De sirvienta a Doña

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Capítulo 7 El susurro del fuego

La mentira entre Matteo y yo era una muralla de humo. Él sabía que mentía, y yo sabía que él detestaba no tener el control. Los pasos de Marcello Montalvo aún resonaban en mi cabeza como un presagio, pero la presencia de Matteo frente a mí amortiguaba todo el miedo, sustituyéndolo por un calor peligroso.

—No me mientas, Fiorella —murmuró Matteo, acortando la distancia hasta que su sombra me cubrió por completo. Levantó la mano y presionó dos dedos contra mi barbilla, obligándome a sostenerle la mirada—. Estás temblando y tienes la piel de gallina. Sé cuando alguien te asusta. Y no me gusta que nada ni nadie te toque en esta casa.

—No soy suya para que me proteja, señor De la Vega —dije, tratando de sonar distante, aunque el contacto de su piel quemaba.

—Aún no —corrigió él con una voz grave, baja y rasposa que rozó mis labios—. Pero sigues en mi casa, trabajando bajo mi techo y pagando una deuda conmigo. Eso te hace mi responsabilidad.

—Su novia está a unos metros, al otro lado de esa puerta —reproché con rabia, desviando la cara de su agarre—. La misma mujer que acaba de amenazar con arruinar a su familia si no me echa a la calle.

Matteo apretó la mandíbula. En sus ojos oscuros vi la frustración de un hombre atrapado entre el deber de su apellido y el impulso indomable que lo empujaba hacia mí.

—Isabella no decidirá quién se queda o quién se va —sentenció, atrapando mi muñeca. Su pulgar acarició la parte interna de mi pulso, donde mi corazón latía desbocado—. Si te vas de aquí, será porque yo lo decida. No por los delirios de una mujer que apenas se sostiene en pie.

—¿Y los secretos de su familia? —solté de golpe, recordando las palabras con veneno de Marcello.

Matteo frunció el ceño, apretando ligeramente más el agarre sobre mi muñeca.

—¿De qué secretos hablas?

—¿Qué le hicieron sus padres a los Vancini, Matteo? ¿Por qué hay hombres como Montalvo rondando los pasillos de esta propiedad?

El ambiente se volvió helado. La calidez del deseo fue sustituida instantáneamente por un peligro latente. Matteo me miró fijo, sus ojos achicándose con una frialdad aristocrática.

—No te metas en asuntos que no te corresponden, Fiorella —advirtió, dando un paso hacia atrás y soltando mi brazo—. Tu trabajo aquí es limpiar y cuidar de Isabella. Si empiezas a escarbar en el barro de esta familia, te vas a ensuciar. Y no voy a estar aquí para limpiarte las manos.

—No necesito que me limpie nada —contesté, irguiendo la espalda con todo el orgullo que me quedaba—. Sé cuidar de mí misma desde mucho antes de conocerlo.

Me di vuelta sin esperar su permiso y eché a andar por el pasillo de servicio. Sentí su mirada clavada en mi espalda hasta que doblé la esquina.

Llegó la medianoche y la mansión entró en un relativo reposo. Tras asegurarme de que Martha y el resto del personal dormían, me escurrí fuera de mi habitación. Llevaba la nota negra y la fotografía guardadas dentro de mi uniforme. Si Marcello Montalvo decía la verdad sobre la madre de Isabella y la trampa en la que estábamos metidos, las respuestas tenían que estar en el despacho principal del padre de Matteo.

Avancé descalza por la alfombra del corredor del ala este. La puerta del despacho estaba cerrada, pero no con llave. Al colarme en la penumbra, el olor a cuero, tabaco y coñac impregnó mi nariz.

Busqué a ciegas en los cajones del gran escritorio de caoba. Los papeles financieros de los De la Vega estaban minuciosamente archivados, pero en el último compartimento del fondo, bajo una doble tapa de madera, encontré una carpeta sellada.

Al abrirla bajo la tenue luz de la luna que entraba por el ventanal, se me heló la sangre.

Eran registros médicos antiguos de un sanatorio privado en las afueras de la Ciudad de México. El nombre de la paciente no era una enferma cualquiera: Gianna Vancini. Tenía firmas de autorización periódicas hechas por el padre de Matteo y por la propia Isabella Vancini.

Adjunta a los expedientes había una partida de nacimiento antigua de la colonia italiana en Nápoles, la misma de la que yo venía. Tenía una prueba de maternidad y un nombre que me cortó la respiración por completo:

Madre: Gianna Vancini. Hija menor entregada en adopción: Fiorella.

El papel tembló bruscamente en mis manos. La habitación pareció dar vueltas. El hombre que me había criado en Nápoles no era mi padre biológico. Isabella Vancini no era solo mi patrona ni la prometida del hombre que me quitaba el sueño: era mi media hermana. Y la madre de ambas no estaba muerta como la prensa decía, sino encerrada y silenciada en un manicomio por su propia hija y los De la Vega.

—Te dije que te ibas a ensuciar si escarbabas en el barro, Fiorella.

La luz del despacho se encendió de golpe.

Matteo estaba recargado contra el marco de la puerta. Llevaba una pistola en la mano derecha, apuntando hacia el suelo, pero al ver la carpeta entre mis manos y la palidez mortal de mi rostro, su expresión cambió de la severidad al desconcierto absoluto.

—¿Qué demonios haces con esos archivos? —demandó, dando dos pasos hacia mí.

—Mi madre... —susurré, levantando el documento con la mano temblorosa mientras las lágrimas me nublaban la vista—. Su familia la tiene encerrada... Isabella me robó mi vida...

Antes de que Matteo pudiera arrebatarme los papeles o procesar la verdad, un grito ensordecedor y agudo resonó desde el piso superior, seguido por el sonido seco de un disparo que sacudió los cimientos de la mansión.

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