Capítulo 2 El aire de los monstruos
Vender lo poco que teníamos en Nápoles no fue un proceso; fue una humillación. Vendí la radio vieja de mi padre, dos sillas de madera, la mesa gastada y hasta mi propio abrigo por una fracción de su valor. Apenas alcanzó para pagar la incineración más barata de mi padre y dos boletos de avión en la clase más ajustada con escala hacia la Ciudad de México.
En mi bolsillo llevaba sólo el sobre con el sello de cera roja. Antes de abordar, memoricé cada dígito del número de teléfono escrito al reverso hasta que las cifras quemaron mi mente. Si algo le pasaba al papel, ese número era nuestro único salvavidas.
El viaje fue un martirio. Mía pasó la mayor parte del trayecto mareada, con los labios levemente amoratados por la falta de oxígeno en la cabina pressurizada. Cada vez que su cabeza caía sobre mi hombro, me invadía el pánico de no volver a escuchar su respiración.
—¿Falta mucho, Fio? —susurró Mía, acomodándose en el asiento estrecho mientras el avión comenzaba a descender entre las nubes densas que cubrían la capital mexicana.
—Falta poco, mi amor. Pronto vamos a estar en una casa caliente y te van a revisar los doctores —mentí con la voz más firme que pude convocar, aunque por dentro temblaba como una hoja.
Cuando el avión finalmente tocó tierra, el murmullo de los pasajeros al recoger sus equipajes de mano me devolvió a la realidad. Me levanté torpemente, sujetando a Mía de la mano y tratando de estirar mi único maletín viejo. Fue entonces cuando mi codo chocó accidentalmente contra el brazo de un hombre en el pasillo.
—Disculpe... —murmuré instintivamente en mi español con acento italiano, dando un paso atrás.
—No hay cuidado —respondió una voz profunda, grave y de un timbre ridículamente refinado.
Al levantar la mirada, mis ojos tropezaron con el rostro de un hombre impecablemente vestido. Llevaba un traje a medida de color gris oscuro, la camisa blanca ligeramente desabrochada en el cuello y un reloj de pulsera plateado que destellaba bajo la luz artificial del avión. Tenía mandíbula marcada, rasgos aristocráticos y unos ojos oscuros que no me miraron con lástima, sino con una intensidad arrolladora que me dejó sin aliento por un segundo.
No parecía pertenecer al mismo mundo que yo. Él olía a madera cara y perfume exclusivo; yo olía a cansancio y miedo.
Sin pedir permiso, él extendió la mano y bajó con absoluta facilidad mi maleta maltratada del compartimento superior.
—Está pesada para ti —dijo, manteniendo esa mirada fija sobre la mía. Hubo una chispa extraña en el aire, un roce sutil de sus dedos contra los míos al entregarme el asa que me provocó un escalofrío helado por la espalda. No era amabilidad común; era una corriente de tensión innegable, salvaje y peligrosa.
—Gracias —logré articular, apretando la mano de Mía.
Él solo asentó con la cabeza, dedicándome una sonrisa breve pero enigmática antes de avanzar a paso firme hacia la salida. La gente en el pasillo parecía abrirle paso de manera natural.
Si tan solo hubiera sabido que aquel hombre elegante era Matteo De la Vega... y que cruzarme en su camino terminaría de arruinar mi vida.
El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México era un caos de luces, gritos y gente empujando. En cuestión de minutos, la multitud nos absorbió. Mientras intentaba orientarme para buscar un teléfono público, dos hombres con chaquetas oscuras se acercaron a nosotras en un pasillo poco concurrido cerca de la salida de autobuses.
—¿Señorita Fiorella Rossi? —preguntó uno de ellos, de piel morena y mirada fría.
—Sí... ¿quiénes son ustedes?
—Nos envía el amigo de su padre. Venimos a llevarlas a un lugar seguro.
El alivio fue tan sofocante que cometí el peor error de mi vida: les creí. Les entregué los bolsos donde llevaba nuestros pasaportes, la poca moneda que nos quedaba y el sobre de mi padre. Nos metieron en una camioneta negra con vidrios polarizados. Pero en lugar de llevarnos a una residencia o un hotel, el vehículo se detuvo dos calles más adelante en un callejón oscuro.
Antes de que pudiera reaccionar, los hombres se bajaron del auto, nos tiraron a la acera sin los bolsos y se dieron a la fuga.
—¡Nuestros documentos! ¡Ayuda! —grité en medio de la calle vacía, apretando a Mía contra mi pecho mientras ella comenzaba a hiperventilar de terror.
Nos habían dejado completamente despojadas. Sin dinero, sin identificación, sin pasajes de regreso y en un país desconocido.
Para cuando la patrulla de policía nos encontró deambulando por la avenida, la suerte ya estaba echada. No nos escucharon. No nos creyeron. En un país donde la paranoia y la corrupción caminaban de la mano, dos extranjeras indocumentadas que afirmaban haber sido robadas solo parecían una molestia o una sospecha de inmigración ilegal.
Nos llevaron a la estación central de policía y nos encerraron en una celda fría y con olor a humedad y desinfectante barato.
—Tienen derecho a una llamada. Si nadie viene a pagar la fianza y presentar sus papeles en una semana, serán procesadas para deportación previa investigación —sentenció el oficial a cargo, azotando la reja de metal.
