Casada con el gemelo equivocado

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Capítulo 4 ¡Eres mi prometida!

Estoy durmiendo profundamente, envuelta solo por una sábana ligera, totalmente desnuda debajo de ella cuando escucho un fuerte grito que me despierta sobresaltada.

A mí lado, el cuerpo de Alexander se siente demasiado caliente, duro pero suave como el terciopelo. Ambos estamos en una posición que demuestra intimidad, mucha pero mucha intimidad para dos personas que en cuestión de horas pasaron de desconocidos a esposos.

—¡¿Qué carajos es esto?! —vuelvo a escuchar la voz de Adrián. Está vez más fuerte —¡¿Que mierda estás haciendo con mi esposa?!

Adrián.

Él está de pie junto a la cama, con el rostro rojo de furia y los ojos desorbitados mientras nos observa con una furia que no logra disimular. Sujetando la sábana contra mi pecho con fuerza, observo como el hombre que se supone debería de ser mi marido empieza a soltar insultos y gesticula amenazas hacia su hermano y a mí.

—Adrián, cállate —gruñe Alexander con voz ronca y peligrosa, atrayéndome a un abrazo aún más intimo.— ¿No ves que estamos durmiendo?

Frente a nosotros, Adrián parece a apunto de explotar.

—¿Qué me calle? ¡Estás desnudo en la cama con mi prometida! —Adrián me señala con rabia—. ¡Cúbrete, Valeria! Y aléjate de él. ¿Acaso nadie piensa decirme que mierda esta pasando aquí? ¡Que la sueltes te dije! —grita, cuando Alexander se acurruca más contra mí.

La humillación y la rabia empieza a subir por mi garganta. Me cubro mejor con la sábana, sintiendo el cuerpo rígido y caliente de Alexander a mí lado.

—Vete de aquí, Adrián. Ya no soy tu prometida. Me casé con Alexander. Él es mi esposo ahora.

Adrián suelta una risa incrédula y furiosa.

—¿Tu esposo? ¡Se supone que ibas a casarte conmigo! ¡Conmigo! ¡Esto es una locura! —de forma histérica, empieza a soltar insultos hacia su hermano quien se levanta de la cama muy lentamente, pero no sin antes cubrirme bien con la sábana para que ninguna parte de mi cuerpo desnudo quede expuesto.

Alexander, con solo unos bóxers encima, camina hasta donde está su hermano. Juntos, de pie uno al lado del otro, debo de admitir que son un manjar para la vista, pero nada de eso importa cuando uno de ellos está gritándome insultos por supuestamente haberlo traicionado cuando fue él el que me insulto en el día en que se supone iba a ser nuestra boda.

—Ella ya no es nada tuyo, hermano. Valeria ahora es mi esposa— dice Alexander, con una nota de aburrimiento en su voz que me irrita incluso a mí.— Sal de mi habitación antes de que te saque yo mismo.

A pesar del tono relajado de Alexander, la discusión escala rápido entre los hermanos. Adrián se gira hacia Alexander con los puños cerrados.

—¿Cómo mierda paso esto? ¡Nadie me dijo nada!

Alexander lo mira con frialdad, pero antes de que diga algo, yo me adelanto.

—¿De verdad eres tan cínico para preguntarlo? —digo, con los dientes apretados aún desde la cama, sujetándome fuertemente la sábana contra mis pechos desnudos. Anoche pensé que me había dormido con él sujetador. ¿Cómo rayos acabe así? No importa. No es momento de pensar en eso— ayer no te presentaste a la boda porque estabas demasiado ocupado con tus dos amigas— gruño. Molesta— por eso me he casado con Alexander. Él ahora es mi esposo.

Adrián retrocede confundido.

—¿Qué? —pregunta, como si no lo entendiera— ¿Mujeres…? ¿De que hablas?

Al ver su gesto confundido una risa seca escapa de mí.

—¿Ahora no lo recuerdas? —pregunto— bueno… había tanto alcohol en tu apartamento que no me sorprende en absoluto— digo, con mis dientes apretados — pero nada de eso importa. El contrato continua, solo que tú ya no formas parte.

—¿¡Que!? ¿De qué estás hablando? ¡Alexander! — se dirige a su hermano, con gesto acusatorio— ¿Qué me hiciste?

—¿Qué? Yo no sé nada de eso— dice de forma tranquila, aún es ropa interior—. Eres un adulto, Adrián. Si no sabes controlarte, ese es tu problema. Pero no puedes volver a entrar así a mi apartamento, menos a mí habitación, como verás, mi esposa y yo estábamos en algo.

Adrián parece apunto de lanzarse contra su hermano.

La discusión sube de tono. Adrián grita insultos, Alexander responde sin dejarse intimidar. Finalmente, Adrián, furioso, agarra un pantalón que está tirado en el suelo, se lo arroja a su hermano contra el pecho y sale de la habitación con paso furioso.

—¡Esto no se queda así! —escupe antes de que Alexander lo empuje fuera de la habitación y cierre la puerta con fuerza— Me las vas a pagar.

Estoy por decir algo cuando noto que la amenaza no es conmigo. Sino con su hermano quien a pesar de haber discutido parece demasiado sereno.

Cuando nos quedamos a solas, mi corazón se siente demasiado acelerado. Cuando acepte cambiar de novio, no me detuve a pensar en las consecuencias.

¿Acaso el trato entre nuestras familias se romperá por esto?

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