Casada con el Esposo de mi Hermana

Descargar <Casada con el Esposo de mi Her...> ¡gratis!

DESCARGAR

Capítulo 7 La casa en la orilla del mar

Hemos entrado a lo que parece alguna finca, con rejas automaticas.

Serhan me ofrece la mano para ayudarme a salir de la limosina, pero lo rechazo. Puedo hacer esto. Salgo y me encuentro frente a una casa enorme, casi una mansión, que da a la playa. Estamos en su jardín, el más extenso que haya visto jamás. Hay una fuente y árboles frutales.

—¿Qué… qué es esto?

—Tu regalo. —Serhan se me acerca por detrás—. Esta es tu casa. Podrás venir aquí cuando te plazca. Aquí, las únicas reglas que hay, son las que tú pongas.

Bajo la mirada, luego la alzo hacia él. Me doy media vuelta. Sus manos están suspendidas en el aire, como si quisieran tocarme.

—¿Por qué me compraste una casa?

Aslı nunca mencionó que le compraron una casa. Un auto, ropa, un celular, una computadora, sí. Pero no una casa. Menos una tan grande y frente al mar.

¿Por qué a mí sí?, pienso, desconcertada. ¿Es acaso que me trata de comprar? ¿Es lo que dará a cambio de mi virginidad?

Él, finalmente, hace lo que tanto quería hacer. Me toma de la cintura. Sus manos cubren casi todo mi tórax. Es alto. Muy alto.

­—Porque no quiero que pienses que no tienes nada. La casa está a tu nombre, solo hace falta tu firma para concretar todo.

—¿Es para que no piense que seré tu kuma? —Levanto el mentón y estiro el cuello—. ¿Para que tú duermas bien por las noches, sin pensar, atormentado, que abusas de una mujer para poder tener a tus hijos deseados?

En esta ocasión, sus ojos hacen lo que pocas veces trataron de hacer horas antes. Bajan hasta mis labios. Una de sus manos acaricia la piel de mi rostro, mientras que la otra me aprieta.

Permanezco quieta.

—Lo hice porque Aslı me contó que ustedes nunca tuvieron nada —responde en voz baja. Las yemas de sus dedos se deslizan por el contorno de mi mandíbula—. Nunca tuvieron una habitación para cada una… Y también lo hice por respeto a mi primera esposa. No creo que soporte que me acueste con su hermana bajo el mismo techo donde duerme.

Casi me echo a reír… o a llorar. Casi.

—Pues mira, qué caballeroso saliste. Además de atento. —Me acerco a él y coloco las manos en su pecho. Juro que siento su corazón palpitar con rapidez—. Supongo que debo de decir que eres un gran… —nuestros labios están apenas a unos centímetros, entonces, me río y lo empujo lejos de mí, haciendo que casi tropiece— imbécil. Eso es lo que eres. —Pongo los brazos en forma de jarra sobre mis caderas—. Pero también debo decir que gracias, porque a mí sí me educaron para ser cortes y atenta. 

Tras decirlo, agarro la tela del vestido y comienzo a subir los escalones que dan a la entrada. Tras de mí, escucho decir a Mustafa que irá a estacionar la limosina y que después, irá a dar un paseo. Serhan le agradece que nos haya traído. Luego me grita que lo espere.

No le hago caso.

Tiro los tacones afuera y entro a la casa, recorriendo las puertas de cristal translucido. En definitiva, no sabría qué hacer aquí yo sola. El vestíbulo es tan grande como nuestra casa en nuestro pueblo. Hay al menos dos escaleras, una baja y la otra sube. Camino hasta uno de los balcones.

El mar. 

El viento se siente como una suave caricia contra mi piel. Por fin puedo respirar. Cierro los ojos y dejo que los olores me envuelvan. Es frescor y libertad. Cuando vuelvo a abrir los ojos, me sorprendo sonriéndole a la gran extensión de agua debajo de mí. Está tranquila.

—Es tuya.

Me vuelvo hacia Serhan.

—La playa. Es tuya.

Bueno, no sé qué se pensaba este imbécil al decir tal cosa.

—¿Privatizaste una playa… por mí?

Él asiente, orgulloso. Orgulloso…

—Eres un imbécil.

Eso lo toma por sorpresa. Ladea la cabeza.

—¿Ahora qué hice mal?

—Privatizar una playa. Yo quiero que todos disfruten de ella sin tener que pagar una fortuna. La playa es de todos.

Serhan Karahan pone los ojos en blanco.

—Pues eso le dices a la agente inmobiliaria. Ya tú te encargas de que la gente haga de la arena su basurero personal.

—No todos son como tú. —Me giro de nuevo al mar. Su calma me relaja. Si tan solo Serhan me hiciera el favor de aventarse por uno de esos balcones para dejarme en paz.

A mis espaldas, Serhan chasquea la lengua.

—Pues ya veo qué clase de persona crees que soy. Aunque, querida esposa, te informo que no soy lo que tú crees.

—Me da igual.

Me sigue hablando, pero lo ignoro. No es hasta que murmuro que debería callarse por un momento, que por fin le colmo la paciencia. Me toma del brazo con brusquedad y me arrastra adentro de la casa. Cierra el balcón y me dice:

—Mira, Elif, tú no pareces entender nuestra situación.

—¿Y cuál es? ­—Me sobo el brazo. Ahí donde me tocó, dejó la piel roja y sensible.

Me alejo un poco más de él. De pronto, siento que me propasé. Pero una voz me dice que lo tiene merecido. Todos. Mi padre, el gran Ferit…

No logro moverme tan rápido, Serhan me vuelve a agarrar del brazo con más fuerza. Suelto un chillido que no pude contener del dolor que me recorrió. Le grito que me suelte, que me va a romper el brazo, pero él no me hace caso. Se cierne sobre mí como la sombra de un viejo árbol.

Cuando se inclina, es como si el peso del mundo me quisiera aplastar.

—Me debes dar hijos. Sí, no mentí cuando dije que no quiero que seas solo eso, por eso hago el intento de hacerme tu amigo y darte detalles que serán tuyos. Pero no te atrevas a creer que estamos al mismo nivel, Elif. No te vuelvas a atrever a callarme.

—¡Suéltame! —chillo.

Serhan me sacude y acerca su rostro más al mío.

—Di si me entendiste.

Aprieto los dientes.

—¡Sí!

—¿Sí, qué? ¿Qué entendiste, Elif?

Lo miro.

Una vez, permanecí casi un mes encerrada en una pequeña habitación que usábamos para poner las cosas de la limpieza de la casa. Mi padre me había encerrado allí porque lo empujé por haberme gritado «puta». ¿La razón? Me vio hablando con un chico de la escuela. Me abofeteó, me golpeó con su cinturón y, después, me encerró en aquella habitación.

Durante aquel infernal mes, oré para que mi madre o Aslı pudieran llevarme, aunque sea, un bocado o un poco de agua. El olor a desinfectante me asfixiaba. Aun así, no pedí perdón.

Si a mi padre no le pedí su perdón, ¿por qué Serhan Karahan piensa que él puede obtener de mí lo que quiera?

Pues no. Le doy un pisotón que hace que me suelte y corro. Corro hasta encontrar una salida de mi pesadilla.

Capítulo Anterior
Siguiente Capítulo