Cautiva del rencor

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Capítulo 1 El Acuerdo en la Sacristía

El recinto anexo a la catedral carecía de ornamentos innecesarios; una mesa de madera oscura, dos sillas metálicas y una lámpara de escritorio conformaban el espacio donde las consecuencias de una decisión ajena terminaban de concretarse. Dasha ajustó los puños de su blusa, una prenda sencilla que contrastaba de forma evidente con el contexto nupcial, mientras observaba a su tío caminar de un extremo a otro de la habitación con el paso acelerado de quien calcula pérdidas financieras en tiempo real.

—No hay alternativa viable, Dasha —dijo Roberto sin detener su marcha, pasando una mano por su cabello con evidente fastidio—. Tu hermana tomó su elección al marcharse con Cristian, dejando los pagarés vencidos y el compromiso corporativo hecho trizas. Los acreedores no van a esperar a que la familia recupere la liquidez; si este matrimonio no se firma hoy, la clínica suspenderá de inmediato el tratamiento de soporte vital de tu madre. La decisión es estrictamente matemática.

Dasha mantuvo la vista fija en la superficie de la mesa. No existían lágrimas ni muestras de desesperación en su postura; conocía los números tan bien como su tío y sabía que la deuda acumulada superaba cualquier patrimonio familiar restante. La huida de su hermana no solo había destruido una alianza pactada por conveniencia, sino que había dejado a su familia expuesta a la ruina total. La única ficha disponible en el tablero era ella.

—Los fondos para el equipo médico deben estar reflejados en el sistema del hospital antes de que cruce el umbral hacia la nave principal —respondió Dasha, con una voz uniforme, carente de cualquier inflexión dramática—. No acepto promesas verbales en este punto.

Roberto se detuvo frente a ella, cruzando los brazos con una mezcla de sorpresa y desdén hacia la aparente frialdad con la que su sobrina asumía el rol de sustituta.

—La transferencia quedó liquidada en cuanto firmaste el consentimiento preliminar esta mañana —respondió el hombre de manera cortante—. Pero comprende bien tu posición. No eres la heredera de los Rivas; eres un recurso de emergencia para salvar un contrato. Damián Rivas no es un hombre común; el accidente que lo relegó a una silla de ruedas hace un año endureció su carácter hasta convertirlo en un estratega implacable. Si descubre el cambio de identidad antes de tiempo, el acuerdo se anula y tu madre quedará desamparada en cuestión de horas.

—Nadie va a notar la diferencia bajo el protocolo estricto que organizaron —replicó Dasha, poniéndose de pie con lentitud—. Las medidas coinciden y los invitados están demasiado concentrados en proteger el valor bursátil del consorcio como para prestar atención a los rostros.

Al otro lado de la puerta de roble, los acordes graves de un instrumento de cuerda metálica comenzaron a sonar, marcando el inicio formal del protocolo nupcial. Sin esperar una señal adicional, Roberto le ofreció el antebrazo por pura formalidad protocolar antes de encaminarse hacia la salida lateral que conectaba directamente con el altar.

Cuando las puertas principales se abrieron, el espacio interior mostró a los asistentes sentados en bancas ordenadas: ejecutivos con trajes oscuros y asesores legales que revisaban documentos en sus teléfonos móviles, ignorando la solemnidad tradicional del acto.

A mitad del pasillo central, situado justo antes de los escalones del presbiterio, se encontraba Damián Rivas. No estaba de pie esperando a la novia; permanecía sentado en una silla de ruedas de diseño industrial, con una estructura de titanio y acabados mate que reflejaban la iluminación artificial del techo. Su traje de sastre gris oscuro se ajustaba a su torso con precisión, disimulando la rigidez de su postura, mientras su mandíbula cuadrada y sus facciones angulosas permanecían inmóviles, desprovistas de cualquier gesto de bienvenida.

Dasha mantuvo el paso firme sobre el piso pavimentado, contando mentalmente los segundos hasta detenerse frente a la estructura metálica. Las miradas de ambos convergieron sin vacilación. En los ojos oscuros de Damián no había curiosidad ni el fingido entusiasmo de un novio, sino una hostilidad directa, acumulada tras meses de presión familiar y resentimiento por su condición física.

El oficiante, un hombre de edad avanzada que sostenía un cuadernillo encuadernado en cuero, carraspeó para iniciar el protocolo, pero Damián levantó una mano, deteniéndolo con un movimiento seco.

—Podemos omitir las lecturas innecesarias —interrumpió Damián, dirigiendo su voz ronca directamente hacia Dasha, sin mirar al sacerdote—. Ambos conocemos los términos de este intercambio. Mi familia necesitaba una fachada jurídica para calmar al consejo de administración, y tú necesitas solvencia económica. No hay afecto ni promesas mutuas en este documento.

Un murmullo leve recorrió la primera fila de invitados ante la franqueza brutal del magnate, pero Dasha no apartó la vista ni modificó su expresión.

—El novio acierta en la descripción del contrato —respondió Dasha, utilizando un tono claro que se proyectaba a través de los micrófonos ambientales—. Así que le sugiero al sacerdote que procedamos con las firmas antes de que las condiciones del acuerdo cambien.

El oficiante, visiblemente incómodo por la falta de convencionalismos, señaló el pequeño atril lateral donde reposaban los folios legales. Damián firmó con un trazo rápido y anguloso, dejando caer la estilográfica sobre la madera con un sonido seco. Dasha se inclinó a continuación, tomando el bolígrafo con firmeza para estampar su nombre sin que la mano le temblara un solo instante.

Al deslizar el anillo metálico en su dedo, Damián ejerció una presión sutil y deliberada, marcando una advertencia física antes de retirar la mano.

—Bienvenida a los registros de la familia —murmuró Damián con un tono apenas audible, girando el mecanismo de su silla para iniciar el regreso.

—Guarda tus advertencias para los socios corporativos —respondió Dasha, caminando a su lado con la misma rigidez—. Esta sociedad la vamos a sostener bajo nuestros propios términos.

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