Cuando Arde lo Prohibido

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Capítulo 6 Capítulo 6.- La confrontación

(POV: Camilo)

Marilyn entró como un torbellino, con las mejillas encendidas y los ojos echando chispas. Me tomó por sorpresa, pero me obligué a mantener la calma, dejando los planos sobre la mesa.

—¿Te enseñaron a tocar antes de entrar, o en tu casa la educación era opcional? —preguntó con voz gélida.

—No me vengas con tus ironías de mierda, Camilo —dijo ella, acercándose al escritorio y apoyando las manos sobre la madera—. ¿Qué es eso de que me estás buscando un puesto en tu constructora? ¿Le mentiste a tu padre para colgarte una medalla de buen hermanastro?

Ah, eso. Me puse en pie lentamente, disfrutando de la ventaja de mi estatura.

—Yo no le mentí a nadie. Mi padre me exigió que te diera un puesto para "mantener a la familia unida". Le dije que estabas buscando algo por tu cuenta, pero él insistió. Si tu madre entendió lo que quiso, no es mi problema.

Marilyn guardó silencio un segundo, procesando la información. La rabia en sus ojos dio paso a la frustración, y vi cómo sus hombros caían levemente. Esa vulnerabilidad me desarmó por completo.

—No quiero tu caridad, Camilo. Ni la de tu padre —dijo con la voz rota—. Solo quiero que me dejen en paz. No quiero ser el juguete de nadie, ya pasé por eso.

—¿El juguete de quién? —preguntó, picado por la curiosidad—. ¿Tiene esto que ver con el motivo por el cual aparecieron aquí de la noche a la mañana? Tu madre habla de amor, pero tú pareces una fugitiva.

Marilyn dio un paso atrás, asustada, como si hubiera hablado de más.

—Eso no te incumbe —respondió, dándome la espalda para dirigirse a la salida.

La seguí antes de que pudiera abrir la puerta. Le tapé el paso apoyando mi mano en la madera, justo al lado de su cabeza. Quedó atrapada entre mi cuerpo y la puerta. Pude sentir el calor que emanaba de ella, su respiración agitada golpeando mi cuello.

—Te incumbe a ti tanto como a mí si traes problemas a esta casa, Marilyn —dije en un susurro, peligrosamente cerca de su oído—. Dime la verdad. ¿De qué estás huyendo

Ella se giró despacio, quedando de frente a mí. Sus labios estaban a milímetros de los míos. El ambiente se volvió denso, pesado, cargado de una atracción que ya no podíamos negar.

—Huyo de los hombres que creen que pueden poseerme, Camilo —susurró, mirándome directo a los ojos—. Hombres exactamente como tú.

La frase quedó suspendida entre los dos como una bofetada.

Mi mandíbula se tensó.

—No me compares con ellos —dije, con una calma que no sentía—. No sabes nada de mí.

Marilyn soltó una risa breve, amarga, casi triste.

—¿Ah, no? —dijo, alzando apenas la barbilla—. Entraste invadiendo mi espacio, me acorralaste contra una puerta y ahora me hablas como si fueras distinto. Perdóname si no te creo.

No retrocedí. Tampoco ella.

Éramos dos cuerpos inmóviles, dos respiraciones desordenadas, dos voluntades chocando sin ceder.

—Te estoy preguntando algo serio —murmuré—. Y tú sigues escondiéndote detrás de tus respuestas bonitas.

—Y tú sigues creyendo que puedes ordenar mi vida porque llevas un apellido más pesado que el mío.

Sus ojos brillaron con furia, pero también con algo más frágil. Dolor. Cansancio. Y eso me irritó más que su desafío.

—¿Quieres saber por qué te estoy presionando? —solté—. Porque apareces aquí con esa cara de guerra, con ese odio en los ojos, y no sé si eres una amenaza o una víctima.

Ella se quedó helada.

—No soy una víctima —escupió.

—Entonces mírame y dímelo otra vez.

Marilyn respiró hondo. Vi cómo luchaba por no quebrarse.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si pudieras leerme.

—Tal vez porque estás a punto de hacerlo todo más difícil.

Ella apretó los labios.

—No necesito tu ayuda.

—Mentira.

—Camilo…

—No, escúchame tú a mí —dije, bajando la voz—. Si estás en peligro, si alguien te sigue, si alguien te hizo daño, lo voy a saber. Y si tengo que meterme hasta el cuello en tu desastre para proteger esta casa, lo haré.

Marilyn me sostuvo la mirada, respirando rápido.

—¿Proteger la casa? —repitió—. Qué conveniente. Siempre hay una excusa para controlar a alguien, ¿verdad?

Esas palabras me golpearon donde no esperaba.

—No todo gira alrededor del control.

—Para ti sí.

Se hizo un silencio espeso.

Luego ella habló más bajo, casi rota:

—Yo ya viví eso. Ya tuve a alguien que me decía qué hacer, qué sentir, a dónde ir, con quién hablar. Ya tuve a alguien que me hacía creer que sin él no era nadie.

La rabia en su voz se deshizo en una tristeza devastadora.

—Y no pienso volver a pasar por eso.

El impulso de tocarla fue inmediato, pero me contuve.

—Marilyn…

—No —me interrumpió—. No pongas esa voz conmigo. No te hagas el bueno ahora. No me preguntes qué me pasó si después vas a usarlo en mi contra.

—No iba a hacerlo.

—Todos dicen eso.

La puerta seguía detrás de ella, la salida tan cerca y tan lejos.

—Entonces dime qué quieres —solté, más áspero de lo que pretendía—. ¿Qué te deje ir? ¿Qué finja que no estás temblando? ¿Que actúe como si no me estuvieras mirando como si yo fuera parte del problema?

Ella tragó saliva.

—Quiero que no me toques.

La petición me inmovilizó.

Bajé lentamente la mano de la puerta y di un paso atrás, apenas uno.

—Bien —dije, con la voz hecha pedazos—. No te tocaré.

Marilyn me observó, sorprendida por mi retroceso.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

La miré de frente, sin el muro de arrogancia que solía usar como defensa.

—Ahora me dices quién te persigue.

—Nadie me persigue —dijo ella, pero su voz le salió demasiado rápido, demasiado tensa. 

—Mentira otra vez. 

Marilyn apretó los puños. 

—¿Y si lo hiciera? ¿Qué harías, Camilo? ¿Convertirte en héroe para cobrarme después el favor? 

—No te debo nada. 

—Entonces déjame ir. 

La miré unos segundos, sintiendo que algo dentro de mí se partía. 

—No puedo hacerlo si estás metida en algo peligroso. 

—No me proteges por bondad —susurró—. Te molesta perder el control. 

Tragué saliva. 

—Tal vez. Pero también me importa saber quién te está haciendo huir. 

Ella bajó la mirada por primera vez. 

—Es alguien que no acepta un “no”.

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