Capítulo 4 A las puertas del imperio
Matteo salió a la calle, ajustándose los gemelos de la camisa. Se detuvo a medio metro de mí. Su altura me obligó a levantar el rostro.
—No suelo rescatar a extrañas en comisarías, Fiorella —dijo, pronunciando mi nombre con un acento que me erizó la piel.
—¿Cómo sabía mi nombre?
—Vi el manifiesto de vuelo cuando te ayudé con la maleta —repuso con una sonrisa tenue, casi imperceptible, que hizo que mi corazón diera un vuelco—. Además, pocas personas me miran con tanta rabia y orgullo cuando están en la miseria.
—Le pagaré cada centavo —afirmé, levantando la mentón—. No necesito su lástima.
—No es lástima lo que siento —murmuró. Su mirada bajó por un segundo a mis labios, encendiendo una marea de calor indomable entre los dos, antes de volver a mis ojos—. Consideralo un préstamo. Aquí tienes.
Sacó una tarjeta con su nombre impreso en letras doradas y un fajo de billetes que me colocó directamente en la mano. El roce de sus dedos contra los míos fue una descarga eléctrica, un aviso silencioso de que haber aceptado su ayuda me ataba de algún modo a su sombra.
—Búscate un lugar donde quedarte mientras tu hermana se recupera. Y cuando estés lista para pagar tu deuda... llámame a ese número.
Sin esperar respuesta, se subió a la parte trasera de un automóvil negro con vidrios oscuros y desapareció en el tráfico de la ciudad.
Tres días después, Mía estaba estabilizada en el hospital gracias a las medicinas que el dinero de Matteo había pagado, pero la tranquilidad era una ilusión efímera.
Instalada en un cuarto de pensión barato cerca del centro, saqué el teléfono público de la esquina para intentar, una última vez, comunicarme con el número de la carta de mi padre. Si el tal amigo de mi padre no contestaba, tendría que buscar trabajo de inmediato para saldar la cuenta con Matteo.
Marqué los dígitos. Esta vez, al segundo tono, la llamada se conectó.
—Habla —contestó una voz helada, madura, impregnada de una autoridad absoluta que me congeló la sangre.
—¿Hola? Busco al amigo de mi padre... me llamo Fiorella Rossi. Mi padre falleció en Nápoles y me dejó una carta con este número...
Un silencio pesado se apoderó de la línea. Se escuchó el chasquido suave de un encendedor.
—Fiorella... —dijo la voz, pronunciando mi nombre con una familiaridad inquietante y oscura—. Te estaba esperando. Qué pena lo de tu equipaje en el aeropuerto... este país puede ser tan peligroso para dos chicas indefensas.
El estómago se me cayó al piso. Nadie sabía lo de nuestro robo, salvo la policía y Matteo.
—¿Usted... usted sabe lo que nos pasó?
—Yo lo sé todo, piccola. Tu padre me debía algo mucho más valioso que dinero. Tu llegada a México no fue un accidente, y tu permanencia aquí tampoco lo será. Nos veremos muy pronto.
La llamada se cortó antes de que pudiera responder.
Un frío visceral me recorrió la columna vertebral. El "amigo" de mi padre no era un salvador; era un cazador que nos había dejado acorraladas desde el primer instante. Y mientras apretaba la tarjeta dorada de Matteo De la Vega en mi otra mano, comprendí que estaba atrapada entre dos fuegos: el heredero que encendía una pasión peligrosa en mi interior, y la sombra de la mafia que ya reclamaba mi vida como su propiedad.
La llamada del desconocido me persiguió como una pesadilla durante dos días enteros. Sabía que no podía quedarme de brazos cruzados en aquel cuarto de pensión, esperando a que la sombra que orquestó nuestro robo en el aeropuerto viniera a reclamarme. Necesitaba dinero real, una posición segura y pagar la fianza y los gastos médicos que Matteo De la Vega había cubierto para Mía.
Apretando la tarjeta dorada entre mis dedos, marqué el número personal del heredero.
—De la Vega —respondió al primer tono, con esa voz profunda y pausada que parecía capaz de controlar el mundo a su alrededor.
—Soy Fiorella —dije, tratando de mantener la voz firme a pesar del nudo en mi garganta—. Dijiste que te llamara cuando estuviera lista para pagar mi deuda. No tengo dinero, pero puedo trabajar. Haré lo que sea necesario para saldar lo que me prestaste.
Un breve silencio siguió al otro lado de la línea. Escuché el murmullo lejano de unos papeles sobre un escritorio antes de su respuesta.
—Presentate hoy a las cuatro de la tarde en la residencia Vancini, en la zona residencial de las Lomas. Pregunta por el ama de llaves. Necesitan personal de servicio para la mansión principal.
—¿Trabajar en una mansión?
—Es un trabajo digno, paga bien y tendrás hospedaje si lo necesitas. A menos que prefieras seguir debiéndole favores a un desconocido, Fiorella —murmuró con un matiz de provocación en la voz que me hizo apretar los dientes.
—Estaré ahí a las cuatro.
La mansión Vancini no era una casa; era un palacio de mármol blanco, grandes ventanales y jardines perfectamente podados que gritaban opulencia y secretismo. Al cruzar las rejas de hierro forjado, sentí una opresión extraña en el pecho, como si los muros de ese lugar guardaran un eco lejano que mi sangre reconocía pero mi mente ignoraba.
Tras pasar por la inspección del ama de llaves —una mujer estricta llamada Martha que miró mis manos desgastadas con evidente desdén—, me asignaron el uniforme: un vestido negro sobrio con cuello blanco que marcaba mi figura sin estridencias.
—Tu labor principal será atender los aposentos del ala oeste y asistir a la señorita Isabella cuando esté en la casa —me instruyó Martha mientras caminábamos por un pasillo dorado flanqueado por retratos al óleo—. La señorita es delicada de salud mental y requiere paciencia. Nada de preguntas, nada de miradas indiscretas. Si escuchas algo, te lo guardas.
—Entendido —asentí.
Apenas dos horas después de empezar mi turno limpiando los cristales del salón principal, el sonido de unos taconazos finos resonó contra el piso de mármol.
—¡Matteo! ¡Te dije que no quiero a más médicos en esta casa! —gritó una voz aguda, cargada de una histeria mal disimulada.
Me giré despacio con el plumero en la mano. Bajando por la escalinata central venía una mujer de una belleza fría y demacrada. Llevaba un vestido de seda rojo y los ojos desorbitados, llenos de una paranoia que me hizo dar un paso atrás. A su lado, sujetándola firmemente del brazo para contenerla, estaba él.
