Capítulo 6 Las ratas de la mansión
El papel negro entre mis dedos pesaba más que una sentencia de muerte. La fotografía de Isabella Vancini estrechando la mano de un hombre con el anillo de sello de los Montalvo era la prueba irrefutable de que la supuesta víctima aristocrática jugaba en el tablero de la mafia.
“La cuenta regresiva ha comenzado. — M.”
Esa «M» no podía ser de nadie más que de Marcello Montalvo. El Don nos tenía cercados, moviendo las fichas desde las sombras para aplastarnos a todos.
Guardé la fotografía en el fondo de mi colchón gastado y traté de que mis manos dejaran de temblar. No dormí en lo que restaba de la madrugada. Al despuntar el alba, me ajusté el uniforme de sirvienta, me recogí el cabello y salí al pasillo del área de servicio con una sola idea en mente: si estaba atrapada en un nido de víboras, tenía que aprender a usar el veneno a mi favor.
A las ocho de la mañana, la mansión era un hervidero de sirvientes apresurados. Isabella exigía su desayuno en el ala este, en sus aposentos privados. Martha, el ama de llaves, me entregó la bandeja de plata con una mirada de advertencia.
—Ni una palabra de más, Fiorella. La señorita amaneció de un humor intratable. Deja la bandeja y sal de inmediato.
—Entendido —asentí.
Subí las escaleras de mármol con el pulso acelerado. Al llegar a la suite principal, la puerta estaba ligeramente entreabierta. Me detuve a un milímetro del marco al escuchar la voz histérica de Isabella.
—¡Te dije que no quiero que esa muerta de hambre siga rondando por la casa, Matteo! —gritaba ella, con el sonido característico de frascos de vidrio siendo arrojados contra la alfombra—. ¡Sé cómo la miras! ¡Crees que no me doy cuenta, pero veo la forma en que tus ojos se van detrás de esa sirvienta miserable!
—Estás teniendo otro episodio, Isabella. Cálmate —respondió la voz helada, firme y tajante de Matteo.
—¡No estoy loca! —chilló ella—. ¡Esa mujer es un peligro! Hay algo en ella... su cara, su maldito acento... ¡Me revuelve el estómago! Si no la corres hoy mismo, juro por Dios que hablaré con mi padre para que retire todos los activos del proyecto bancario de tu familia. ¡Arruinaré a los De la Vega!
Un silencio sepulcral se apoderó de la habitación. Sabía que Matteo estaba acorralado. El imperio financiero de su familia dependía en gran parte del capital de los Vancini, y el compromiso con Isabella no era un romance; era un pacto de supervivencia económica.
Empujé la puerta suavemente, haciendo crujir la madera de forma adrede.
—Disculpen... traigo el desayuno de la señorita —dije con la voz más sumisa que pude fingir, manteniendo la mirada gacha.
Isabella, envuelta en una bata de seda blanca y con el cabello desordenado, se giró hacia mí con los ojos desorbitados por la furia. A su lado, Matteo vestía un traje impecable. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos con una mezcla de advertencia, deseo no resuelto y una tensión tan brutal que el aire en la habitación pareció volverse denso.
—Déjalo en la mesa y lárgate —siseó Isabella, apretando las manos en puños—. Y más te vale no volver a cruzarte en mi camino.
Avancé en silencio, coloqué la bandeja sobre la mesa de caoba y di media vuelta. Cuando pasé al lado de Matteo, el espacio entre nuestros cuerpos era de apenas un par de centímetros. Su mano se movió con un acto reflejo casi imperceptible, su pulgar rozando mi muñeca por un segundo. Fue un contacto invisible para Isabella, pero para mí fue una descarga de fuego que me abrasó la piel.
Al salir de la habitación, me refugié en el pasillo adyacente, apoyando la espalda contra la pared para recuperar el aliento. Pero la tranquilidad duró poco.
—Veo que te gusta jugar cerca del precipicio, ragazza —murmuró una voz a mi espalda.
Me giré de golpe. Al final del pasillo, apoyado contra una de las columnas de cantera, estaba un hombre de unos cincuenta años, elegante, vestía un traje oscuro de corte impecable y portaba un bastón con mango de plata. Tenía una cicatriz tenue que cruzaba su mejilla izquierda y unos ojos grises, fríos y calculadores que me congelaron la sangre.
En su mano derecha, un anillo de oro con el sello de los Montalvo brillaba bajo la luz de los ventanales.
Era él. El hombre de la fotografía. El Don.
—Marcello Montalvo... —susurré, sintiendo cómo el estómago se me caía al piso.
El hombre sonrió con una frialdad macabra, avanzando hacia mí con pasos lentos y pausados.
—Me alegra ver que te sabes mi nombre, Fiorella. Tu padre te enseñó bien antes de morir... aunque no tuvo la valentía de decirte la verdad sobre el precio de tu sangre.
—Usted nos robó en el aeropuerto. Nos dejó en la miseria y encerradas en esa celda. ¿Por qué?
—Porque una ave necesita perder sus alas antes de aprender a obedecer a su dueño —contestó Marcello, deteniéndose a solo unos centímetros de mí, atrapándome contra la pared exactamente como lo había hecho Matteo en la biblioteca, pero sin una pizca de pasión, solo con una posesividad siniestra—. Tu padre me debía la vida, y tú me perteneces. Crees que estás a salvo bajo la protección del muchacho De la Vega, pero la familia de ese chico destruyó a los tuyos.
—¿De qué habla?
—Pregúntale a los padres de Matteo qué le hicieron a la familia Vancini en el pasado. Pregúntale a la madre de Isabella por qué terminó encerrada en un sanatorio. Estás en el bando equivocado, Fiorella. Muy pronto, la farsa de esta casa se va a caer... y cuando la policía venga por ti o la mafia reclame tu cabeza, yo seré el único hombre que te sacará del infierno. A cambio de tu obediencia absoluta.
Antes de que pudiera responder o gritar, los pasos pesados de Matteo resonaron desde el pasillo principal. Marcello retrocedió con una agilidad sorprendente, acomodándose el saco y dedicándome una última mirada cargada de una promesa oscura.
—Nos veremos muy pronto, Doña Rossi —susurró con mofa antes de desaparecer por las escaleras de servicio.
Cuando Matteo dobló la esquina y me encontró sola en el pasillo, pálida y temblando, frunció el ceño con sospecha.
—¿Fiorella? ¿Qué haces aquí? ¿Con quién hablabas?
Lo miré a los ojos. Ese hombre aristocrático que despertaba en mí una pasión prohibida y destructiva, pertenecía a la familia que Marcello acababa de señalar como mis verdaderos enemigos.
—Con nadie —mentí, apretando los puños a los costados—. Solo soy la sirvienta limpiando los pasillos, señor De la Vega.
Matteo me miró fijamente, dando un paso hacia mí como si quisiera derribar la muralla que acababa de levantar entre los dos. Pero la semilla de la duda y el fuego del peligro ya estaban sembrados. El juego de la mafia, los secretos de sangre y la venganza acababan de reclutar su primera batalla.
