Capítulo 7 Capítulo 7.- La noche de la tormenta
(POV: Marilyn)
El corazón me iba a mil por hora. Camilo estaba tan cerca que podía ver los destellos dorados en sus ojos oscuros.
Su mirada bajó a mis labios y, por un segundo que pareció eterno, creí que me besaría. Deseé que lo hiciera, y ese pensamiento me asustó más que cualquier otra cosa.
—Entonces mantente alejada de mí —dijo él con la voz pastosa, apartándose bruscamente y dándome la espalda—. Sal de mi despacho.
No esperé a que lo repitiera. Salí corriendo hacia mi habitación y cerré con seguro. Me pasé el resto del día encerrada, fingiendo dolor de cabeza para no bajar a cenar. No quería verlos. No quería ver a Camilo y enfrentarme a lo que estaba empezando a sentir.
A medianoche, la tormenta arreció. Los truenos hacían vibrar los cristales y un apagón repentino dejó la mansión a oscuras. El miedo me atenazó el pecho; la oscuridad siempre me traía malos recuerdos de mi vida con Julián. Encendí la linterna del móvil y decidí bajar a la cocina a buscar algo caliente para calmar los nervios.
La mansión parecía un castillo embrujado en mitad de las sombras. Al llegar a la planta baja, un relámpago iluminó el salón y ahogué un grito al ver una figura sentada en el sofá grande. Era Camilo, con una botella de whisky a medio terminar en la mesa baja.
—¿El trueno te asustó, princesita? —preguntó, su voz arrastrada por el alcohol, pero cargada de esa ironía dolorosa.
—No soy una princesita —dije, acercándome con cautela—. ¿Qué haces aquí a oscuras bebiendo solo?
—Evitando dormir —contestó, dándole un trago directo al vaso—. Cuando duermo, pienso. Y odiar pensar.
Me senté en el extremo opuesto del sofá, manteniendo la linterna apuntando al suelo para no cegarlo. La luz tenue creaba un ambiente extrañamente íntimo.
—¿En qué piensas? —pregunté, rompiendo mi propia regla de no intimar con él.
Camilo soltó una risa amarga y me miró. Con la luz de los relámpagos, su rostro reflejaba un dolor tan profundo que me encogió el alma.
—En cómo permití que me destruyeran, Marilyn. En cómo entregué todo a una mujer que solo quería mi apellido y mi dinero, para luego dejarme vacío. Por eso controlo todo. Porque si controlo las cosas, nadie puede volver a lastimarme.
Esa confesión tiró abajo todos mis prejuicios sobre él. Ya no veía al hombre arrogante; veía a un niño herido envuelto en una armadura de hielo.
—Yo también sé lo que es eso —dije en un hilo de voz, acercándome un poco más—. Mi exesposo me controlaba tanto que olvidé quién era. Por eso peleo tanto por mi autonomía ahora. No es orgullo, Camilo. Es supervivencia.
Él me miró, y por primera vez, no hubo frialdad en sus ojos. Solo una inmensa, abrumadora sed de compañía.
—Entonces no soy el único roto aquí —murmuró Camilo, sin apartar la vista de mí.
La frase me apretó el pecho.
—No —respondí despacio—. Pero tú te escondes mejor.
Él soltó una risa corta, cansada.
—Y tú atacas antes de que alguien pueda acercarse.
—Porque cuando alguien se acerca demasiado, termina queriendo quedarse con una parte de mí.
Camilo bajó la mirada al vaso entre sus manos.
—¿Julián?
Me tensé al oír su nombre.
—Sí —dije, con la voz más baja—. Julián.
Camilo apretó la mandíbula.
—Dime la verdad. ¿Te hizo daño?
Tragué saliva. La tormenta golpeó las ventanas con fuerza, como si quisiera empujarme a responder.
—No siempre dejó marcas que se vean —susurré—. Y eso era peor. Aprendí a sonreír cuando quería llorar, a callarme cuando quería gritar y a pedir permiso para todo, incluso para respirar.
Camilo cerró los ojos por un segundo.
—Maldito hijo de…
—No —lo interrumpí—. No quiero lástima. Ya tuve suficiente de eso.
Él levantó la vista de nuevo, serio.
—No te estoy dando lástima.
—Entonces, ¿qué me estás dando?
La pregunta quedó flotando entre nosotros.
Camilo tardó en responder.
—Atención —dijo al fin—. La clase de atención que nadie me dio cuando más la necesitaba.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y ahora qué hacemos con eso?
Él se inclinó apenas hacia mí, lo justo para que el aire cambiara entre los dos.
—No lo sé —admitió—. Pero por primera vez en mucho tiempo, no quiero fingir que no siento nada.
Mi respiración se desordenó.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue honesto.
—Camilo…
—No digas nada todavía —murmuró él—. Solo… quédate un momento.
Miré su mano cerrada sobre el vaso, luego su rostro cansado, su orgullo desarmado por el alcohol y la verdad. Ya no parecía el hombre imposible que me enfrentaba a cada minuto. Parecía alguien al borde de caer.
Y yo conocía esa sensación.
—Está bien —susurré.
Él alzó la vista, sorprendido.
—¿Está bien?
—Solo un momento —repetí—. No prometo más.
Una sonrisa mínima, casi invisible, le suavizó la boca.
—Eso ya es bastante contigo.
Me reí por lo bajo, aunque me dolía el pecho.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Un trueno sacudió la casa y ambos guardamos silencio. La oscuridad seguía ahí, pero ya no me parecía tan cruel.
Camilo habló al cabo de unos segundos:
—Si esa noche te sientes en peligro, vienes a buscarme.
Lo miré desconfiada.
—¿Y tú me vas a dejar entrar después de todo lo que hemos dicho?
—No me importa lo que hemos dicho. Me importa que sigas aquí mañana.
Esa respuesta me desarmó.
Bajé la mirada, sintiendo algo temblar dentro de mí.
—No sé qué eres para mí, Camilo.
Él respondió sin dudar:
—Yo tampoco sé qué eres tú para mí, Marilyn. Pero me estás cambiando la forma en que respiro.
Y por primera vez desde que crucé esa puerta, no tuve miedo de admitir que yo también estaba empezando a sentirlo.
