Capítulo 6 Normas
Lentamente me levanto del sofá, con la mirada aún clavada en Alexander y en su… amiga. La caja de comida china queda olvidada sobre la mesa. Siento que las piernas me tiemblan ligeramente.
Miro a la mujer que sigue pegada a él como si tuviera todo el derecho del mundo a estar aquí. Aunque tal vez ella si cree que lo tiene.
—Oh, vaya… —dice con una sonrisa burlona al notar mi presencia. Me recorre de arriba abajo con una mirada llena de superioridad—. Así que los rumores eran ciertos. Te casaste.
Alexander se separa de ella lentamente. Su mirada pasa de mí a ella y luego vuelve a mí. Por un segundo creo ver fastidio en sus ojos, pero no estoy segura de hacia quién va dirigido. Eso me molesta aún más.
La mujer suelta una risa corta y aguda, observándonos a ambos.
—Ay, no puede ser… Jamás pensé que tú sentarías cabeza. Pero bueno, yo no tengo problema. Podemos compartir, ¿no? Yo no soy celosa.
La miro atónita. Es tan vulgar que resulta casi irreal. Ahora que se ha separado un poco de Alexander y está de frente a mi, noto que el vestido que trae es demasiado pero demasiado más corto de lo que pensé en un inicio. Llamarlo vestido es un insulto a la prenda, esto es más bien una pieza de lencería. Incluso no trae sujetador, sus senos están prácticamente expuestos. Es obvio para que lo ha venido está noche.
—A ti nunca te ha importado la exclusividad —continúa, como si nada, mascando un chicle de forma irritante—. Y tú no te ves tan mal —añade, dirigiéndose a mí con mordacidad—. Podríamos hacer algo los tres. Pero primero deberías bañarte.
Siento que el estómago se me revuelve. El calor sube por mi cuello y me arden las mejillas. ¿Compartir? ¿En serio acaba de decir eso? ¿Y a qué se refiere con que debería bañarme? ¿Acaso me veo tan mal?
Mis puños se cierran con fuerza a los costados. Las uñas se me clavan en las palmas.
¿Quién se cree esta mujer que es?
Antes de que pueda responder, Alexander carraspea, visiblemente incómodo por toda la situación.
¿Acaso no le aviso que ya tenía compañía? ¿O pensó que simplemente yo aceptaría la propuesta de su… amiga?
—Ya es hora de que te vayas —le dice con voz baja y cortante.
La mujer parpadea, sorprendida.
—¿Qué? —masculla, ofendida—. ¿Me estás echando? Llevo días intentando contactarte y tú no contestas ni una sola llamada. ¿Y ahora me echas por ella? ¿De verdad? ¿Acaso no me estás viendo? — pregunta con un gesto exagerado.
Alexander no responde. Solo camina hacia la puerta del ascensor privado y la abre, esperando. Su expresión es fría, impenetrable.
La mujer me lanza una última mirada cargada de desprecio, murmurando algo entre dientes que no logro entender antes de finalmente irse. El ascensor se cierra con un sonido suave que parece demasiado fuerte en el silencio que queda.
Me quedo de pie en medio del salón, con los brazos cruzados sobre el pecho. El corazón me late con fuerza.
—¿Es en serio? —no puedo evitar preguntar, mi voz saliendo más temblorosa de lo que me gustaría—. ¿De verdad tus gustos son tan… corrientes?
Alexander cierra la puerta, antes de pasarse una mano por el cabello.
—Valeria…
—No —lo interrumpo, levantando una mano—. No sé qué clase de cosas hacías aquí antes, pero esto no puede volver a repetirse. Ya es hora de que pongamos normas en este matrimonio.
Él frunce el ceño.
—¿Normas? ¿Qué tipo de normas?
Respiro hondo antes de continuar.
—No tengo ningún problema si tienes amantes —digo, las palabras saliendo sin filtro. Dejándome llevar por la humillación—. Al final esto es un matrimonio por contrato. Ni siquiera eras mi prometido original. Es obvio que ninguno de los dos siente algo real por el otro… apenas nos conocemos. Pero lo mínimo que espero es respeto. No quiero ver a ninguna mujer aquí, no donde su supone que vayamos a vivir. Si tienes amantes, que sean discretas. Que nadie lo sepa —digo rápidamente al ver que él me quiere interrumpir— no quiero humillaciones públicas, ni que vengan insinuando que podemos “compartir” —digo, levantando mis dedos para hacer comillas en el aire— y por supuesto que no espero un matrimonio de verdad, entiendo que todo esto fue imprevisto y que vamos a tener que llegar a acuerdos, pero mis condiciones son estas.
Alexander me observa con atención, sin interrumpirme.
—¿Eso es todo? —pregunta al final, con tono estoico.
Asiento.
—Sí. Yo cumpliré con mi parte del acuerdo. No me involucraré en tu vida privada. Tampoco te exigiré que dejes a tus… amistades. Solo pido que seas discreto y respetes el lugar donde yo estaré.
Alexander asiente lentamente. Parece considerar cada una de mis palabras.
—¿Estás segura que eso es todo? —pregunta, caminado lentamente hacia mí.
Niego lentamente.
A lo mejor se me olvida una que otra cosa, pero por el momento, esto es lo único que se me ocurre.
No quiero ver a ninguna mujer semidesnuda pasearse frente a mi.
Alexander rodea el sofá con paso lento, seguro. Su mirada fija en la mía mientras lo hace, aunque ya no es fastidio lo que veo reflejado en él, sino algo más oscuro, así intenso.
—¿De verdad no te importa… compartir? —susurra, cerca de mi.
Alexander está tan cerca que puedo sentir el calor de su piel.
Niego rápidamente aunque una parte de mí, se siente incómoda con el hecho.
—Bien… —masculla, con una media sonrisa— ahora es mi turno.
—¿Tú turno? —pregunto. Confundida.
—Claro —dice él, inclinándose más cerca de mi, con su voz más ronca— mi turno de poner normas.
