Casada con el gemelo equivocado

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Capítulo 1 Yo seré el novio

El vestido de novia me pesa más de lo que imaginé. A pesar de habérmelo probado varias veces, hoy se siente diferente. Más pesado. Más real.

Estoy frente al espejo de la suite nupcial, dando los últimos retoques al maquillaje mientras mi madre revolotea a mi alrededor. Su sonrisa nerviosa no logra ocultar la tensión. Para ella, este es el final de un trabajo de más de veinte años. Hoy, por fin, se cumplirá el contrato que nuestras familias firmaron cuando yo apenas sabía leer.

Me voy a casar con Adrián Salvatore.

Adrián ha sido mi prometido desde la infancia. El hombre que mis padres eligieron para mí hace casi dos décadas. Apenas lo conozco, pero en pocas horas se convertirá en mi esposo. Hoy, las familias Gutiérrez y Salvatore quedarán unidas para siempre.

Estoy aplicándome un poco más de labial cuando mi teléfono vibra sobre la mesa. Es Marcos, el asistente de los Salvatore.

—¿Sí?

—Señorita Valeria, Adrián aún no ha llegado a la iglesia. Los invitados ya están murmurando.

—¡¿Qué?! —exclamo, quitando el altavoz y pegando el teléfono a mi oreja—. ¿Cómo que Adrián no está en la iglesia? Se suponía que ya debía estar allí.

Mi madre se acerca corriendo, alarmada por mi tono. Marcos me explica rápidamente: nadie de su familia sabe nada, pero su hermano ya fue a buscarlo. Aun así, no puedo dejar de pensar: ¿por qué no ha llegado?

Esta boda se ha planificado durante casi veinte años. Veinte años. Un error como este es inadmisible.

Apenas cuelgo, mi madre empieza a bombardearme con preguntas. Está histérica.

—No te preocupes, mamá. Yo lo soluciono —digo, ya caminando hacia la puerta.

Escucho sus protestas a mis espaldas, pero las ignoro. Mi madre nunca ha sido una mujer de decisiones fuertes. Siempre ha dependido de los demás para lo importante. La dejo atrás. En este momento, no me sirve.

Me coloco el abrigo de ella sobre el vestido con cuidado de no arrugarlo y salgo. El chofer intenta detenerme, pero mi decisión es firme. Le ordeno que me lleve al apartamento de Adrián.

Durante el trayecto, miro por la ventanilla cómo la ciudad pasa borrosa. Pienso en todos estos años. Jamás se me ocurrió rechazar este matrimonio. Desde que tengo uso de razón, me han repetido lo crucial que es esta unión. ¿Cómo podría quedarme de brazos cruzados ahora que el que se supone será mi esposo no aparece? Mi familia lo necesita. Después de la muerte de mi padre, mi madre no pudo mantener la empresa a flote. Cedimos casi todo. Ahora vivimos atadas a este acuerdo.

Al llegar al edificio, el portero me reconoce y me deja subir. No necesito llave: Adrián me dio el código de acceso hace meses. Uno-dos-tres-cuatro. La cerradura digital se abre con un clic suave.

El olor me golpea apenas entro: alcohol, cigarrillos, sudor y perfume barato. El apartamento es un desastre. Botellas vacías y latas de cerveza tiradas por el suelo de mármol, ropa interior femenina esparcida sobre los sillones de diseño, vasos rotos. Mi corazón late con fuerza. Esto no debería estar pasando.

Levanto el bajo del vestido y camino con pasos temblorosos hacia la habitación principal.

Y entonces lo veo.

Adrián, completamente desnudo, en medio de la cama con dos mujeres. Está penetrando a una de ellas con movimientos frenéticos mientras la otra lo besa y gime contra su boca. Los tres forman una escena sudorosa y salvaje.

Me paralizo.

Adrián gruñe al llegar al clímax, sin percatarse de mi presencia. Algo dentro de mí se quiebra. Rabia. Humillación. Un dolor ardiente que me sube por el pecho y me quema la garganta.

—¡Adrián! —grito.

Él apenas gira la cabeza. Sus ojos vidriosos me miran sin enfocarme del todo. Una sonrisa ebria se dibuja en sus labios.

—Valeria… —balbucea, todavía moviéndose lentamente dentro de la mujer—. Estoy ocupado. ¿Puedes venir más tarde?

Las dos mujeres se ríen.

Su descaro me golpea como una bofetada. Me quedo congelada unos segundos, sintiendo cómo las lágrimas amenazan con arruinar el maquillaje. Doy media vuelta y salgo casi corriendo del apartamento. Sus risas me persiguen hasta el pasillo.

Cuando llego al lobby, las piernas me tiemblan. Quiero gritar. Quiero llorar. Quiero romper algo.

Y entonces lo veo.

Alexander Salvatore está de pie cerca de la entrada, impecable en un traje oscuro. Los tatuajes asoman discretamente por su cuello y manos. Es idéntico a Adrián físicamente, pero su mirada es más oscura, más intensa. Más peligrosa.

—Valeria —dice mi nombre con una calma que contrasta con el caos que siento.

—No te acerques —respondo, limpiándome las lágrimas con rabia—. El compromiso se cancela. No voy a casarme con un hombre que me humilla de esta forma el día de nuestra boda.

Intento pasar a su lado, pero él me detiene con suavidad.

—No lo canceles —dice con voz baja y firme—. Cásate conmigo.

Lo miro incrédula. Mi corazón late tan fuerte que parece que va a salirse de mi pecho.

—¿Estás loco?

—Esto es un contrato. Las familias lo necesitan. Yo puedo ocupar su lugar. Nadie tiene por qué saber lo que pasó arriba. —Sus ojos se clavan en los míos con intensidad—. Cásate conmigo, Valeria. Ahora. Si mi hermano no puede ser tu esposo… déjame serlo yo.

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