que me marca la dirección con la boca, con una mueca de desprecio. La repito; cada palabra me sabe a ceniza.

—Por favor, Nick. Date prisa.

—Voy para allá —dice, con una frialdad helada.

La llamada se corta y me quedo aferrando el teléfono, mi salvavidas, como si me lo hubieran arrancado.

Macro se vuelve hacia mí con una sonrisa torcida.

—Mientras esperamos, princesa, déjame enseñarte qué pasa si el tipo al que llamaste no salda la deuda.

Sin decir más, se desabrocha el cinturón, se baja los pantalones y se exhibe, ya duro, con una anticipación enferma. Chasquea los dedos, ladrándole a una de las mujeres que se encoge cerca.

—¡Ven acá, ya!

Ella tropieza al acercarse, el miedo marcado en la cara, y él la agarra del cabello, metiéndole su verga en la boca con brutalidad. Giro la cabeza, pero no puedo escapar de los sonidos: sus arcadas ahogadas, sus gruñidos guturales mientras embiste. Se me revuelve el estómago, la bilis me sube a la garganta.

No tarda en terminar; se aparta y le dispara su carga por toda la cara, dejándola temblando, hecha un desastre humillado.

El miedo me araña el pecho. No puedo respirar, no puedo pensar más allá del horror de sus palabras. ¿Y si Nick paga y aun así no me dejan ir? La desesperación me empuja a hablar antes de poder frenarme.

—Estoy comprometida con la familia Salvatore. No quieres meterte en ese tipo de problemas.

Macro echa la cabeza hacia atrás y se ríe.

—¿Salvatore, eh? ¿Crees que me asusta un cuento de hadas?

Su burla me quema, pero antes de que pueda responder, uno de sus hombres entra a toda prisa y le susurra algo al oído. La cara de Macro cambia; la mueca se borra, reemplazada por un destello de inquietud.

—Tráelo —murmura, haciendo un gesto con la mano.

La puerta se abre de golpe y ahí está: Nick. El corazón se me dispara, una esperanza frágil prendiendo de nuevo. Su traje a la medida desentona en ese lugar, pero solo lo vuelve más imponente. Macro da un paso al frente, abre la boca para hablar, pero Nick lo corta.

—No hables a menos que te lo pregunte.

Trago saliva. ¿Quién es Nick, en realidad? Yo lo había imaginado como un empresario, quizá un político con las manos sucias, pero esto es otra cosa. Algo ligado a los Salvatore de un modo que no me había atrevido a considerar. ¿De qué otra forma podría dominar a un hombre como Macro, hacerlo encogerse con solo mirarlo?

Nick lanza una bolsa de lona al suelo con un golpe sordo.

—Ahí está tu dinero. Agárralo y se acabó.

Los ojos de Macro saltan a la bolsa y luego regresan a Nick.

—Quédatelo —tartamudea—. Llévate a la chica. Estamos a mano.

Los labios de Nick se curvan en una mueca fría.

—Inteligente. Pero quédate el dinero. No quiero oírte lloriqueando después diciendo que te pagué de menos.

Se acerca a mí y se arrodilla para desatar él mismo las cuerdas. Sus dedos rozan mis muñecas, suaves pese a la rabia que siento irradiar de él. Me examina; la mandíbula se le tensa cuando nota los raspones y moretones en mis brazos.

—Vamos al hospital —dice, no como una pregunta, sino como una orden.

Me pone de pie y me guía fuera de ese infierno. El hospital es un borrón. Nick se queda a mi lado durante todo, hasta que por fin terminamos y estamos sentados en una banca afuera del consultorio.

En el silencio, mi estómago ruge con fuerza, traicionándome con un sonido vergonzoso. Me encorvo un poco, con la esperanza de que no lo haya oído, pero Nick se vuelve hacia mí, alzando una ceja.

—¿Tienes hambre? ¿Quieres algo de comer?

Dudo; se me calientan las mejillas ante la idea de admitir que lo necesito.

—¿Puedo pedir unos profiteroles de crema de fresa? Son mis favoritos.

Hago una mueca por la confesión. En casa, papá y la abuela nunca me dejaban darme el gusto con dulces.

Nick no comenta nada; solo asiente y desaparece unos minutos. Cuando regresa, trae una caja. La abre, revelando un profiterol de crema de fresa perfecto, y me lo acerca a los labios.

—Come —dice, sin más.

Dudo y entonces doy un bocado; el dulzor estalla en mi lengua.

—¿Cómo conseguiste mi número? —pregunto entre mordidas, con la curiosidad abriéndose paso entre la bruma del cansancio.

Se queda quieto un instante.

—Se lo pedí a tu padre en la gala. Me lo dio sin pensarlo dos veces.

Asiento, masticando despacio. Claro que papá lo hizo. Siempre ansioso por congraciarse con cualquiera que pudiera serle útil. Aun así, no puedo evitar pensar lo afortunado que fue que Nick consiguiera mi número. Sin él, seguiría en ese almacén, o peor.

—¿Le dijiste que estoy bien?

—Lo llamé. Ya viene para acá.

Papá probablemente está más preocupado por salvar su imagen que por mí. Aun así, le debo a Nick lo de esta noche. Pero hay algo que no logro sacudirme.

—¿Por qué Macro te obedeció así? —pregunto, buscando sus ojos—. ¿Estás… ligado a los Salvatore de alguna manera?

Su expresión titubea, apenas una fracción de segundo, antes de endurecerse.

—Solo soy un socio comercial.

¿Negocios con los Salvatore? Eso no puede ser bueno, ¿verdad? Pero vino por mí, se arriesgó para sacarme de esa pesadilla. Tal vez no sea tan malo.

—¿Por qué me salvaste? —pregunto, con la voz más suave ahora.

Inclina la cabeza, con una leve sonrisa ladeada en los labios.

—¿Por qué crees?

Me inquieto; se me calientan las mejillas.

—Porque... ¿eres mi tío?

Su mirada se oscurece; la voz le baja, grave.

—¿De verdad me ves como tu tío? ¿Crees que los tíos acaban en la cama con sus sobrinas?

El recuerdo de esa noche me golpea de lleno. Así que es eso. Todavía está enganchado a lo que pasó, todavía quiere más. Se me oprime el pecho, una mezcla de rabia y algo que no sé nombrar.

—Mira, Nick, te agradezco todo, pero no puedo estar contigo. Si quieres, puedo seguir siendo tu sobrina.

Por dentro pienso en el compromiso con los Salvatore, en el peso que tiene. Por muy poderoso que sea Nick, no puede compararse con la verdadera sangre Salvatore, ¿o sí?

Su rostro se ensombrece, una tormenta formándose en sus ojos. No está contento, y no puedo culparlo.

Abro la boca para suavizar el golpe, pero antes de que pueda hacerlo, la voz de papá retumba desde el extremo del pasillo, cerca del mostrador de enfermería:

—Vengo a ver a mi hija, Cherry. ¿Dónde está?

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