Capítulo 2 El Despacho de la Torre Norte
El traslado desde la catedral hasta la residencia principal transcurrió en el asiento trasero de un vehículo adaptado, un espacio amplio donde el silencio funcionaba como la única regla compartida. Ninguno de los dos pronunció palabra mientras el conductor uniformado navegaba por las avenidas principales, manteniendo una velocidad constante que evitaba cualquier sacudida innecesaria para el pasajero principal. Dasha observaba el paisaje urbano a través de la ventanilla, registrando mentalmente las rutas, los puntos de acceso y la distancia respecto al distrito financiero, consciente de que cada detalle geográfico formaba parte del nuevo mapa de su realidad.
Al llegar a la propiedad, ubicada en un sector residencial de acceso restringido, el vehículo se detuvo frente a una estructura de concreto y cristal oscuro que se extendía sobre una colina artificial. No había personal esperando en la entrada principal para darles la bienvenida; el recibimiento formal había quedado descartado desde el momento en que Damián dictó las condiciones de su llegada en la sacristía.
El chofer descendió con rapidez para accionar el sistema de rampa lateral del automóvil, facilitando el descenso de Damián sin requerir asistencia directa. Damián manipuló los controles de su silla con precisión, avanzando hacia la puerta principal de acero cepillado mediante un mecanismo automatizado que se abrió con un zumbido sutil. Dasha caminó a su lado, manteniendo una distancia prudente, evaluando la arquitectura interior del vestíbulo: techos de doble altura, paredes recubiertas con paneles de madera oscura y una iluminación cenital que eliminaba cualquier rastro de calidez en el ambiente.
—Las reglas de esta residencia se establecieron antes de que cruzaras el umbral —dijo Damián sin detenerse, dirigiéndose hacia el ala este de la planta baja donde se encontraba su despacho privado—. El personal de servicio tiene instrucciones estrictas de no intervenir en nuestra dinámica. Tienes asignada la recámara contigua al ala principal, aunque dudo que tengamos motivos para compartir espacio más allá de las apariciones públicas obligatorias.
Dasha cruzó los brazos, deteniéndose frente a la base de una escalera monumental que conducía al segundo nivel.
—No tengo intención de invadir tus espacios privados más allá de lo estrictamente necesario para cumplir con los términos legales de este acuerdo —respondió Dasha, con un tono firme que no admitía réplica—. Mi presencia aquí responde a una contraprestación financiera muy específica para garantizar la estabilidad médica de mi madre, no a un interés por participar en tu vida personal o corporativa.
Damián giró la silla de ruedas sobre su propio eje, deteniéndose a pocos metros de la entrada de su estudio. Sus ojos oscuros recorrieron el rostro de Dasha con una mezcla de evaluación táctica y escepticismo, buscando algún signo de debilidad que contradijera su postura desafiante.
—Eso espero —replicó Damián con voz grave—. Porque cualquier error estratégico que comprometa la estabilidad del consorcio Rivas o exponga nuestra situación ante los medios económicos tendrá consecuencias directas sobre los fondos que mantiene en funcionamiento esa clínica. El dinero que sostiene a tu familia proviene de las cuentas corporativas que yo administro.
—Conozco la fuente de los fondos perfectamente —contestó Dasha, dando un paso al frente sin apartar la mirada—. No necesito que me recuerdes el origen del acuerdo cada hora. Si me disculpas, prefiero revisar el inventario de la habitación asignada antes de que finalice la jornada.
Sin esperar una autorización formal, Dasha subió los escalones con paso firme, dejando atrás al magnate en el vestíbulo principal. Damián la observó ascender hasta perderse en el corredor superior, manteniendo la mandíbula tensa mientras procesaba la resistencia inusual de una mujer que, en teoría, debería estar intimidada por su entorno y su poderío financiero.
En la planta alta, la habitación asignada reflejaba la misma estética sobria del resto de la residencia: mobiliario de líneas rectas, tonos grises y una cama amplia con ropa de cama oscura. Dasha cerró la puerta tras de sí, apoyando la espalda contra la madera mientras exhalaba el aire retenido en los pulmones. El primer día había concluido sin fisuras en su fachada de seguridad, pero sabía que la verdadera prueba comenzaría al amanecer, cuando debiera enfrentarse a los informes financieros y a las auditorías internas que su nuevo estatus le permitía examinar desde el interior de la fortaleza.
