Comprada por el enemigo del imperio Mexica

Descargar <Comprada por el enemigo del im...> ¡gratis!

DESCARGAR

Capítulo 2 2

—Si vuelves a morder a otro guardia, tendré que amarrarte las manos.

—Entonces dile que deje de meterlas donde no debe.

El hombre que vigilaba la puerta retiró los dedos del cerrojo y me miró con resentimiento. Tenía una marca roja en la muñeca. Yo conservaba entre los dientes el sabor de su sangre y ninguna intención de disculparme.

Me habían encerrado en una habitación del palacio mientras preparaban la llegada de la delegación maya. Afuera, los pasos corrían en todas direcciones. Criadas con flores. Sacerdotes con copal. Nobles intentando recordar de pronto que sus hijas eran demasiado valiosas para convertirse en garantías de paz.

La única prescindible era yo.

—Necesito ver a Eryn —dije.

—Está detenido.

—Eso ya lo sé. Necesito comprobar que sigue vivo.

—Su vida depende de que usted se comporte.

Solté una risa seca.

—Mi padre ha descubierto una manera eficiente de educarme. Antes usaba golpes. Ahora usa hombres amenazados de muerte.

El guardia evitó responder.

Me acerqué a la ventana. El patio estaba demasiado alto para saltar sin romperme una pierna. Una cuerda habría ayudado, pero habían retirado hasta las mantas. Al parecer, la fama de mi obediencia había llegado antes que yo.

Las puertas se abrieron.

Mi madre entró acompañada por dos criadas. Llevaban un huipil blanco bordado con plumas verdes, brazaletes de oro y un collar de jade tan pesado que parecía diseñado para doblarme el cuello.

—No voy a usar eso.

Mi madre despidió a las criadas con un gesto. Cuando estuvimos solas, tocó mi mejilla hinchada.

—Tu padre no debió golpearte.

—Y tú no debiste mirar hacia otro lado.

Retiró la mano.

—Crees que no hice nada porque no grité.

—No hiciste nada porque él sigue creyendo que puede venderme.

—Intenté que eligieran a otra joven.

La miré, incrédula.

—Qué gesto tan maternal. ¿Debo agradecerte que quisieras condenar a una desconocida?

—Intenté salvarte.

—No. Intentaste mantener limpias tus manos.

El reproche la hizo retroceder. Durante un instante pareció más cansada que cobarde.

—El hombre que viene por ti no es un anciano —dijo—. Se llama Balam.

El nombre me resultó extraño y áspero.

—¿Eso debe consolarme?

—Dicen que es joven.

—También los cuchillos nuevos cortan.

Mi madre sostuvo el collar.

—Aurelia, escúchame. No te enfrentes a él delante del consejo. Si rechaza el acuerdo, tu padre culpará a Eryn.

—Mi padre ya lo culpa de respirar cerca de mí.

—Ha pedido su ejecución al amanecer.

El suelo pareció inclinarse.

—No puede hacerlo.

—Puede acusarlo de atacar a guerreros dentro del palacio.

Tomé el collar y lo lancé contra la pared. Las cuentas de jade saltaron por el piso.

—Entonces no voy a esperar al amanecer.

Mi madre me sujetó cuando intenté alcanzar la puerta.

—No puedes sacarlo de las celdas sola.

—Puedo intentarlo.

—Y morirás con él.

—Al menos será una decisión mía.

El guardia entró al oír el forcejeo. Detrás apareció mi padre.

—Vístanla —ordenó—. La delegación ya está aquí.

Dos criadas me sujetaron. Pateé a una, insulté a la otra y conseguí retrasar el desastre lo suficiente para que mi padre perdiera la paciencia.

—Si avergüenzas a esta familia, el guerrero no verá el amanecer.

Dejé de luchar.

El silencio me costó más que cualquier golpe.

Me vistieron con el huipil blanco. Recogieron las cuentas de jade y reconstruyeron el collar alrededor de mi garganta. Cuando terminaron, mi reflejo en el cuenco de obsidiana parecía el de una mujer preparada para una ceremonia funeraria.

Mi padre me condujo hasta el gran patio.

Los tambores se detuvieron al verme.

La delegación maya ocupaba el lado oriental. Había guerreros con pieles de jaguar, sacerdotes pintados de azul y nobles cubiertos de plumas que no reconocí. En el centro permanecía un hombre alto, vestido con un manto oscuro sujeto por una pieza de jade.

Esperaba encontrar un rostro cruel.

Encontré una boca demasiado bien dibujada para mi tranquilidad.

Balam no era mucho mayor que Eryn. Llevaba el cabello recogido y una cicatriz pequeña junto a la mandíbula. Su cuerpo no tenía la pesadez de los nobles que pasaban el día sentados. Parecía un hombre acostumbrado a moverse, pelear y ser obedecido.

Sus ojos recorrieron mi rostro, bajaron hasta el collar y regresaron a mi boca herida.

Aquella inspección me irritó.

También me obligó a recordar que, bajo el huipil, mi piel seguía sensible por los besos de Eryn la noche anterior.

Balam dio un paso hacia mí.

—¿Quién te golpeó?

No esperaba esa pregunta.

—¿Eso importa?

—He preguntado porque importa.

Mi padre intervino.

—Mi hija necesitaba disciplina.

Balam lo observó como si acabara de encontrar barro en su bebida.

—Entonces su disciplina es torpe.

Un guerrero maya tosió para ocultar una risa. Yo no lo intenté.

Mi padre apretó los dientes.

—Ella es difícil.

—Eso ya lo veo.

—Y todavía no has visto nada —dije.

Balam inclinó apenas la cabeza.

—Confío en que no sea una amenaza vacía.

Su mirada descendió un instante hasta mis labios. No sonrió, pero algo cambió en su expresión. Un calor inoportuno me recorrió el vientre.

Lo odié por provocarlo.

Me odié más por notarlo.

El sacerdote mexica levantó las manos.

—La joven Aurelia será entregada como garantía de paz y futura esposa del gobernante Balam.

—No —respondí.

Los murmullos estallaron.

Balam no apartó los ojos de mí.

—¿No quieres la paz?

—No quiero que la construyan sobre mi cuerpo.

El sacerdote palideció. Mi padre me sujetó del brazo.

Balam miró sus dedos sobre mi piel.

—Suéltala.

—Es mi hija.

—Aquí representa el acuerdo entre nuestros pueblos. Si la marcas otra vez, consideraré que has dañado mi parte del tratado.

Mi padre me soltó de inmediato.

—No soy tu parte de nada —dije.

—Eso espero.

El sacerdote extendió un collar ceremonial de jade.

—Que el príncipe selle la alianza.

Balam tomó el collar. Se acercó hasta quedar frente a mí. Olía a humo, cacao y lluvia. Cuando levantó las manos, retrocedí.

Él se detuvo.

—No voy a tocarte sin permiso.

—Pero pediste que me entregaran.

—Sí.

—¿Por qué?

Por primera vez, su seguridad vaciló.

Los nobles esperaban. Mi padre también.

Balam dejó el collar en manos del sacerdote.

—La ceremonia se realizará cuando ella acepte.

—Eso puede no ocurrir nunca —advertí.

—Entonces tendré una estancia larga y una esposa inexistente.

La respuesta arrancó algunas risas. Yo entrecerré los ojos.

—No eres gracioso.

—Mis consejeros opinan lo mismo. Es la única cuestión en la que todos estamos de acuerdo.

El sacerdote protestó:

—Sin ceremonia no hay garantía.

Balam se volvió hacia el consejo.

—Ya pagué la garantía.

Un escriba abrió un códice y mostró el sello maya. Los ancianos se inclinaron para leer.

Mi padre sonrió.

—La ciudad de Chakán queda bajo dominio mexica.

Sentí que el aire desaparecía.

Miré a Balam.

—¿Entregaste una ciudad por mí?

—No.

La respuesta me alivió durante un instante.

Él volvió a acercarse, tan cerca que solo yo pude escuchar lo siguiente.

—Entregué la ciudad para impedir la guerra. Te pedí a ti porque, si la profecía es cierta, eres la única mujer capaz de destruir mi reino, o la única que puede salvarlo antes de que mi propio consejo decida matarte esta noche.

Capítulo Anterior
Siguiente Capítulo