Casada con el gemelo equivocado

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Capítulo 2 Me casé con el gemelo equivocado

Todo sucede a una velocidad que me marea. Apenas unas horas después de aceptar la propuesta impulsiva de Alexander en el lobby del edificio donde vive su hermano gemelo, estoy de vuelta en la mansión de los Salvatore, con el mismo vestido de novia que elegí para casarme con su hermano. El juez, un amigo de la familia ya nos espera en una sala privada. Mi madre está pálida, evita mirarme a los ojos. Nadie hace muchas preguntas. El contrato debe cumplirse, y al parecer da igual con cuál de los gemelos Salvatore me case.

Estoy de pie frente a Alexander, temblando ligeramente bajo la tela del vestido mientras debo de admitir que él luce impecable con su traje negro, pero hay algo en su postura, más relajado, más salvaje, que lo diferencia de Adrián aunque físicamente sean idénticos. Ambos tienen los mismos ojos oscuros, la misma mandíbula marcada, el mismo cabello negro perfectamente peinado. Y sin embargo…

—Valeria Gutiérrez, ¿aceptas a Alexander Salvatore como tu esposo? —pregunta el juez.

Trago saliva. Mi mente grita que esto no puede ser real. Estoy por casarme con el gemelo equivocado. Pero asiento.

—Sí —respondo, y mi voz suena más firme de lo que esperaba.

Alexander se mantiene sereno. Y cuando llega su turno, responde con un sí fuerte, claro, sin titubear, casi con satisfacción.

—Puede besar a la novia.

El corazón me da un vuelco cuando escucho esa frase.

Alexander da un paso hacia mí, y sin darme tiempo e a reaccionar ya está colocando una mano en mi cintura y la otra en mi nuca. No es un beso tímido ni protocolario. Sus labios se posan sobre los míos con decisión, profundizando el beso casi de inmediato. Su lengua roza la mía y siento un calor traicionero subir por mi vientre. Me dejo besar. Por unos segundos olvido dónde estamos, olvido que esto es un contrato, olvido que hace solo unas horas encontré a su hermano, él que sería mi esposo, teniendo sexo con dos mujeres. Solo siento su boca exigente, su olor masculino y la mirada de los invitados sobre nosotros.

Cuando se separa, estoy sin aliento. Mis mejillas arden.

La ceremonia termina rápidamente. Firmamos los documentos y, de pronto, ya he dejado de ser Valeria Gutiérrez y me he convertido en Valeria Salvatore. La esposa de Alexander. Nadie en el salón principal parece notar la diferencia cuando nos presentamos ante los invitados. Todos sonríen, felicitan, comentan lo guapo que se ve mi esposo hoy.

No se dan cuenta. Son idénticos. Lo único que los diferencia es la personalidad: Adrián siempre fue político, amable, calculador en sus palabras para caer bien a todos. Alexander, en cambio, no tiene filtro. Lo noto cuando un invitado importante se acerca a felicitarnos y él responde con una sonrisa torcida:

—Gracias. Ahora, si nos disculpa, quiero bailar con mi esposa antes de que me arrepienta de todo esto.

Al escucharlo decir eso, quiero que la tierra me trague.

En un movimiento de actividades que no logro procesar, llega el primer baile. La pista se ilumina con luces suaves y la música empieza a sonar, es un vals lento y elegante que yo misma escogí. Sin darme tiempo a procesar nada, Alexander me toma por la cintura y me atrae hacia él. Su mano está más baja de lo que dictan las normas, pero no hago nada por quitarla. Se supone que ahora es mi esposo.

En silencio y bajo la mirada de decenas de invitados, bailamos. Mis pies se mueven por inercia, pero mi mente es un caos.

Esto no puede ser posible. Me casé con el gemelo equivocado. — no puedo dejar de repetir eso en mi cabeza una y otra vez.

—Respira, esposa. Todo el mundo cree que soy Adrián. Y tú… estás temblando.— dice en mi oído. Si aliento rozando mi oreja.

—No estoy temblando —miento.

Pero él parece ver a través de mi fachada y suelta una risa baja que vibra contra mi pecho. Su cuerpo es firme, caliente. Los tatuajes que sé que tiene debajo de la camisa parecen palpitar con cada movimiento. Durante años, la única forma que tuve de diferenciarlos fue esa. Los tatuajes. Mientras Adrián mantiene su aspecto básico, de una forma clásica, Alexander es más rebelde. Pero si ambos usan un suéter de cuello alto, que oculte los tatuajes de Alexander, es imposible diferenciarlos.

A nuestro alrededor, la gente aplaude y sonríe, ajenos al torbellino que siento por dentro. Me siento extraña, fuera de lugar, como si estuviera viviendo la vida de otra persona.

Y es justo lo que me sucede.

Durante dos décadas, siempre escuché que un día me casaría con Adrián Salvatore, el mayor de los gemelos Salvatore, pero aquí estoy, bailando en mi boda con su gemelo quien ahora me besa suavemente el cuello.

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