Cuando Arde lo Prohibido

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Capítulo 1 Capítulo 1: El muro de hielo

POV: Camilo

La lluvia golpeaba los ventanales de la oficina. Control. Esa era la única palabra que me mantenía en pie desde que mi matrimonio se convirtió en un desierto de reproches y me dejó seco. Miré el reloj de reojo mientras mi padre, Federico, se paseaba frente a mi escritorio con su habitual aire de superioridad.

—Ya es un hecho, Camilo. Elena y su hija se mudan a la casa principal esta misma semana. Quiero que dejes a un lado esa cara de funeral y te comportes como un maldito Lombardi.

—  Déjame decirte algo padre y que te quede claro. No tengo problema con tu nueva esposa  —respondí, sin levantar la vista de los balances financieros—. Pero no me pidas que celebre que metas a extraños en nuestra rutina.

—Primero que todo te digo que me respetes esta es mi casa y yo hago lo que se me de la gana y si no te gusta hay esta la puerta para que te largues. Marilyn no es una extraña, es la hija de la mujer que amo. Y vas a convivir con ella bajo el mismo techo sin crear tensiones. Ya bastante dañada quedó tu reputación tras el divorcio como para que ahora muestres hostilidad en mi propia casa.

Apreté los puños bajo la mesa. El divorcio. Siempre el maldito recordatorio de mi fracaso.

—Haré lo que deba hacer —dije con un hilo de voz helada.

Cuando mi padre salió, el silencio me envolvió de nuevo. Creía tener mi vida perfectamente estructurada: el trabajo, la casa vacía, la rutina que me protegía de volver a sentir.

No imaginaba que el verdadero caos estaba por cruzar la puerta de entrada.

Pasé los siguientes cuatro días en un infierno de reproches mudos y discusiones absurdas.

El ambiente en la constructora se volvió respirable solo cuando mi padre salía de viaje.

Cada vez que nos cruzábamos en los pasillos de la empresa, Federico encontraba una excusa para torpedear mi autoridad frente a los ingenieros o para recordarme quién mandaba.

—Ese presupuesto de la obra del norte está demasiado ajustado, Camilo —me espetó el miércoles por la mañana, arrojando la carpeta sobre mi mesa de reuniones—. Parece que el divorcio no solo te secó las entrañas, sino también los números. Estás perdiendo el instinto.

—El presupuesto está optimizado para evitar desvíos, como los que tuviste tú el año pasado —le respondí, sosteniéndole la mirada—. No mezcles mis asuntos personales con la rentabilidad de la firma.

—Te recuerdo que sigo siendo el socio mayoritario —rugió, inclinándose sobre la mesa—. Si quiero cambiar las condiciones, las cambio. Y más te vale que el viernes por la noche estés en la mansión a la hora exacta. No voy a tolerar tus desplantes frente a Elena.

El jueves no fue mejor. Tuvimos un altercado agrio en el comedor de la casa a causa de la redecoración que él ya había autorizado para el ala este. Habían movido unos muebles coloniales que pertenecieron a mi madre para hacer espacio a las pertenencias de las recién llegadas.

—¿También vas a borrar su recuerdo de un plumazo, Federico? —le reclamé, sintiendo una punzada de rabia pura en el pecho.

—Tu madre murió hace diez años, Camilo. La vida sigue y esta casa necesita luz, no el mausoleo en el que la has convertido —contestó con una frialdad que me dio asco.

Soporté el resto de la semana apretando los dientes, refugiándome en el trabajo hasta altas horas de la noche para no cruzármelo. Pero el tiempo corre sin detenerse y el viernes llegó con una pesadez insoportable.

A las siete de la noche, la tormenta que amenazaba desde la mañana finalmente rompió sobre la ciudad.

Estaba de pie en el gran salón de la mansión, vestido con un traje oscuro, sosteniendo un vaso de whisky que ni siquiera había probado.

Mi padre revisaba su reloj cada dos minutos, impaciente, impecable, listo para interpretar el papel de hombre feliz.

De pronto, el sonido nítido y agudo del timbre de la puerta principal rasgó el silencio de la casa.

El pulso se me aceleró por pura inercia. Escuché los pasos rápidos de la servidumbre cruzando el pasillo central. La pesada puerta de roble se abrió con un crujido sordo, dejando entrar el rumor de la lluvia y el viento racheado de la calle.

—Buenas noches, señora Elena. Bienvenidas. Adelante pasen al vestíbulo ya le anuncio a los señores —pronunció el ama de llaves.

Esa misma noche la vi en el vestíbulo. Marilyn López. Llevaba el cabello un poco húmedo por la llovizna y sostenía una maleta pequeña con demasiada fuerza, como si temiera que alguien se la quitara.

No era una niña; era una mujer con una mirada intensa, cargada de una mezcla extraña de timidez y desafío.

—Buenas noches —dijo ella, rompiendo el silencio. Su voz era suave, pero firme—. Supongo que tú eres Camilo.

La observé detenidamente. Demasiado joven, demasiado viva para el ambiente sepulcral de esta casa.

—Buenas noches así es —contesté, manteniendo los brazos cruzados—. Tu habitación está en el ala este, subiendo las escaleras a la derecha. El servicio ya subió el resto del equipaje.

Marilyn dio un paso al frente, acortando la distancia. Pude oler un rastro ligero de perfume de vainilla.

—Gracias. Sé que esto es incómodo para ti. Mi madre me dijo que valoras mucho tu espacio.

—No tienes te lo imaginas ni tampoco la idea de cuánto —repliqué, dándole la espalda para dirigirme al despacho—. Mantengamos las distancias y nos llevaremos perfectamente bien, Marilyn.

—No muerdo, Lombardi —escuché que murmuró a mis espaldas, con un toque de ironía que me congeló la sangre—. Aunque veo que tú sí ladras para mantener a la gente lejos.

Me detuve en seco, pero no me giré. Nadie me hablaba así de esa manera en mi propia casa.

El control empezaba a agrietarse y ni siquiera habíamos cenado.

Apreté los dientes, sintiendo cómo la mandíbula me dolía por la presión. Una corriente eléctrica, caliente y peligrosa, me recorrió la espina dorsal.

Estuve a un segundo de girarme, de acorralarla contra la pared del vestíbulo y demostrarle a esa intrusa de ojos desafiantes quién demonios era el dueño de este territorio.

Pero el sonido de los tacones de Elena y la risa hipócrita de mi padre resonaron en el pasillo, rompiendo el hechizo.

—Camilo, querido, qué gusto verte —exclamó Elena, acercándose con los brazos abiertos.

Me obligué a relajar los puños, tragándome la rabia. Alcé la barbilla y miré a Marilyn de reojo por encima del hombro. Seguía allí, sosteniendo mi mirada sin un ápice de miedo, con una sonrisa ladeada que prometía destruir cada maldito gramo de mi cordura.

—Bienvenidos a su nuevo hogar —dije en un susurro gélido, antes de encerrarme en el despacho—. Que lo disfruten mientras puedan.

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