Capítulo 2 Capítulo 2: El Precio del Silencio
La noche en París no trajo descanso, solo un silencio sepulcral que pesaba más que el ruido de los motores en Caracas. Mariana estaba sentada en el borde de una cama demasiado blanda, en una habitación de servicio que olía a cera de muebles y a encierro. Étienne no la había echado, pero tampoco la había acogido. La había "depositado" allí como un objeto bajo vigilancia, bajo la estricta orden de no salir hasta que él decidiera qué hacer con "su situación".
Mariana miró la pequeña urna de madera sobre la mesa de noche. Sentía que le fallaba a su madre. Había imaginado un reencuentro lleno de perdón y lágrimas, no este escrutinio gélido.
Un golpe seco en la puerta la sobresaltó. No esperó a que dijera "adelante". La puerta se abrió de par en par y entró Isabelle de la Roche. Ya no vestía el traje de seda de la tarde; llevaba un vestido de noche negro, ajustado, y unos labios rojos que parecían una herida abierta en su rostro pálido. Detrás de ella, en las sombras del pasillo, Mariana divisó a Étienne, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, observando la escena con una indiferencia que dolía.
—Espero que no te hayas puesto cómoda, chérie —dijo Isabelle, caminando por la pequeña habitación con un aire de superioridad que hacía que el espacio se encogiera—. He estado revisando tus documentos. O mejor dicho, la falta de ellos.
Mariana sintió un vuelco en el estómago. Metió las manos en los bolsillos de su suéter para ocultar el temblor.
—Mis documentos están en regla —mintió Mariana, aunque sabía que su visa de turista vencía en pocos días y que no tenía fondos para renovar nada, ni mucho menos para un pasaje de vuelta.
Isabelle soltó una risita burlona y se volvió hacia Étienne.
—¿La escuchas, Étienne? Cree que somos tontos. He hablado con mis contactos en la Prefectura. Una chica venezolana, sin contrato de trabajo, sin ahorros, que llega a la puerta de una de las familias más ricas de Francia alegando lazos sentimentales con un hombre que ha perdido la cabeza... —Isabelle se acercó a Mariana, reduciendo la distancia hasta que su perfume costoso inundó los sentidos de la joven—. Eso tiene un nombre en este país: fraude migratorio. Y la pena es la deportación inmediata con prohibición de reingreso por diez años.
Mariana miró a Étienne, buscando un rastro de humanidad. Él dio un paso hacia la luz de la habitación. Su rostro era una máscara de piedra.
—Isabelle tiene razón en algo, Mariana —dijo Étienne, y escuchar su nombre en su boca, con ese acento francés tan marcado, le provocó un escalofrío—. No puedes quedarte aquí sin un estatus legal. Mi padre tuvo una crisis después de que te fuiste de la biblioteca. No deja de repetir el nombre de tu madre. Los médicos dicen que cualquier alteración emocional podría ser fatal para su corazón debilitado.
—¡Entonces déjame verlo! —suplicó Mariana—. Él me reconoció. Yo puedo ayudarlo a recordar, puedo darle paz...
—O puedes matarlo con tus fantasías de amor —interrumpió Étienne, su voz bajando a un susurro peligroso—. No sé qué buscas realmente. Mi familia ha lidiado con extorsionadores profesionales durante décadas. Si crees que por ser una cara bonita y tener una historia triste vas a obtener un cheque, te equivocas.
—¡No quiero su maldito dinero! —estalló Mariana, las lágrimas finalmente desbordándose—. ¡Ustedes no entienden nada! Mi madre murió ahorrando cada centavo de su costura para que yo pudiera traerla de vuelta. Ella no quería su fortuna, quería que Jean-Pierre supiera del hijo que perdió... de la vida que le arrebataron.
El silencio que siguió fue denso. Étienne entrecerró los ojos.
—¿Qué hijo? —preguntó él, su voz apenas audible.
Mariana se dio cuenta de que había dicho demasiado. Se tragó el sollozo y apretó los labios. Isabelle, viendo que perdía el control de la conversación, intervino con veneno.
—No importa qué mentiras invente ahora. Étienne, mañana mismo llamaré a migración. No podemos tener a una ilegal durmiendo bajo nuestro techo. Es un riesgo para la reputación de la firma y para la seguridad de tu padre. Imagina los titulares: "Magnate francés esconde a inmigrante venezolana". Sería el fin de la fusión con los alemanes.
Étienne miró a Isabelle y luego a Mariana. Vio la desesperación en los ojos oscuros de la venezolana, una desesperación que él conocía bien, aunque por razones distintas. Vio la forma en que ella protegía la urna, como si fuera el tesoro más grande del mundo.
—No llamarás a nadie, Isabelle —sentenció Étienne.
—¿Qué? ¡Étienne, no puedes hablar en serio! —la mujer se puso lívida de la rabia.
—Se quedará —continuó él, ignorando las protestas de su prometida—. Pero no como invitada. Mi padre necesita una enfermera nocturna, alguien que hable su idioma y que lo mantenga calmado. Si los servicios de migración preguntan, ella es personal doméstico especializado bajo contrato de prueba.
Se acercó a Mariana, deteniéndose a pocos centímetros. Ella podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con la frialdad de sus palabras.
—Pero que te quede claro, Mariana Quintero: un solo error, una sola mención de dinero o de supuestos hijos perdidos, y yo mismo te subiré a un avión esposada. No me importa lo que mi padre sienta por el recuerdo de tu madre. Aquí, las reglas las pongo yo. Mañana a las seis de la mañana empezarás a trabajar en la limpieza de la biblioteca. Si vas a estar aquí, vas a ganar tu sustento.
Isabelle soltó un bufido de indignación y salió de la habitación, haciendo que la puerta vibrara al cerrarse. Étienne se quedó un momento más, observando a Mariana.
—¿Por qué me ayudas si crees que soy una estafadora? —preguntó ella en un susurro.
—No te ayudo a ti —respondió él, su mirada bajando por un segundo a los labios de ella antes de recuperar su frialdad habitual—. Ayudo a la memoria del hombre que mi padre solía ser. No dejes que me arrepienta de esto.
Cuando él salió, Mariana se desplomó sobre la cama. Estaba en una jaula de oro, rodeada de enemigos y bajo la amenaza de ser expulsada al vacío en cualquier momento. Miró por la pequeña ventana hacia los tejados de París. El drama apenas comenzaba, y el hombre que tenía el poder de destruirla era el mismo que, por un breve instante, la había mirado como si fuera lo más fascinante que había visto en su vida.
