De sirvienta a Doña

Descargar <De sirvienta a Doña> ¡gratis!

DESCARGAR

Capítulo 5 Rosar el fuego

Matteo vestía un traje azul marino impecable. Su mirada recorrió el vestíbulo hasta dar conmigo. Al verme con el uniforme de sirvienta, sus ojos oscuros se entrecerraron con una intensidad ardiente que hizo que el aire en mis pulmones desapareciera. Hubo una tensión violenta e inmediata en el ambiente, una corriente de deseo y rabia contenida que amenazaba con romper la compostura de ambos.

—Isabella, cálmate. Los médicos son por tu bien —dijo Matteo sin quitarme los ojos de encima, aunque sus palabras iban dirigidas a la mujer que se aferraba a su brazo como un parásito.

Isabella Vancini notó la distracción de su prometido. Siguió la dirección de su mirada y se detuvo en seco al verme. Su rostro, antes pálido, se volvió completamente rígido. Me miró de arriba abajo, no como una señora mira a una sirvienta, sino con un odio visceral, puro y destructor, como si estuviera viendo a un fantasma.

—¿Quién es esta mujer? —demandó Isabella, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Sáquenla de mi casa! ¡No la quiero aquí!

—Es la nueva empleada, Isabella. La contrataron esta mañana —intervino Matteo con voz serena, dando un paso frente a ella para bloquearle el paso hacia mí. Pero sus ojos seguían fijos en los míos, prometiéndome en silencio que esto era solo el comienzo de un juego muy peligroso.

Apreté las manos contra mi falda. No sabía en ese momento que la mujer que me miraba con tanta rabia era mi propia media hermana, ni que ese palacio de mármol terminaría convirtiéndose en el escenario de una trampa mortal. Lo único que sabía era que entre Matteo y yo acababa de encenderse un fuego que terminaría por consumirnos a todos.

El aire en la mansión Vancini era denso, sofocante y cargado de un peligro implícito. Trabajar bajo la misma estructura que Isabella Vancini era pisar cristales rotos en la oscuridad; la mujer fluctuaba entre una apatía glacial y explosiones de paranoia enfermiza que ponían a temblar a toda la servidumbre. Pero lo peor no era el carácter volátil de mi patrona.

Lo peor era Matteo.

Cada vez que sus pasos resonaban por los pasillos de mármol de la residencia, la piel se me erizaba de forma instintiva. Se suponía que yo debía ser una sombra invisible con uniforme negro, fregar los pisos, limpiar la cristalería y pasar desapercibida. Pero Matteo no me permitía ser invisible.

Ocurrió al atardecer del tercer día. Isabella había caído dormida tras una crisis nerviosa, sedada por los médicos de la familia, y la mansión quedó envuelta en un silencio sepulcral. Yo estaba en la biblioteca del ala oeste, alcanzando con dificultad los tomos más altos de un estante de caoba para quitar el polvo.

El chasquido seco de la puerta de madera al cerrarse me hizo sobresaltar.

Al girarme, la respiración se me congeló en la garganta. Matteo estaba de pie a pocos pasos, habiéndose quitado el saco del traje y con las mangas de la camisa blanca ligeramente remangadas hasta los antebrazos. Sus ojos oscuros, cargados de una tormenta indescifrable, estaban fijos en mí.

—Señor De la Vega... —murmuré, dando un paso atrás hasta que mi espalda chocó contra el estante.

—Te dije que no me llamaras así cuando estemos solos, Fiorella —respondió con esa voz grave, pausada y dominante que me provocaba un temblor peligroso por dentro.

Avanzó con lentitud calculada, recortando la distancia entre los dos hasta acorralarme contra la madera. El olor a su perfume costoso, a tabaco limpio y madera cara, me envolvió como una trampa de seda. Estaba tan cerca que podía sentir el calor abrazador que emanaba de su cuerpo.

—Esto es un error. La señorita Isabella puede despertar en cualquier momento... —alcancé a decir, aunque mi voz traicionó la firmeza que intentaba proyectar.

—Isabella no va a despertar —interrumpió, dando un paso más. Levantó la mano y, con la yema de sus dedos, rozó levemente la línea de mi mandíbula. El contacto fue una chispa directa a mi sangre, un choque eléctrico que me hizo ahogar un suspiro—. Dime la verdad, Fiorella. ¿Qué hace una chica como tú, con unos ojos que gritan orgullo y dolor, metida en esta casa?

—Intento pagar mi deuda —contesté, levantando el mentón para mirarlo de frente, sosteniéndole la mirada con la rabia y el deseo chocando en mi pecho. Y mi piel arde cada vez que me miras como si fuera tuya, estuve a punto de añadir, pero me tragué las palabras.

—No me debes nada —murmuró, inclinando la cabeza. Su boca quedó a milímetros de la mía, su aliento cálido rozándome los labios en una tortura lenta—. Pero estás jugando con fuego al estar aquí. Esta familia... este lugar... te va a consumir si no te apartas.

—Entonces déjame ir. Paga el tratamiento de mi hermana y no me vuelvas a mirar jamás —desafié, sintiendo cómo mi corazón golpeaba brutalmente contra mis costillas.

Matteo soltó una risa baja, amarga y cargada de una posesividad que me erizó cada vello del cuerpo. Su mano bajó hasta mi cintura, apretándome contra él con una fuerza desmedida que cortó el aire de mis pulmones.

—No puedo —confesó contra mi oído, su voz reducida a un susurro rasposo que encendió un incendio devastador en mi vientre—. Desde que me miraste en ese avión, no puedo.

Por un segundo, la línea entre la necesidad, el odio y la atracción salvaje que nos consumía se borró por completo. Estaba a punto de ceder, de enredar mis dedos en su cabello y dejarme llevar por el abismo, cuando el eco de un florero rompiéndose en el pasillo adyacente rompió el hechizo.

Matteo se separó de mí de golpe, ajustándose la camisa mientras la frialdad de su máscara aristocrática regresaba a su rostro en una fracción de segundo.

—Limpia este salón y regresa a tus aposentos —ordenó con voz distante, aunque sus ojos dilatados y su respiración agitada delataban que estaba tan afectado como yo.

Salió de la biblioteca sin mirar atrás, dejándome sola con las piernas temblando y la certeza absoluta de que el deseo entre nosotros nos llevaría a la ruina.

Esa misma noche, pasadas las dos de la mañana, un ruido extraño me despertó en mi pequeña habitación del piso de servicio. Un destello metálico llamó mi atención debajo de la puerta.

Al levantarme con cuidado y abrir la puerta hacia el pasillo en penumbra, encontré un sobre negro deslizado sobre el piso. Sin remitente, sin sello de cera.

Lo abrí con las manos temblorosas. Dentro había una sola fotografía impresa en blanco y negro y una nota escrita a máquina:

La fotografía mostraba a Isabella Vancini entrando en un edificio abandonado en las afueras de la ciudad, estrechándole la mano a un hombre alto, maduro y de porte elegante que llevaba un anillo con el sello de la familia Montalvo.

La nota adjunta decía:

"La prometida del noble juega en la mesa del Don. No eres la única que oculta secretos en esa mansión, Fiorella. La cuenta regresiva ha comenzado. — M."

Apreté la nota contra mi pecho mientras el aire se me escapaba de los pulmones. Isabella no era solo una mujer inestable; estaba coludida con Marcello Montalvo. El juego de piezas a mi alrededor era mucho más grande, más retorcido y más peligroso de lo que jamás imaginé, y yo estaba atrapada justo en medio de los dos hombres que iban a destruirlo todo.

Capítulo Anterior
Siguiente Capítulo