Capítulo 3 Noche de bodas
Al llegar al penthouse de Alexander, me siento sin aliento. A pesar de que conozco a los hermanos Salvatore desde que era una niña, nunca había interactuado realmente con ellos más allá de los encuentros familiares obligatorios. Y cuando lo hacía, por lo general interactuaba era con Adrián, ya que el era quien sería mi prometido. Durante años siempre tuve la percepción de que Adrián era el organizado, el correcto, el que sonreía para las fotos y mantenía conversaciones políticas. Alexander era solo una sombra en segundo plano, el gemelo rebelde del que se murmuraba en los pasillos. Y ahora estoy aquí, casada con él.
Cuando las puertas del ascensor privado se abren directamente al salón principal, me detengo en seco. Esto no es lo que esperaba. Imaginaba un lugar caótico, lleno de latas de cerveza vacías, botellas de alcohol tiradas, ropa interior femenina olvidada en los sillones y olor a fiesta permanente. Pero no. El penthouse es sorprendentemente hogareño y moderno. Tonos oscuros y cálidos se combinan con madera clara, grandes ventanales que muestran la ciudad iluminada, una cocina impecable y muebles que parecen cómodos de verdad. Hay libros en una estantería, una planta bien cuidada en una esquina y un olor sutil a vainilla y madera.
Es… acogedor.
—Esto no es lo que imaginaba —murmuro, quitándome los tacones con alivio. Son muy lindos, pero nada cómodos.
Alexander se afloja la corbata con lentitud.
—¿Qué imaginabas? ¿Un antro lleno de resacas y mujeres desnudas?
Siento que me sonrojo. Exactamente eso. No respondo. El silencio se vuelve denso. Estoy tensa, incómoda, con el vestido de novia todavía puesto y el peso de todo lo que pasó hoy aplastándome.
—Alexander, esto es… todo es demasiado rápido. No sé qué estamos haciendo. Yo solo quería…
No termino la frase. Él se acerca. Sus pasos son seguros, deteniéndose a solo unos centímetros de mí. Su mirada oscura recorre mi rostro, mi cuello, el escote del vestido, haciendo que mi corazón lata mas rápido.
—No tienes que hablar si no quieres —susurra antes de besarme.
Es extraño.
Alexander no pide permiso, solo se lanza a besarme de forma frenética mientras sus manos toman mi rostro y su boca devora la mía con una urgencia que me deja sin aliento. No puedo evitar gemir contra sus labios. Esto es demasiado sorpresivo para mi.
Sin yo quererlo, el calor sube por mi cuerpo lentamente. Me dejo llevar. Con mis manos temblando ligeramente, empiezo a recorrer su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la camisa. Sin decir nada, Alexander gruñe bajito, algo que no logro identificar antes de que sus dedos empiecen a desabotonar el vestido de novia.
Alexander tiene bastante habilidad con los dedos. Un vestido que tuvo que ser colocado por dos personas él lo quita sin ningún tipo de ayuda, en solo un par de minutos. Con mi respiración acelerada, veo como tela cae al suelo con un susurro suave, dejándome solo en ropa interior.
—Dios, Valeria… —murmura contra mi cuello mientras besa y muerde suavemente la piel sensible.
No soy estúpida, sabía que esté momento llegaría. Pero me había hecho a la idea de que sería con el otro hermano. No con este salvaje, tatuado y mujeriego gemelo.
Alexander me levanta con mucha facilidad, llevándome hasta la isla de la cocina donde me sienta con mucha facilidad. Sus manos recorren mis muslos, abriéndolos para colocarse entre ellos y vuelve a besarme con más intensidad mientras una de sus manos baja y me acaricia por encima de la ropa interior. Estoy húmeda, excitada, traicionada por mi propio cuerpo. Jadeo cuando sus dedos se cuelan dentro de la tela y empiezan a tocarme con precisión, frotando ese punto que me hace arquear la espalda.
—Oh… —gimo.
Dejándome llevar por el momento.
Alexander no dice nada, solo sigue besándome el cuello, los pechos, mientras sus dedos entran y salen de mí con un ritmo que me vuelve loca.
Durante años la única satisfacción que había sentido había sido La de mi juguete y mis dedos. Es extraño tener a alguien más haciéndolo por mi, pero me gusta. Se siente diferente. Me corro con fuerza, temblando entre sus brazos, agarrándome a sus hombros mientras olas de placer me recorren entera.
Cuando bajo de la nube, estoy exhausta. Me siento completamente agotada tanto física como mentalmente. Espero a que Alexander diga algo, que me diga que es su turno o que aún debemos de consumar el matrimonio, pero en cambio, él solo me vuelve a tomar en sus brazos y me lleva hasta donde creo es su habitación. Sin decir nada, él me acuesta y me deja caer una cobija encima.
Con mi corazón acelerado, lo observo desnudarse. Primero la camisa, revelando los tatuajes que cubren su torso. Luego los zapatos y por el último el pantalón. Su ropa interior demasiado ajustada no hace nada para disimular la erección que tiene entre las piernas.
Nerviosa, no puedo dejar de observarlo, pero usando se mete en la cama a mí lado, y solo me atrae hacia su pecho sin decir nada, la realidad cae como un golpe fuerte.
Alexander no piensa consumar el matrimonio hoy.
A pesar de la dureza que se clava en mi vientre, él solo me abraza y cierra sus ojos, como si su único plan fuese el de dormir.
