Casada con el Esposo de mi Hermana

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Capítulo 6 ¿Te gusta el mar?

Mi respuesta es un rotundo no. Pero al saber que iremos a otro lugar secreto, donde me obligará a costarme con él, donde me quitará mi virginidad, y donde tendremos que engendrar a un niño, es como si me tiraran un balde de agua fría. Le termino por escupir a la cara a Serhan Karahan. 

Él cierra los ojos mientras se quita mi saliva con los dedos. Sacude la mano y luego se la limpia con un pañuelo que sacó de su pantalón.  

—No quiero nada tuyo —le grito. Me alejo de él, aunque no hay a donde escapar por si me quiere golpear. No consideré eso.

Volteo hacia todas partes. Me encuentro con el mini bar. Una botella descansa entre hielos. Me estiro para alcanzarla, pero Serhan envuelve mi mano con la suya, que es más mucho más grande, y me arrebata la botella con una facilidad que me resulta insultante. Soy más que esto.

—¡Dámela! —Salto sobre él mientras la intento recuperar. Serhan, más que enojarse, se ríe a carcajadas—. ¡Desgraciado! ¡Infeliz!

—Oigan —Mustafa nos llama desde el asiento del conductor—, sé que esta es su noche de bodas, pero ¿pueden esperarse hasta llegar a la casa? Mueven mucho el automóvil y nos pueden multar.

—¿Qué? ­­—Me giro hacia donde está la ventanilla que nos separa del conductor—. ¿Cuál casa?

Aun no estoy preparada para dormir bajo el mismo techo que los Serhan. No quiero tener mi primera vez con el esposo de mi hermana en su misma habitación. Por favor, no.

Una risa me saca de mis pensamientos. Nunca pensé ver a Serhan riéndose en mi cara. Empujo la botella contra su pecho y él se muerde el labio inferir, como si quisiera controlarse, pero no puede.

Soy su burla. En eso me convertí para él. En su bufón personal. Mi dolor le causa gracia.

—Deja de reírte de mí, imbécil.  

—Eres difícil —replica. Deja la botella en el mismo sitio y me lanza una mirada relajada.  

Me siento al otro lado de la limosina, sin dejar de observar sus movimientos. Si se atreve a levantarme la mano, juro por Alá que lo sacaré de la limosina, así esté en movimiento. Me da igual, mi hermana y yo seremos viudas.

—Cuando Aslı y yo salimos —cuenta—, ella también se echó encima de mí. Pero, a diferencia de ti, fue para besarme, no para matarme.

Las nauseas son insoportables.

—Jamás querría besarte —digo en voz baja. Demasiado furiosa y cansada—. No te da asco contarme eso, a sabiendas que somos hermanas. Si la vida fuera justa, dime, ¿qué harías si te dijera lo mismo de alguno de tus hermanos?

—Repugnancia, como tú la sientes —responde rápido, sin pensarlo siquiera.

—¿Entonces?

Se encoge de hombros.

—Solo medí las diferencias, nada más.

Sacudo la cabeza. Este imbécil va a heredar las grandes empresas que controlan medio Estambul. Estamos perdidos.

—A ti no te importa nada —balbuceo—. Con tal de tener hijos, serías capaz de todo. —Se me escapa una risa—. Debí imaginarlo en la boda con Aslı. Cuando te emborrachaste y bailaste con aquella muchacha. Mi hermana se entristeció tanto…

—Pues es que ni tú ni ella sabían que esa muchacha era mi prima —dice Serhan. Ha dejado de mirarme y ahora tiene la vista enfocada en la ventana—. No.

—¿No, qué? —Enarco una ceja. Mi vestido se ha arrugada horrible, y una mancha de vino se ha extendido en la parte del pecho. Mi padre me va a matar, si el coraje con Serhan no lo hace primero. Ya ni hablar del velo. Se hizo una bola arrugada.

Serhan se relame los labios.

—No es lo que quería. Pero al igual que tú, al igual que tu hermana, yo también tengo un deber que cumplir. —Se vuelve a mí—. No me gustaba la idea de tener una kuma. Una mujer a la que únicamente vería para tener hijos.

Suelta un suspiro. Ambos, casi de forma sincronizada, nos movemos para acomodarnos en los asientos. Él no parece haberse percatado.

—Durante unos años, viví en España, en Honduras, en México y en Perú. En cada parte, aprendí algo. Es por esto que una kuma, para mí, era como tener secuestrada a una mujer de quien abusaría nada noche. Por eso —me mira—, junto con tu papá, convencimos a mi padre para tener esta ceremonia. Ante los ojos de Alá, eres mi segunda esposa. Tendrás un lugar en mi familia, no en una casucha cualquiera.

Me estremezco con cada palabra que le escucho decir. No creo que deba aplaudirle por ser una persona razonable, que ve más allá de sus intereses y nuestras costumbres, que me ve como un ser humano y no como un vientre andante. No lo haré. Pero reconozco que no era el hombre que pensaba hace minutos atrás.

Aun creo que es un cobarde.

Aun creo que solo disfraza la realidad con otras palabras más bonitas y con el toque que me darán ciertos privilegios.

No dejaré de ser una kuma por esos bonitos pensamientos suyos. No dejaré de ser una mujer abusada con un fin en el que todos estamos de acuerdo.

—Elif —me llama. Hay un tono melancólico en su voz grave—. Elif, sé que esto no es lo que querías, pero no tenemos remedio.

—¿A dónde vamos? —cambio de tema, no me apetece seguir conversando de lo mismo—. Llevamos rato aquí, y huele… a mar. ¿A vamos a la casa?

—Solo espera.

Serhan recarga la cabeza en el asiento y me observa, así que hago lo mismo. No baja la mirada al escote del vestido. No repasa mi cara, si es tan bonita como todos dicen que es. No. Solo me mira a los ojos, como si pudiera descubrir todo de mí.

No puede. Pero yo sí con él.

Hay inseguridad. Hay maldad. Pero también hay… algo ardiente. Hay secretos. Hay deseo. Hay… hay empatía.

—Elif.

—¿Sí?

—¿Te gusta el mar?

—Por supuesto. —Bajo la vista—. ¿Por qué?

Él no sonríe cuando lo dice, tan solo se desliza por el asiento cuando la limosina por fin se detiene.

—Porque es mi regalo.

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