Casada con el gemelo equivocado

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Capítulo 5 La tanga roja

Ha pasado ya casi una semana desde que se celebró la boda y aún sigo sintiendo que vivo dentro de un sueño del que no consigo despertar.

La convivencia con Alexander ha sido… extraña. Muy pero muy extraña. A pesar de que conozco a los hermanos Salvatore desde que era niña, en realidad nunca había interactuado mucho con Alexander. Mis interacciones en general con la familia Salvatore se reduce a las escazas reuniones familiares o las pocas citas y reuniones que tenia al año con Adrián. Lo poco que llegue a saber de Alexander, por lo general provienen principalmente de rumores: el gemelo rebelde, el mujeriego, el que siempre estaba metido en fiestas y escándalos. Pero estos días estoy descubriendo que es alguien sorprendentemente fácil de llevar. Habla poco, pero cuando lo hace es directo y sin filtros. No intenta impresionarme ni fingir ser alguien que no es.

Aun así, hay cosas que no puedo ignorar.

Su teléfono no deja de sonar. Mensajes, llamadas, notificaciones constantes. La mayoría son de números que no tiene guardados o simplemente son de nombres femeninos. Voces que, cuando contesta en voz baja, suenan íntimas y molestas. Él simplemente cuelga casi siempre sin dar explicaciones. Mientras yo solo finjo que no me importa.

Obviamente ninguno de los dos ha mencionado nada al respecto.

No sé ni siquiera que espera él de todo esto.

Al final no fuimos a la luna de miel que tenía planificada con Adrián. Alexander no pregunto. Yo no lo sugerí.

Se supone que aún debería de estar en una isla privada en el Caribe, con playas de aguas turquesas y todo el lujo que se suponía debía tener una boda como la nuestra. Pero por obvias razones, decidimos quedarnos aquí, en el penthouse de Alexander en la ciudad donde él vive. Ni siquiera hemos hablado de si este será nuestro hogar definitivo. Yo no me he atrevido a preguntarle y él parece no haber pensado en ello.

Dios.

Todo es demasiado para procesar.

Esta semana la hemos tomado como un paréntesis para conocernos. Hemos conversado sobre cosas banales, sobre películas, sobre idiomas, sobre nuestros gustos más básicos. Ver en qué coincidimos y en qué no. A ratos parece casi que tuviéramos una convivencia cómoda, pero luego llegan las llamadas. Los mensajes. Todo me hace imposible olvidar el tipo de hombre que es Alexander y la reputación que tiene.

Fiestas. Sexo. Alcohol. Mujeres.

Esas son las cuatro palabras con la que durante años he escuchado que se le relaciona.

Esta noche estamos en el salón, sentados en el sofá grande frente a la ciudad iluminada. La mesa baja está llena de cajas de comida china que pedimos hace un rato. Hablamos de cosas al azar mientras comemos. La conversación es ligera hasta que llega el turno de los empleos. Me sorprende escuchar que él realmente ejerce la carrera de arquitectura, y más aún, que parece disfrutarlo. Por primera vez en días siento que la tensión entre nosotros ha bajado un poco.

Estoy por preguntarle algo sobre su trabajo, cuando se pronto suena el timbre del ascensor privado.

Me detengo con los palillos a mitad de camino.

Alexander mira su reloj y frunce ligeramente el ceño.

Es bastante tarde.

—Ya vuelvo —dice dejando lo que estaba comiendo sobre la mesa antes de levantarse con esa calma que lo caracteriza.

Mientras Alexander se dirige con paso lento hacia la puerta, me quedo sola en el salón, pinchando un trozo de pollo con los palillos.

Entonces…

Escucho la voz de una mujer.

—¡Alexander!

De forma instintiva volteo hacia la entrada.

Desde donde estoy sentada, ellos no me pueden ver en su totalidad, pero yo si puedo verlos a ellos.

Definitivamente es una mujer.

Y es despampanante. Alta, curvas pronunciadas, cabello rubio largo y ondulado, y un vestido negro tan corto que apenas y cubre lo necesario.

Sin esperar a cerciorarse a ver si él está acompañado o no, veo como ella se lanza directamente sobre Alexander, rodeándole el cuello con los brazos y pegando su cuerpo al de él de una forma muy comprometedora. Sin decir nada, ella lo besa en la mejilla, casi en la comisura de los labios, mientras ríe.

—¡Por fin te encuentro, amor! Llevo días llamándote. ¿Qué es eso de que te casaste? No me digas que es verdad…

Atónita, observo como se aprieta más contra él, mientras una mano baja de forma descarada por su pecho y la otra se posiciona detrás de su cuello. Es una posición tan íntima que siento un calor incómodo subir por mi cuello.

Me quedo congelada en el sofá, con los palillos todavía en la mano y la boca entreabierta.

¿Qué rayos…?

En silencio, observo como Alexander pone las manos en la cintura de la mujer, pero no la aparta de inmediato. Solo suspira, como si esto fuera algo sumamente común para él mientras yo solo puedo pensar —¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Y por qué rayos puedo ver la tanga roja de la mujer?

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