Capítulo 5 Capítulo 5: El Eco de una Vida Robada
La noche en la mansión De Beaumont no era oscura; era de un gris metálico que se filtraba por los inmensos ventanales de la biblioteca, rebotando en los lomos de cuero de miles de libros que custodiaban secretos centenarios. El silencio era tan denso que Mariana podía escuchar el latir apresurado de su propio corazón, un tambor caribeño retumbando en un templo de hielo. Sentada en un taburete de terciopelo carmesí, sostenía la mano de Jean-Pierre. Las venas del anciano resaltaban como senderos azules sobre un mapa de papel viejo y quebradizo. Su agarre era el de un náufrago aferrándose a la única madera que flota en un océano de sombras.
Étienne observaba la escena desde el umbral de la puerta, con una copa de coñac intacta en la mano. Ver a Mariana allí, con su cabello oscuro cayendo en cascada sobre sus hombros y esa expresión de ternura infinita, lo hacía sentir como un intruso en su propia casa. Ella era la luz del trópico invadiendo su castillo de cristal. Sentía una atracción magnética hacia ella, una curiosidad que lo quemaba, pero que intentaba disfrazar de mera desconfianza aristocrática. Nadie se enamora en un suspiro, pero Étienne reconocía en ella una fuerza que no había encontrado en ninguna mujer de su círculo.
—Ella no se fue porque quiso, Jean-Pierre —susurró Mariana, con la voz suave, como si estuviera arrullando a un niño—. Elena te esperó cada tarde en aquel muelle. Guardó cada carta que nunca pudo enviar. Ella murió amándote en silencio en una casita de techos de zinc, mirando al mar de Puerto Cabello.
El anciano parpadeó con fuerza. Por un segundo, la niebla de su mente se disipó con una claridad dolorosa. Sus ojos, antes nublados, buscaron a Étienne, quien dio un paso adelante, intrigado y temeroso a la vez.
—Étienne... hijo mío... acércate —la voz de Jean-Pierre sonó ronca—. No dejes que la historia se repita. Mi hermano... Philippe... él lo organizó todo. Cuando Elena dio a luz en aquel hospital de la costa en el 95, la familia entró en pánico. Una costurera venezolana no podía ser la madre de un heredero de los De Beaumont.
Étienne dejó caer la copa. El cristal estalló contra el suelo de mármol con un sonido seco. Se arrodilló frente a su padre, ignorando los fragmentos de vidrio.
—¿De qué estás hablando, papá? Mi madre fue Marie-Claire. Tú y ella me tuvieron a mí aquí, en París.
—Marie-Claire fue una mujer excepcional, Étienne —confesó el anciano, con lágrimas rodando por sus mejillas—. Ella sabía que mi corazón estaba roto, que una parte de mí se había quedado en el Caribe. Me amó con una paciencia infinita y fue una madre maravillosa para ti. Tú eres mi sangre, mi hijo biológico con ella... pero ella siempre supo que mi gran amor tenía el nombre de Elena Quintero.
Jean-Pierre apretó la mano de Mariana con una fuerza desesperada, sus ojos brillando con una angustia que rozaba la locura.
—Me dijeron que ella había muerto, Étienne. Me juró Philippe que Elena no había sobrevivido a aquel accidente de auto en la carretera de la costa. Me dijo que el bebé recién nacido que ella llevaba en sus brazos también había fallecido en el impacto. Pero ahora... ahora la veo a ella —Jean-Pierre señaló a Mariana—. ¡Mírala! ¿Y si sobrevivió? ¿Y si huyó contigo para salvarte de nosotros? ¡Dime que eres mi hija, Mariana!
Mariana sintió que el aire se volvía irrespirable. La posibilidad de que el hombre que empezaba a despertar sensaciones desconocidas en ella fuera su propio hermano la golpeó como un mazo físico. Sus manos empezaron a temblar tanto que tuvo que soltarse de Jean-Pierre. Miró a Étienne, y en ese cruce de miradas, vio reflejado el mismo horror que ella sentía.
—Yo... yo no sé qué decir —la voz de Mariana era apenas un hilo—. Mi madre nunca me habló de un accidente. Pero si lo que usted dice es cierto... si yo soy esa bebé...
—¡No puede ser cierto! —rugió Étienne, levantándose de golpe y golpeando la mesa de caoba—. ¡Es una locura! Mariana, mi padre está proyectando sus deseos en ti. No puedes ser mi hermana. El destino no puede ser tan retorcido.
Sin embargo, en el fondo de su pecho, Étienne sentía una punzada de pánico. Llevaba días luchando contra el impulso de acercarse a Mariana, de tocar su piel para comprobar si era tan cálida como parecía, de descifrar el misterio de su mirada. ¿Era esa atracción un error de la naturaleza? ¿Era acaso el llamado de la sangre lo que lo empujaba hacia ella y no un deseo de hombre? La duda lo carcomía. Pensar que nunca podría dar rienda suelta a la pasión que empezaba a hervir bajo su barniz de frialdad lo llenaba de una desesperación sorda.
—¿Y si lo es, Étienne? —Mariana se levantó también, con los ojos empañados en lágrimas de rabia y desconcierto—. ¿Y si tu familia me robó mi identidad? Si soy tu sangre, quiero saber por qué mi madre tuvo que huir de un monstruo mientras tú vivías en la abundancia.
—Si eres mi hermana, Mariana... si compartimos el mismo padre... prefiero que la tierra me trague ahora mismo —confesó Étienne, con una honestidad brutal que lo dejó desnudo ante ella—. Porque lo que siento cuando te miro... esa perturbación que me causas desde que entraste en esta casa... no tiene nada de fraternal. Y me asquea pensar que lo que yo creía que era una conexión especial sea en realidad una trampa biológica.
Mariana retrocedió, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies. Ella también dudaba de sí misma. ¿Se estaba enamorando de Étienne o simplemente buscaba en él la figura protectora que nunca tuvo? ¿Era amor o era el imán de una tragedia compartida? La idea de que sus labios nunca pudieran tocarse, de que sus cuerpos estuvieran condenados a mantenerse a una distancia gélida por el resto de sus vidas, le provocaba un dolor punzante en el vientre.
—No me toques —susurró ella, aunque él no se había movido—. No podemos permitirnos sentir nada. Si somos hermanos, cada pensamiento que he tenido contigo es un pecado. Tenemos que descubrir la verdad, Étienne. No puedo vivir con esta duda quemándome por dentro.
Étienne la miró, y por primera vez, su máscara de millonario arrogante se quebró. Vio en Mariana no solo a una posible pariente, sino a la mujer que, en apenas unas semanas, había puesto su mundo patas arriba. El dolor de no poder tomarla entre sus brazos y besarla hasta borrar las mentiras de su familia era superior a cualquier pérdida financiera que hubiera enfrentado jamás.
—Buscaremos la verdad —dijo él, con la voz quebrada—. Pero hasta entonces, Mariana, ¿cómo se supone que voy a mirarte a la cara sin desear que mi padre esté equivocado? ¿Cómo voy a dormir sabiendo que estás en la habitación de al lado y que quizás el muro que nos separa es más alto que cualquier montaña?
Se quedaron en silencio, dos extraños unidos por una posible tragedia, dudando de sus propios corazones y temiendo que el amor, antes de nacer del todo, ya estuviera condenado a muerte.
El momento de alta tensión fue interrumpido por el sonido estridente de una alarma en el vestíbulo principal. Las cámaras de seguridad exteriores mostraban una luz azul y roja que rebotaba frenéticamente contra las paredes de piedra de la mansión.
