Corona Devastada - Un Romance de la Mafia

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Capítulo 5 5

—¿Por qué? —exige él—. Te he puesto un techo sobre la cabeza. Te he dado la ropa que llevas puesta. Todo lo que jodidamente necesitas, te lo he dado.

—Y te encanta recordármelo —grita ella—. Pues ya terminé de ser la esposa felpudo. ¡Quiero mi propia vida!

Así que este es el esposo. Interesante.

El tono violáceo de la rabia en su cara dice que ya pasó hace mucho de usar palabras. En cambio, con un movimiento ensayado, agarra a Willow de las muñecas y la sacude como si fuera una muñeca de trapo.

—¿Por qué? —gruñe—. ¿Para que puedas dejarme?

—Me gustaría tener la opción —escupe ella, sin titubear.

Hay fuego en su voz y en su rostro. Me hace preguntarme cómo una mujer como ella pudo convencerse de rebajarse a estar con este repugnante hijo de puta.

Se merece algo mejor.

Se merece estar conmigo.

—No importa cuánto jodido dinero tengas, perra de mierda —le espeta, casi pegado a su cara—. No me vas a dejar jamás. Estoy harto de esa mierda de “señorita independiente”. Cuando llegue a casa, quiero que estés ahí para recibirme.

—¿Debería recibirte igual que tú me recibiste a mí? —pregunta ella—. ¿Cogiéndote a otra en nuestra cama?

Eso sí funciona. Él echa el brazo hacia atrás y le suelta una bofetada brutal.

Hora de intervenir.

De una patada, abro la puerta del salón VIP. Se azota contra la pared, y el golpe hace vibrar el aire a nuestro alrededor.

El maldito golpeador de mujeres se vuelve hacia mí con los ojos muy abiertos. Willow también me mira, completamente mortificada.

—Y… yo lo siento mucho, señor Solovev —balbucea ella, buscando el tono de voz adecuado—. No queríamos molestarlo.

—No lo hicieron —clavo la mirada en el imbécil—. Él sí.

El esposo de Willow parpadea, aturdido y confundido. No está acostumbrado a que le hablen por encima del hombro. Se nota en todo: desde la brillantina grasosa en el cabello peinado hacia atrás hasta el cuello desabrochado de su camisa cara; se cree el rey del mundo.

Y, diablos, tal vez en su mundo lo sea. Tal vez tenga secretarias derritiéndose por él y rivales echando humo cada vez que les arrebata un negocio en sus narices.

Pero lo que no sabe es que ya no está en su mundo.

Está en el mío.

Y aquí no es más que una cucaracha bajo mi talón.

—¿Y tú quién carajos eres? —protesta.

—¡Casey! —exclama Willow. Tiene las mejillas rojas de vergüenza—. Lo siento, señor Solovev. Llevaremos esta conversación a otro lado.

Se me endurece el pene cada vez que dice mi nombre. Podría acostumbrarme a eso. Me voy a acostumbrar.

—No lo creo —le digo—. Creo que su conversación ya se terminó.

El cabrón entrecierra los ojos y se infla hasta su altura máxima. Es bastante alto, al menos mide un metro ochenta. Pero aun así tiene que alzar la barbilla para sostenerme la mirada.

—¿Terminó? —repite, intentando sonar intimidante—. Ella es mi maldita esposa, y tú eres… ni siquiera sé quién demonios eres. Yo decidiré cuándo se termina nuestra conversación.

Doy un paso hacia delante. Casey retrocede de inmediato, por instinto. Su cuerpo entiende lo que su cerebro todavía es demasiado lento para captar: esta no es una pelea que pueda ganar.

—Me importa una mierda lo que sea para ti, mudak —murmuro—. Quiero a mi mesera de vuelta en esa sala en dos minutos.

—No va a pasar, cabrón.

Me muevo tan rápido que no hay nada que pueda hacer para detenerme. Lo agarro del frente de la camisa y lo estampo contra la pared.

—¡Suéltame! —grita—. ¿Estás jodidamente loco? Mis abogados van a…

—Ella no se va a ir contigo esta noche.

—¡Hijo de puta, soy su esposo!

—Eso sigues diciendo —arrastro las palabras, con voz aburrida—. Pregúntame si me importa una mierda. Ahora, creo que es hora de que te vayas.

Sigue atragantándose y convulsionándose entre mis manos.

—No me voy a ir sin Willow.

Le doy un tirón brusco y la parte de atrás de su cabeza golpea con un chasquido la pared fría. Suelta un grito de dolor.

—Te voy a dar una advertencia más —le gruño a la cara—. Después de eso, se me acaba lo de ser amable.

Siento los ojos de Willow sobre mí, siguiendo cada uno de mis movimientos, empapándose de mí. No parece molesta. Como si la violencia de los hombres no fuera nada nuevo para ella.

—¿Quién demonios eres? —jadea el cabrón, con la voz áspera.

Ah, ahí está. Por fin empieza a captar que tal vez no debería meterse con un tipo como yo.

Mi respuesta es simple:

—El tipo de hombre al que le dejan salirse con la suya.

Lo suelto un segundo después y doy un paso atrás. La expresión de Casey es ambigua. Está claro que intenta decidir si esta es una pelea que vale la pena.

Si es listo, saldrá corriendo. Aunque algo me dice que no es tan listo.

Su mirada se desvía hacia Willow. Pero cuando encoge los hombros, sé que he ganado.

—Deberías irte ya —digo.

En ese momento, la puerta del personal se abre otra vez y el maître, con cara avinagrada, vuelve a salir. Me echa un vistazo y se incorpora un poco más erguido.

—Señor Solovev, espero que este pequeño altercado no lo haya molestado a usted y a sus amigos. Tenga la seguridad de que me encargo de ello. A la joven la retirarán y…

—Quiero que ella sea mi mesera el resto de la noche —lo interrumpo—. Solo ella. ¿Quedó claro?

Palidece y traga saliva, venciendo el nudo en la garganta.

—Oh, por supuesto, señor. Por supuesto.

Me vuelvo hacia Casey, que por alguna maldita razón sigue plantado en la entrada del pasillo.

—¿No deberías estar ya en camino?

No me quedo a verlo irse. Le abro la puerta a Willow. Tras una breve vacilación, se desliza dentro de la sala VIP con una única mirada tímida hacia atrás. Me da un placer desmedido cerrar la puerta de un portazo detrás de nosotros.

Regreso al sofá y doy un sorbo a mi vodka.

—Ahora —digo con frialdad—, ¿en qué estábamos?

Sus mejillas se tensan, llenas de incertidumbre. Antes yo solo era un cliente rico. Ahora, en sus ojos, me he transformado. Me he convertido en algo más arriesgado, más peligroso.

Aun así, no está ni cerca de entender la verdadera magnitud de todo esto.

Da unos pasos hacia adelante, pero no hace ademán de sentarse.

—¿Quién eres? —susurra con una voz tímida que me manda descargas directas a la verga.

—Leo Solovev.

—Leo Solovev —murmura—. ¿Debería reconocer ese nombre?

—No veo por qué.

—No serás… no sé, ¿algún príncipe de un país extranjero o algo así?

Resoplo.

—Soy lo más alejado del mundo de un príncipe. Pero me halaga que lo pienses.

Se sonroja un poco. Levanta la vista al techo, a las paredes, al suelo entre sus pies. Como si se preguntara cómo diablos terminó aquí conmigo.

Pero yo lo sé.

Sé exactamente cómo.

Lo planeé.

—Willow.

Ella gira la cabeza hacia mí.

—Siéntate.

Duda un instante más. Luego, apretando la mandíbula como si se preparara para saltar de un avión, pasa de largo los dos sillones individuales y se sienta en el sofá blanco y mullido a mi lado. Como antes, mantiene una distancia innecesaria entre nosotros.

—Yo… lo siento muchísimo por eso —murmura, con la mirada clavada en sus bailarinas negras—. Fue vergonzoso.

—Para él.

Me mira, las mejillas ardiéndole, pero no dice nada.

—Estás colorada —comento.

—Estoy avergonzada.

—¿Por qué?

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