Cuando Arde lo Prohibido

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Capítulo 2 Capítulo 2: Espacio invadido

POV: Marilyn

Mi madre me había advertido que Camilo Lombardi era un hombre difícil, pero no esperaba toparme con un iceberg andante.

Sentada en la mesa del comedor, el tintineo de los cubiertos era el único sonido que competía con la tormenta exterior. Mi madre charlaba animadamente con Federico, mientras Camilo cortaba su carne con una precisión casi quirúrgica, sin mirar a nadie.

—Marilyn empezará a buscar un empleo propio en la ciudad la próxima semana —comentó mi madre, buscando la aprobación de Federico.

—No hay prisa, Elena —respondió Federico, sonriendo—. La empresa familiar tiene puestos de sobra si ella quiere.

—Agradezco el ofrecimiento, Federico —intervine de inmediato, antes de que decidieran por mí—. Pero prefiero buscar algo por mi cuenta. Necesito mi propia independencia.

Camilo soltó un bufido casi imperceptible, pero lo cacé al vuelo. Lo miré fijamente.

—¿Te hace gracia algo, Camilo? —le pregunté directamente.

Mi madre palideció y Federico frunció el ceño. Camilo dejó la copa de vino sobre la mesa con excesiva lentitud y clavó sus ojos oscuros en los míos.

—La palabra "independencia" suena un poco irónica cuando estás viviendo bajo el techo de mi padre y comiendo de su mesa, ¿no crees? —su tono era cortante, venenoso.

—Camilo, basta —sentenció Federico con voz de trueno.

—Solo soy realista, papá —respondió él, levantándose de la silla—. Con su permiso, tengo trabajo acumulado.

Me quedé de piedra, el pulso acelerado por la rabia. Terminé la cena como pude y, una hora después, bajé a la cocina por un vaso de agua. La casa estaba en penumbra. Al entrar, me sobresalté al ver una silueta recortada contra la luz de la nevera. Era él, sin la chaqueta del traje, con las mangas de la camisa remangadas hasta los codos.

—¿Me estás siguiendo? —preguntó, sin girarse.

—No te creas tan importante —respondí, acercándome a la encimera—. Vine por agua. ¿O también tengo que pedirte permiso para eso?

Camilo se giró abruptamente, quedando a escasos centímetros de mí. Su altura me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás. Su mirada ya no era fría; estaba encendida por una molestia latente.

—Me molesta la gente que va de digna por la vida cuando no tiene dónde caerse muerta, Marilyn.

—Tú no sabes nada de mi vida, ni por qué estoy aquí —le espeté, dándole un golpe con el dedo en el pecho—. Así que ahórrate tus juicios de hombre rico y amargado.

Él atrapó mi mano al vuelo. Su agarre era firme, caliente, y una corriente eléctrica me recorrió la espina dorsal. Nos quedamos congelados, respirando el mismo aire, desafiándonos con la mirada. Ninguno de los dos retrocedió.

Me soltó la mano de golpe, como si mi tacto le quemara, pero no retrocedió ni un milímetro. Sostuvo mi mirada en la penumbra de la cocina, con la respiración tan acelerada como la mía.

—No me vuelvas a tocar —advirtió con un hilo de voz espeso, peligroso.

—Entonces no me des motivos para hacerlo —le respondí, clavándole los ojos—. No te tengo miedo, Camilo. Por muy dueño de la casa que te sientas.

Él soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de gracia.

—Deberías. No tienes la menor idea de dónde te has metido. Ni tú, ni tu madre.

—¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Echarnos? Corre a decírselo a tu padre, a ver qué opina.

Camilo dio un paso más, acorralándome por completo contra la encimera de mármol. El olor a su colonia cara mezclado con el toque amargo del vino tinto me nubló los sentidos por un segundo.

—No tientes a la suerte, Marilyn. Mi padre es un hombre blando, pero yo no. Yo huelo a las oportunistas a kilómetros de distancia.

—¿Oportunista yo? —El orgullo me ardió en el pecho y le sostuve la postura—. Mi madre ama a Federico. Y yo estoy aquí de paso. No quiero un solo centavo de tu maldito dinero.

—Eso dicen todas antes de meter la mano en los bolsillos de esta familia —susurró, bajando la vista hacia mis labios por un instante que me pareció eterno—. Mañana tengo una junta en la central. Si de verdad quieres esa "independencia" de la que tanto presumes, demuestra que sirves para algo más que para dar discursos dignos.

—¿Me estás retando, Lombardi?

—Te estoy midiendo. Y hasta ahora, solo veo una boca grande. Buenas noches, Marilyn.

Se dio la vuelta y salió de la cocina a grandes zancadas. Me quedé sola, con el vaso de agua vacío en la mano y el corazón golpeándome las costillas.

Al día siguiente, a las seis de la mañana, ya estaba de pie. No había pegado ojo en toda la noche. Me vestí con mi mejor traje de chaqueta azul marino, dispuesta a comerme el mundo o, al menos, a cerrarle la boca a ese imbécil. Cuando bajaba las escaleras, me lo encontré de frente en el vestíbulo. Llevaba un traje gris impecable y un maletín de cuero.

—¿A dónde vas tan temprano? —preguntó, mirándome de arriba abajo.

—A buscar trabajo. ¿Algún problema?

—Ninguno. ¿Quieres que te lleve al centro o vas a ir caminando con esos tacones de infarto?

—Prefiero ir en transporte público antes que subirme a tu coche, gracias.

—Como quieras —esbozó una sonrisa de medio lado que me encendió la sangre—. Nos vemos en la cena. Intenta traer un contrato, no solo excusas.

Pasó por mi lado dejándome con la palabra en la boca. Apreté los puños y salí de la casa pisando fuerte. Tras pasar toda la mañana dejando currículums sin éxito, terminé frente a un imponente edificio de cristal con un cartel: “Lombardi & Asociados. Recepción de postulantes”. Sabía que era una locura, pero recordar su tono burlón me dio el empujón que necesitaba. Entré.

—La selección cerró hace una hora, señorita —me cortó la recepcionista en seco.

—Por favor, solo son cinco minutos —insistí.

En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron y la voz de Camilo resonó en el vestíbulo, dando órdenes a tres empleados. Al verme, se detuvo en seco. Despachó a los hombres con un gesto y se acercó a mí.

—¿Qué haces aquí, Marilyn? —preguntó con una ceja alzada.

—Vengo por el puesto del área de proyectos. Evalúame como a cualquiera. Aquí tienes mi currículum.

Camilo miró el papel y luego clavó sus ojos oscuros en los míos. El silencio en el vestíbulo se volvió espeso.

—Esta empresa la dirijo yo —aclaró con voz baja y firme—. Aquí no contratamos por caridad ni por lazos familiares te quedo claro?.

—No te pido caridad, Lombardi. Pruébame. ¿O te da miedo que sea buena en lo que hago?

Una chispa de pura diversión y desafío brilló en su mirada.

—Bien. Sube a mi oficina. Tienes exactamente diez minutos para convencerme de que no estoy perdiendo el tiempo.

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