Cuando Arde lo Prohibido

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Capítulo 4 Capítulo 4.- Tormenta anunciada

—Tienes buena formación —admitió mi voz, manteniendo un tono plano y desapasionado—. Pero el área de proyectos en Lombardi & Asociados es un campo de batalla. No es un lugar para niñas consentidas que buscan entretenerse mientras deciden qué hacer con sus vidas.

Marilyn apoyó las manos en el borde de mi escritorio, inclinándose hacia delante.

—No soy una niña consentida, Camilo. Sé lo que es trabajar bajo presión y no le tengo miedo al trabajo duro. Lo que pasa es que te revienta la idea de que pueda ser útil aquí dentro sin tu ayuda.

—Me revienta la flojera y la incompetencia —corregí, clavando mis ojos en los suyos—. El jefe de proyectos de las Torres del Norte necesita un asistente urgente. Es un puesto infernal, con horarios absurdos y un nivel de exigencia que ha hecho renunciar a tres personas este mes. El jefe de ese proyecto es un tirano.

—¿Quién es? —preguntó ella, entornando los ojos.

—Yo —respondí, esbozando una sonrisa gélida—. Yo superviso ese proyecto personalmente. Así que piénsalo bien, Marilyn. Si aceptas, vas a tener que reportarme a mí cada hora del día. Si llegas un minuto tarde, estás fuera. Si cometes un solo error en los informes financieros, estás fuera. No habrá cenas familiares que te salven.

Esperaba ver una sombra de duda en su rostro, que recogiera sus papeles y admitiera su derrota. Pero me equivoqué. Su sonrisa se volvió igual de afilada que la mía.

—¿A qué hora empiezo, jefe? —preguntó, con un deje de ironía que me encendió la sangre.

—Mañana a las siete de la mañana en punto —sentencié, guardando su currículum en el cajón—. Y más te vale traer café fuerte, porque lo va a necesitar.

—Allí estaré. Intenta no morderte la lengua con tu propio veneno antes de que llegue —respondió ella, levantándose de la silla con una gracia insultante.

Salió de mi despacho sin mirar atrás, dejándome solo con el eco de sus palabras y una extraña sensación de urgencia en el pecho. Mateo volvió a entrar apenas la puerta se cerró, mirándome con una mezcla de asombro y diversión absoluta.

—Estás loco, Camilo. Acabas de meter al enemigo en tu propio fuerte.

—No es el enemigo, Mateo. Es solo una empleada más —dije, aunque ni yo mismo me creía mis propias palabras—. Y te aseguro que mañana mismo va a suplicar que la despida. No sabe la tormenta que se le viene encima.

La noche se me pegó como un sudor frío. Fui a casa con la corbata floja y la rabia enroscada en la garganta, pero no logré sacarme de la cabeza su mirada desafiante.

En el ascensor del edificio, las paredes de acero brillaban testigos mudos de mi derrota: había permitido que una mujer —una joven sin experiencia en nuestro mundo— plantara bandera en mi territorio.

Me obligué a pensar en números, en balances, en proyectos; en lugar de eso, la imagen de su barbilla altiva me persiguió hasta la puerta del apartamento.

Mi padre cenaba solo, absorto en el noticiero económico. Levantó la vista y sonrió con esa mezcla de orgullo y cálculo que siempre ha usado para medir mis aciertos y fracasos.

—¿Cómo te fue hoy? —preguntó sin demasiada curiosidad.

—Contraté a una alumna aplicada —mentí, tomando una copa de vino como si fuera un ritual que me protegiera del resto del día.

Él ladeó la cabeza, intuición afilada.

—Te ves cansado. ¿Problemas con la invitada?

Mi pulso dio un vuelco. No quería entrar en eso, pero ya era tarde para fingir.

—Vino a postularse —dije, sin añadir más. No quería darle la satisfacción de ver que me afectaba.

—¿Marilyn Alarcón? —su pregunta fue directa, como si ya lo supiera todo.

Asentí. Mi padre sonrió, y en esa sonrisa se escondía una posibilidad que me molestó más que cualquier provocación de Marilyn.

—Bien —murmuró—. Si ha decidido quedarse, será una buena prueba para ti. A veces lo que pensamos que nos rompe es lo que en realidad nos obliga a reconstruir mejor.

Quería replicar con rudeza, pero su argumento me pilló en un punto vulnerable. Me retiré temprano a mi despacho en casa, no para trabajar sino para huir de cualquier conversación que pudiera desnudar mis inseguridades.

A la mañana siguiente, la oficina olía a tinta fresca y café templado. El proyecto de las Torres del Norte era un animal que devoraba horas y voluntades; yo había aprendido a domarlo con disciplina.

Ella llegó puntual, con la carpeta impecable y una expresión de calma que parecía desafío planeado.

Observé cómo se instalaba junto al equipo, cómo recitaba nombres y datos con una naturalidad que, contra todo pronóstico, generó respeto instantáneo.

Durante la jornada, encontré pequeños retos diseñados para humillarla: tareas absurdas a última hora, correos sin asunto que debían responderse con precisión, un jefe de obra que se recreaba en poner nerviosos a los más nuevos.

Marilyn enfrentó todo con la misma compostura. Incluso cuando le asigné revisar un informe financiero que sabía que la pondría en apuros por la terminología, ella se lanzó a descifrarlo con la paciencia de quien no teme ensuciarse las manos.

Lo que más me molestaba era verla sonreír cuando yo esperaba su derrota. Esa sonrisa se metía bajo mi piel como una aguja, recordándome que no era invulnerable.

Al filo del mediodía, la sorprendí en la sala de planos, sola, sus dedos recorriendo una maqueta con una concentración que, lo admitiera o no, me impresionaba.

—¿Te sorprende encontrar competencia aquí? —preguntó sin girarse.

—No es competencia —contesté, acercándome hasta el mapa de la maqueta—. Es prueba de resistencia.

Ella se rió, pero sin burla; más bien con esa ligereza que obliga a pensar en otros nombres: desafío, tentación, peligro.

—Entonces que empiece la tormenta —susurró, y por un instante sus ojos se nublaron con una emoción que no supe leer: algo como anticipación o amenaza.

En la tarde, un mensajero dejó un sobre en mi mesa: una nota anónima que anunciaba problemas con uno de los proveedores clave de las Torres del Norte.

Firmaba: "Una mano que conoce el terreno". Mi primera sospecha fue que alguien intentaba sabotear el proyecto. La segunda, inevitable, fue preguntarme si esa mano y Marilyn podían estar conectadas.

La tormenta ya no era solo meteorológica; se filtraba en cada correo, en cada mirada. Y yo, por mucho que lo negara, estaba en el ojo de ella, preparado para ver si me destruiría o si, contra todo cálculo, terminaría enseñándome cómo reconstruirme de nuevo.

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