Capítulo 7 ¿Me cocinaste?
La casa de Sebastián se alza imponente al final de un camino privado rodeado de altos árboles que susurran con la brisa de la tarde. No es solo una casa; es un palacio moderno de líneas rectas, cristal y acero que parece diseñado para intimidar.
Esto es una obra de la arquitectura moderna.
Mientras el auto se detiene frente a la entrada principal, siento que el aire se me escapa de los pulmones. Todo aquí grita poder, riqueza y frialdad. Nada que ver con el pequeño apartamento que compartía con Amanda y con mis padres, con sus paredes agrietadas y el olor constante a café barato.
Para entrar o salir de aquí va a ser un problema. Yo no tengo auto y estoy está tan alejado de la ciudad que será difícil encontrar transporte público.
Bajo del vehículo con las piernas temblorosas, aferrando el asa de la maleta de mi hermana como si fuera un salvavidas. Delante de mi, Sebastián camina sin decir una palabra.
En realidad él y yo casi no hemos hablado desde que me pasó a buscar hace una hora por el hotel donde se supone pasamos nuestra noche de bodas y luna de miel apresurada.
Tres días desde que firmamos los papeles. Tres días de matrimonio. Y no hemos hablado prácticamente nada.
Mejor así.
Mientras más lejos permanezca lejos de él, mejor.
Cuando me dijo que nos mudaríamos a su casa no pensé que fuese un lugar tan grande.
—Ven —pide ya casi en la puerta.
Con la maleta aun en mis manos, hago lo que él me pide.
A lo lejos veo a varias personas que creo podrían ser parte del personal de la casa, pero ninguno se acerca.
—Esta es tu ala —dice cuando entramos a la casa, abriendo una puerta doble que da a un pasillo amplio y luminoso—. La mía está en el ala opuesta. Habitaciones separadas, como acordamos.
Su voz suena más grave de lo que recuerdo, ligeramente pastosa. Mientras me muestra el lugar, una suite completa con sala de estar privada, baño de mármol y un vestidor enorme no puedo evitar pensar que es demasiado.
Es enorme.
¿Como es posible que tenga una especie de anexo ya listo en su propia casa?
¿Acaso es de esos hombres que le gusta dormir alejado de todos?
Es extraño, pero no lo cuestionó. Mientras más lejos de él, mejor para mí.
Dejo la maleta en el piso y camino con lentitud mientras veo el lugar. La sola habitación es mucho más grande que todo mi apartamento.
Detrás de mi escucho como Sebastián camina directo a la puerta, pero antes de salir se detiene.
—Cuando mi abuelo este aquí, tendrás que quedarte en mi habitación —suelta.
Me giro para verlo.
No es necesario que explique, entiendo a lo que se refiere por lo que solo asiento en respuesta.
Nadie tiene que saber que dormimos en habitaciobes separadas, aunque con la cantidad de empleados que debe de tener va a ser algo difícil.
Cuando se marcha, dejándome sola, desempaco las cosas de Amanda con manos cuidadosas. Nada de lo que está en esta maleta es de mi gusto por lo que me tomo mi tiempo hasta poder dar con un pantalón suave de algodón y una blusa holgada. Algo que me haga sentir un poco más yo misma aunque los colores no son algo que yo escogería.
Mañana definitivamente tengo que ir por mi propia ropa. Por mis propias cosas. Además, necesito mi ordenador para seguir con mi trabajo. Mi ordenador, libretas, tableta electrónica.
No puedo darme el lujo de dejarme llevar y descuidar mi trabajo.
Me quedo varias horas en la habitación , inspeccionó el lugar, organizo la ropa que traje conmigo. Me sorprendo al ver que el vestidor está lleno de ropa, ropa de diseñador, piezas únicas, todo de alta costura. Pero nada que me guste.
Con el ceño fruncido tomo una pieza de lencería entre mis manos. Es algo minúsculo y con aspecto incómodo que está diseñado para un solo propósito: seducir. Esto definitivamente es algo que Amanda usaría, no Alana.
Con algo de disgusto lo tiro de regreso al cajón y salgo de la habitación donde pretendo pasar la mayor cantidad de horas posibles.
Para cuando llego a la cocina, el sol ya se está poniendo. En mi camino no veo a ningún empleado y eso me genera algo de desconfianza.
¿No sé supone que las personas como Sebastián Beaumont son de esos hombres que tienen siempre personas a su disposición? ¿Donde estarán esas personas que vi afuera cuando llegué?
El estómago me gruñe. No pretendo quedarme aquí esperando a que alguien aparezca así que entro a la espaciosa, moderna y muy perfecta cocina. El lugar se siente demasiado estéril, como si nadie nunca hubiese cocinado aquí.
Durante la hora que me quedo en la cocina, ni un solo empelado aparece. Se me hace extraño, pero no me detengo. Con una autoridad que nadie me ha dado, termino tomando la decisión de preparar pollo al horno con hierbas, arroz y verduras salteadas. El aroma cálido y hogareño llena el espacio y, por un momento, logro respirar más tranquila. Cocinar siempre me ha gustado.
No soy una cocinera experimentada ni se mucho de alta cocina, solo lo suficiente como para poder comer comida sabrosa de vez en cuando sin tener que gastar mucho.
Estoy por sentarme a comer cuando escucho pasos acercarse por el pasillo.
El corazón me da un salto.
Sebastián aparece en la entrada de la cocina, aflojándose la corbata con movimientos algo torpes. Sus ojos azul oscuro están más brillantes de lo normal y trae un vaso de whisky en la mano. Definitivamente debe de tener un problema con el alcohol.
Sebastián se detiene al ver la mesa de la cocina puesta y el plato humeante de lo que es mi cena. Por un segundo, algo parecido a la sorpresa cruza su rostro, pero lo disimula rápidamente con una máscara fría de indiferencia que me hace sentir mareada.
—No tienes porqué cocinar —murmura, aunque ya se está sentando en la mesa— una empleada viene todas las mañanas a hacer las comidas. En el refrigerador están. Solo tienes que escoger lo que quieras.
Con el ceño fruncido volteo a ver el refrigerador.
¿Comidas listas?
En el refrigerador solo vi algunos embutidos y ensaladas.
¿Acaso eso es todo lo que él come?
Con razón está de tan mal humor.
—A mi me gusta cocinar —digo antes de poder detenerme.
—¿De verdad? —pregunta tomando el plato y dándole un bocado a mi pollo sin siquiera preguntar. Una expresión de genuina sorpresa aparece en su rostro cuando lo prueba. Luego le da otro bocado— está es muy bueno. Nadie me dijo que sabías cocinar.
Hago una mueca de dolor.
He cometido un error.
Es Alana Blanch quien cocina, no Amanda.
—Oh no, te equivocas— digo girando para servir lo sobrante en otro plato para mí —yo no se cocinar, solo segui una receta que vi en internet y...
Detras de mí Sebastián murmura sobre qué igual le gusta.
Siento como mi corazón se acelera un poco. Eso sonó como un cumplido.
Con cautela, me acerco hasta la mesa. El silencio entre nosotros es denso, cargado. Sebastián no dice nada, yo tampoco, solo comemos en silencio, puedo sentir el calor de su mirada recorriéndome todo el tiempo. Cada vez que levanta el vaso de whisky, mi preocupación crece. ¿Esto es normal para él? ¿Beber hasta que sus movimientos se vuelven más lentos y su mirada más intensa?
¿Acaso voy a tener que vivir tres meses, en esta casa solitaria, con un hombre borracho?
Qué horror.
—¿Cómo fue tu día? —pregunta de pronto, con la voz más ronca.
—Desempaque mi maleta —respondo con cuidado.
Él asiente lentamente, observándome como si intentara resolver un enigma.
—Estás más callada de lo que esperaba, Amanda —comenta, cada vez que dice el nombre de mi hermana me siento nerviosa, como si en cualquier momento me fuese a descubrir.
Bajo la mirada al plato, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Amanda habría llenado el silencio con risas y anécdotas superficiales, incluso puede que estuviese coqueteando con él. En cambio, yo no sé hacer nada de eso.
La cena termina con unas pocas palabras más. Cuando termina, recojo los platos en silencio, pero cuando me giro para llevarlos al fregadero, Sebastián se levanta. Está más cerca de lo que esperaba. Su cuerpo alto y firme se detiene detrás de mí. Puedo sentir el calor que emana de él y el olor a whisky mezclado con su colonia.
—Amanda… —susurra de repente, tan bajo que casi creo haberlo imaginado.
Me tenso por completo. Antes de que pueda reaccionar, sus manos se posan en mis caderas, firmes y me gira lentamente hasta quedar frente a él. Su mirada está nublada por el alcohol y algo más oscuro, más peligroso. Se inclina hacia mí, su aliento cálido rozando mis labios.
—Eres diferente a lo que imaginaba… —murmura, bajando la cabeza —se supone que eras alguien superficial —dice de forma pensativa.
—¿A qué te refieres? —pregunto soltando una risa nerviosa, baja.
Sebastián sube la mirada y me mira directamente a los ojos. Sus ojos de un color azul intenso me miran con profundidad.
—¿Acaso crees que me iba a casar contigo sin siquiera hacer una comprobación de antecedentes antes? —masculla con una mueca —no soy un estúpido. Y tú no eres la mujer que se supone que eras. Una mujer superficial y narcisista que anda de fiesta por toda la ciudad no hace este tipo de cosas —señala a la mesa vacía.
Rayos.
Mi corazón late cada vez más fuerte. Sebastián tiene razón, Amanda no es el tipo de mujer que se quede a hacer la cena. Me he equivocado.
Las manos de Sebastián se clavan en mi cintura mientras me sujeta con fuerza. La intensidad de su mirada, la forma en la que me sujeta, es todo muy tentador. Demasiado tentador.
Pero entonces recuerdo las palabras de Amanda antes de la boda —finge que eres yo, no seas aburrida ni sabelotodo. Recuerda que tú serás yo, pero solo es una mentira.
Con sus palabras retumbando en mis oídos coloco las manos sobre su pecho y lo empujo suavemente pero con firmeza.
Amanda no es de las que se quedan calladas.
—No… —susurro, con la voz temblorosa—. No, no creo que seas un estúpido —sacudo mi cabeza —pero yo tampoco soy eso que dices.
Yo, Alana, no lo soy. Amanda, con quien él cree que está hablando, tal vez sí.
No sé qué pretende Sebastián con todo esto, pero eso definitivamente no es algo que sea bueno.
Sebastián se aleja de mi unos pasos, frunciendo el ceño. Por un instante parece confundido, como si no entendiera mi rechazo mientras la tensión entre nosotros es eléctrica, casi insoportable.
—Ve a descansar —digo en voz baja, repitiendo las mismas palabras que él me dijo la noche de bodas —creo que ya has tomado suficiente por hoy.
—¿Tomado?
Sebastián baja la mirada a dónde el vaso con whisky que trajo descansa vacío sobre la mesa.
Su ceño se frunce aún más y me observa con lo que creo es interés, o tal vez molestia. No sé le y a estas alturas no me importa.
—Yo no he bebido demasiado —dice en voz baja.
Está vez no respondo, solo lo observo en silencio.
—Lo digo en serio Amanda, yo no tengo ningún problema con la bebida —dice ofendido.
—Esta bien —respondo antes de que se siga molestando. Obviamente una persona que tiene problemas con el alcohol no lo reconocerá tan fácilmente.
Sebastián parece dispuesto a discutir, pero antes de que diga cualquier otra cosa yo solo le doy las buenas noches y camino rápidamente hacia mi ala de la casa. Una vez en mi habitación, cierro la puerta detrás de mí y echo el pestillo con manos temblorosas.
Me apoyo contra la madera, respirando agitada. El calor de sus manos todavía quema en mis caderas. La culpa por lo que pudo haber sucedido lucha dentro de mí con tanta fuerza que siento náuseas.
Estoy invadiendo un espacio que no me pertenece. Una vida que no es mía. Un hombre y una historia que no es mío.
Y aun así, mientras me deslizo hasta sentarme en el suelo con la espalda contra la puerta, solo puedo pensar en lo difícil que va a ser sobrevivir tres meses sin volverme completamente loca.
Tres meses.
Tres meses en esta casa, fingiendo ser mi hermana, la mujer más narcisista, egocéntrica y superficial que conozco.
