De sirvienta a Doña

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Capítulo 3 El precio de un rescate

Con las manos temblándome violentamente, me acerqué al teléfono de la estación. Marqué de memoria el número del amigo de mi padre.

Un tono. Dos tonos. Tres tonos.

Nadie contestó.

Reiteré el intento diez, veinte veces al día durante los siguientes seis días. La respuesta siempre fue el mismo silencio helado del contestador. No sabía en ese momento que la llamada no entraba porque el dueño de ese número era Marcello Montalvo... y él mismo había pagado a esos hombres en el aeropuerto para robarnos y dejarnos en la miseria absoluta, esperando a que el hambre y el encierro me obligaran a arrastrarme hacia él.

Al séptimo día de estar encerradas, la salud de Mía colapsó. Estaba pálida, con la piel sudorosa y la respiración tan débil que tuve que rogar a gritos pegada a los barrotes de la celda.

—¡Por favor! ¡Mi hermana se está muriendo! ¡Necesita un médico! —suplicaba con las lágrimas corriendo por mis mejillas, golpetando la puerta de hierro con los puños ensangrentados.

Los guardias me ignoraban, acostumbrados al drama de los detenidos.

Fue en ese preciso instante cuando las puertas de la comisaría se abrieron de golpe. El murmullo de la estación se apagó por completo.

Entró un hombre alto, escoltado por dos abogados de traje impecable. Su presencia imponía un respeto casi ridículo en aquel lugar sucio. Llevaba el abrigo sobre el brazo y el rostro tenso, demacrado por una mezcla de rabia y preocupación.

Era él. El hombre del avión.

—Quiero presentar una denuncia formal de inmediato —escuché que le decía al comisario con una autoridad aplastante—. Mi prometida, Isabella Vancini, ha vuelto a desaparecer de la clínica privada. Quiero a todos sus hombres buscándola ahora mismo.

Me pegué a los barrotes, sintiendo cómo el corazón se me salía del pecho.

—¡Señor! —grité con todas las fuerzas que me quedaban en la garganta—. ¡Por favor! ¡El hombre del avión! ¡Ayúdeme!

Matteo De la Vega se detuvo en seco. Se giró despacio hacia las celdas y sus ojos oscuros se clavaron en los míos. El reconocimiento fue instantáneo.

Al verme despeinada, con la ropa sucia, llorando y sosteniendo a mi hermana inconsciente en el suelo de la celda, la frialdad de su rostro se quebró por un segundo. La chispa peligrosa que nos cruzó en el aire del avión volvió a encenderse, pero esta vez teñida de un destino inevitable.

Las miradas no mienten. Cuando los ojos oscuros de Matteo De la Vega se cruzaron con los míos a través de los barrotes oxidados de la celda, no vi piedad. Vi el reconocimiento inmediato y una chispa ardiente, peligrosa, que amenazó con consumir la poca cordura que me quedaba.

—¿Qué significa esto? —preguntó Matteo con esa voz grave y pausada que parecía dominar todo el lugar. Su mirada se deslizó desde mi rostro sucio hasta el cuerpo débil de Mía, que yacía tiritando en el suelo de concreto.

El comisario cambió su actitud grotesca en un segundo, poniéndose de pie con torpeza y ajustándose el cinturón.

—Señor De la Vega... son solo dos indocumentadas italianas. Las recogimos cerca del aeropuerto sin papeles ni dinero. Están en proceso de deportación.

—Mi hermana se está muriendo —interrumpí, apretando los barrotes con tanta fuerza que los nudillos me quedaron blancos—. Nos robaron todo al bajar del avión. Usted me vio en el vuelo, señor... se lo suplico, ayúdeme. No estoy mintiendo.

Matteo dio tres pasos lentos hacia la reja. Su presencia, su impecable traje gris y ese aroma a madera cara chocaban brutalmente con la podredumbre de la comisaría. Me observó en silencio durante tres segundos eternos, analizando las lágrimas de rabia que me quemaban las mejillas y la desesperación en mi postura.

—Pague la fianza de las dos —ordenó Matteo, girándose hacia uno de los abogados que lo acompañaban—. Y llame a una ambulancia privada de inmediato. Que trasladen a la pequeña al Hospital Central bajo mi cuenta.

El abogado parpadeó, sorprendido.

—Señor, estamos aquí por el reporte de desaparición de la señorita Isabella...

—Ya escuchaste lo que dije, Rodrigo. Hazlo ahora.

El trámite fue absurdamente rápido. El dinero de los De la Vega tenía el poder de derribar cualquier burocracia en cuestión de minutos. Veinte minutos después, Mía estaba en una camilla con una máscara de oxígeno, siendo trasladada por paramédicos, y yo me hallaba de pie en la acera del edificio, abrazándome a mí misma para controlar el temblor de mi cuerpo.

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