Capítulo 4 4
Pero él no deja entrever nada. Sus ojos color avellana son complejos. Motas de dorado, gris y verde se revelan en breves destellos cada vez que se mueve bajo la lámpara de araña. Una cicatriz curva le baja por el cuello, gruesa y abultada. Me hace cosquillear las piernas sin previo aviso.
—No —digo—. Necesito ser económicamente independiente. Y sé que es patético que alguien de veintisiete años lo admita, pero sí, en este momento no soy económicamente independiente.
—¿Por qué?
—Fui estúpida.
Sonríe, y esa sonrisa… Dios mío. Me hace algo en el cuerpo.
Sacudo la cabeza como si hubiera bebido de más y estuviera tratando de ubicarme. Pero estoy completamente sobria. ¿Qué demonios está pasando ahora mismo?
—¿Cómo fuiste estúpida?
—Yo… bueno, me enamoré —me oigo decir—, aunque se siente como si alguien más estuviera usando mi cuerpo, manejando mi voz por mí. Estoy diciendo las cosas que se supone que debo decir. Pero solo Dios sabe cuándo fue la última vez que de verdad las sentí—. Conocí a mi marido en la universidad. Dejé los estudios para casarme con él. Y no he estudiado ni trabajado desde entonces.
—¿Fue decisión tuya?
Se me oprime el pecho al enfrentar todos los errores que me han llevado hasta este momento.
—En realidad, no. Fue de él. En su momento lo hizo parecer como si…
—Como si te estuviera haciendo un favor.
—Sí, exactamente.
Nos miramos un momento, y me doy cuenta de que no solo nuestras rodillas se están tocando, sino que de algún modo me he deslizado para quedar más cerca de él en el sofá.
O tal vez él se acercó a mí.
Y entonces caigo en cuenta de que prácticamente le acabo de contar mi vida a un completo desconocido. Un completo desconocido al que se supone que debo estar atendiendo esta noche.
—Ay, Dios, lo siento muchísimo. No sé por qué acabo de decir todo eso…
—Porque te lo pregunté —dice con firmeza.
—Yo… eh, sí. Cierto. Lo hiciste.
Sus dedos se vuelven hacia arriba y los cierra sobre un mechón de mi pelo. Me quedo paralizada, sin saber qué está pasando ahora mismo.
—Parece que no tienes con quién hablar —me dice.
Esas palabras me atraviesan el corazón con un dolor agudo. Bajo la mirada.
—Supongo que no.
—¿Y tus padres?
Niego con la cabeza.
—Corté relación con ellos hace años.
No puedo creer que mis secretos más profundos se me estén escapando a la menor insinuación de un desconocido. Puede que sea uno intensamente guapo, pero aun así, ¿cómo es que me resulta tan fácil compartir todo esto con él?
—¿Por qué?
—Porque no querían que dejara la universidad y me casara con Casey. Les dije que yo sabía mejor —alzo la vista hacia la suya—. Resulta que no.
—Todos cometemos errores —dice, todavía jugando con ese mechón de mi pelo entre los dedos—. Bueno, excepto yo.
Sonrío.
—Qué suerte la tuya.
—No tienes idea.
Ahí está otra vez: decir una cosa y querer decir otra, algo distinto, algo mucho más. Tiritó sin poder controlarlo.
—¿Y tus amigos? —pregunta.
—Todos nuestros amigos son sus amigos. No tengo a nadie.
—Qué soledad.
No puedo apartar la mirada de sus ojos color avellana. ¿Por qué se siente como si pudiera ver dentro de mí? Como si pudiera abrirme la cabeza si quisiera y hurgar entre mis pensamientos.
¿Acaso sé siquiera cómo se llama?
—Es solitario…
Mis ojos bajan a sus labios. Nunca me había fijado en los labios de un hombre. Pero los suyos son… son tan…
—¿Willow Reeves?
La puerta del salón privado se abre y me pongo de pie de un salto. Me giro hacia la puerta y veo al maître ahí, con una rabia apenas contenida en el rostro.
Supongo que ese autocontrol es por consideración al cliente. Desde luego no lo es por mí.
—Por favor, discúlpeme, señor Solovev —hace una mueca—. Voy a necesitar a su mesera un momento.
Solovev. El nombre tiene un tinte de Europa del Este. ¿Ruso, tal vez?
No espero a que nadie diga una palabra más. Murmuro una disculpa apresurada y camino directo hacia la puerta con la cara ardiéndome.
En cierto modo, agradezco la distracción. Ahí dentro sentía como si me estuvieran drogando. Avanzando de puntitas cada vez más cerca de… bueno, ni siquiera sé adónde habría terminado.
Pero a nada bueno.
Ese agradecimiento desaparece en cuanto salgo al pasillo y alguien da un paso al frente desde las sombras. El cuerpo se me queda helado de miedo.
Es Casey.
3
LEO
Willow está justo afuera de la sala VIP, así que su voz se cuela por la rendija de la puerta. Ni siquiera tengo que levantarme de mi asiento para escuchar a escondidas.
Aunque da igual. Ya sé todo lo que hay que saber sobre Willow Reeves.
—¿Qué haces aquí? —Willow suena asustada.
—¿Qué carajos quieres decir? —gruñe él—. Te llamé como una docena de veces.
—Y te contesté por mensaje. Estoy trabajando, Casey. Prometiste que me darías espacio.
—Que se joda eso. Estoy harto de esta fase tuya—
—¡No es una fase!
Me impresiona que le haga frente. No me pareció del tipo… pero, bueno, nadie me hace frente de verdad. Nadie que viva para contarlo, de todos modos.
—Escuche —interviene el maître—, de verdad no necesito drama aquí. Si no pueden dejar su equipaje en casa, entonces puede entregar su delantal ya—
—No, puedo terminar mi turno. Por favor —suplica Willow—. No me despida.
El hombre —Casey—resopla.
—Jesucristo. Que te despidan sería lo mejor que te podría pasar ahora mismo.
—Quieres decir lo mejor para ti —replica ella.
—Si puedo interrumpir un momento… —La voz del maître destila ácido.
—No, no puede —replica el imbécil entrometido. Hay altivez en su voz. Prepotencia.
Tal vez alguien debería quitarle eso.
Alguien como yo.
Se mueven y, a través de una rendija de la puerta, veo al idiota ponerle al maître un billete nuevo de cien dólares en la mano.
—Denos un minuto —dice.
—Por supuesto, señor. —El maître se pierde de vista.
Willow se pone rígida en cuanto se quedan a solas, como si la ausencia de un tercero la hiciera sentirse mucho más vulnerable.
—Casey, por favor —dice—. Necesito hacer esto.
