Belcebú

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Capítulo 4 Capitulo 4

Carolain

El vapor del agua caliente llenaba el baño como si fuera una niebla espesa, envolviendo todo en un calor húmedo que contrastaba brutalmente con el frío que ella sentía por dentro. Carolain estaba de pie bajo el chorro de la ducha, completamente desnuda, con la muñeca derecha esposada a una barra de acero inoxidable que Seung-joon había fijado a la pared de mármol negro. La cadena era lo suficientemente larga para que pudiera moverse, lavarse el cabello y el cuerpo, pero no lo suficiente para intentar nada estúpido.

Seung-joon estaba sentado en un banco de madera oscura justo fuera de la cabina de cristal, con los codos apoyados en las rodillas y los ojos negros fijos en ella. No parpadeaba. No decía ni una maldita palabra. Solo observaba. La camisa negra que llevaba estaba abierta en los primeros botones, revelando los tatuajes que cubrían su pecho y parte del abdomen: dragones entrelazados con calaveras, símbolos coreanos antiguos y cicatrices que se entremezclaban con la tinta. Su cabello negro estaba ligeramente húmedo por la humedad del ambiente, y la cicatriz en su ceja izquierda parecía más pronunciada bajo esa luz tenue.

Carolain sentía cada mirada como un toque físico. El agua caliente resbalaba por su piel pálida, por sus pechos grandes y pesados, por la curva pronunciada de su cintura y sus caderas anchas. Sabía que su cuerpo era voluptuoso, de esas curvas que los hombres solían desear, pero nunca se había sentido tan expuesta, tan vulnerable. Intentó cubrirse con los brazos, pero la cadena tintineó y Seung-joon soltó un sonido bajo, casi un gruñido de advertencia.

—No te escondas —dijo con voz grave y ronca, acentuada por ese inglés no nativo que sonaba peligroso—. Quiero verte completa.

Ella apretó los dientes, pero obedeció. Giró lentamente bajo el agua, dejando que el jabón caro que él le había dado —con olor a sándalo y algo más oscuro, casi masculino— se deslizara por su espalda, por la línea de su columna, hasta llegar a la curva de su trasero redondo. Cuando las manos de Seung-joon entraron en escena, ella contuvo la respiración.

Él se había levantado sin que ella lo notara. Ahora estaba dentro de la ducha con ella, completamente vestido, la tela de su camisa pegándose a su torso musculoso por el agua. Sus manos grandes, callosas por años de empuñar armas y peleas callejeras, tomaron la esponja y comenzaron a lavarla con movimientos lentos y delicados.

Primero la espalda. Bajó por sus omóplatos, trazando cada vértebra como si estuviera memorizando su anatomía, notando varias cicatrices. Luego ascendió por sus costados, rozando los lados de sus pechos sin llegar a tocarlos del todo. Carolain sintió un escalofrío traicionero cuando él se inclinó y su aliento caliente le rozó la nuca.

—Tan suave… —murmuró Seung-joon contra su piel—. Tan jodidamente perfecta. Como si te hubieran hecho solo para que yo te tocara.

Sus manos bajaron más. Lavó sus caderas, sus muslos, separando ligeramente sus piernas con una rodilla para poder llegar al interior. Cuando los dedos enjabonados rozaron su sexo, Carolain dio un respingo y tiró de la cadena con fuerza.

—Quieta —ordenó él, y esta vez su voz no admitía discusión.

Introdujo dos dedos entre sus pliegues, lavándola con una intimidad brutal, frotando su clítoris con el pulgar en círculos lentos que no tenían nada que ver con la higiene. Carolain mordió su labio inferior con fuerza para no gemir. El agua caliente, el jabón resbaladizo, el cuerpo grande de él presionado contra su espalda… todo era demasiado intenso, demasiado íntimo. Sentía cómo se humedecía, y no era solo por el agua.

—Estás mojada —susurró Seung-joon en su oído, mordiéndole el lóbulo suavemente—. No solo por la ducha. Tu coño sabe lo que quiere, aunque tú todavía lo niegues.

Carolain cerró los ojos con fuerza. No iba a darle la satisfacción de responder. No iba a admitir que su cuerpo estaba reaccionando a ese monstruo que la había secuestrado.

Cuando terminó de lavarla, Seung-joon cerró el agua y la envolvió en una toalla negra enorme, suave como la seda. La levantó en brazos como si no pesara nada —ella medía solo 1,64 y él casi 1,90— y la sacó del baño. El contraste de temperaturas la hizo temblar. La llevó hasta el dormitorio principal, donde la luz era más tenue, y la depositó sobre la cama.

Sobre la colcha estaba la ropa que le había preparado: una de sus camisetas negras oversized y un pantalón de chándal gris de algodón.

—Quítate la toalla y vístete —dijo, cruzando los brazos sobre el pecho mientras la observaba.

Carolain dudó solo un segundo. Se quitó la toalla y se puso la ropa rápidamente, consciente de su mirada hambrienta. La camiseta le llegaba casi hasta las rodillas, las mangas le cubrían las manos por completo y el escote caía suelto sobre uno de sus hombros, dejando expuesta la piel pálida de su clavícula y parte de su pecho. El pantalón de chándal le quedaba ridículamente grande; tuvo que hacer un nudo doble en la cintura para que no se le cayera hasta los tobillos. Las piernas del pantalón se arrugaban en el suelo alrededor de sus pies descalzos.

Se sentía pequeña. Ridícula. Vulnerable. Como una muñeca vestida con ropa de un gigante.

Seung-joon la miró de arriba abajo y sus ojos se oscurecieron hasta volverse casi negros.

—Te ves… jodidamente deseable —gruñó, dando un paso hacia ella—. Mi ropa te queda enorme, pero resalta cada curva que tienes. Me dan ganas de arrancártela con los dientes.

Carolain tragó saliva. Su corazón latía desbocado. Era el momento. Tenía que intentarlo. Si no lo hacía ahora, quizá nunca tendría otra oportunidad.

Bajó la mirada con fingida timidez y se acercó a él lentamente, balanceando las caderas de forma sutil bajo la tela holgada. Se detuvo a solo unos centímetros, lo suficientemente cerca para que él pudiera oler su piel limpia y el jabón que acababa de usar. Levantó la vista y lo miró a través de sus largas pestañas rubias.

—Seung-joon… —susurró su nombre con voz suave, temblorosa, como si estuviera rindiéndose—. Estoy cansada de pelear contra ti. Cansada de tener miedo todo el tiempo. Solo… quiero sentir algo diferente. Quiero que me toques. Quiero que me hagas olvidar todo lo que pasó con Daniel.

Extendió la mano y la posó sobre el pecho de él, sintiendo los latidos fuertes y acelerados bajo la camisa húmeda. Deslizó los dedos hacia arriba, rozando su cuello, la línea de su mandíbula marcada.

—Por favor… —añadió, mordiéndose el labio inferior de forma deliberada—. Solo esta vez. Hazme sentir viva.

Seung-joon soltó un sonido gutural, casi animal. Sus manos grandes la tomaron por la cintura y la pegaron contra su cuerpo con fuerza. Carolain sintió inmediatamente la erección gruesa y dura presionando contra su estómago a través del pantalón. Él bajó la cabeza y la besó con violencia contenida, invadiendo su boca con la lengua, devorándola como si hubiera estado esperando este momento desde que la vio por primera vez.

Sus manos bajaron hasta su trasero, apretándolo por encima del pantalón grande, amasando la carne suave. Carolain gimió contra sus labios, fingiendo placer, arqueando el cuerpo contra él. Mientras él estaba perdido en el beso, su mano derecha se movió lentamente hacia la mesita de noche que estaba a su lado. Sus dedos rozaron el pesado cenicero de cristal tallado que había visto antes. Era grande, sólido, perfecto.

Cerró los ojos con fuerza, tomó todo el impulso que pudo y golpeó.

El cenicero impactó contra la sien de Seung-joon con un sonido sordo y húmedo. Él gruñó de dolor, sus ojos se abrieron con sorpresa y rabia, y se tambaleó hacia atrás, soltándola. La sangre empezó a brotar inmediatamente de la herida, corriendo por un lado de su cara y manchando su camisa.

Carolain no esperó ni un segundo. Corrió hacia la puerta del dormitorio, el pantalón grande resbalándose por sus caderas con cada paso. Escuchó el rugido furioso de Seung-joon detrás de ella:

—¡Carolain! ¡Maldita sea!

Bajó las escaleras de dos en dos, el corazón latiéndole en los oídos. La puerta principal de la casa estaba entreabierta —quizá él la había dejado así después de traerla del baño—. La empujó con todas sus fuerzas y salió al exterior.

El aire frío de la noche la golpeó como una bofetada. Estaba descalza, vestida solo con la ropa enorme de él, y el suelo estaba cubierto de hojas húmedas y ramas.

Y entonces se detuvo.

Bosque.

Por todos lados, solo había un bosque denso. Árboles altos y antiguos que se cerraban sobre ella como paredes. No había un camino de tierra, no había luces de casas lejanas, no había carretera. Solo verde oscuro, sombras interminables y el silencio roto únicamente por el viento entre las hojas.

Corrió de todos modos, adentrándose entre los árboles, las piernas largas del pantalón arrastrándose y enredándose en sus pies. Las ramas bajas le arañaban los brazos y las piernas, la camiseta grande se enganchaba en las espinas. Sus pies descalzos se clavaban en piedras y raíces, pero no se detuvo.

—¡Carolain! —la voz de Seung-joon retumbó en la distancia, llena de furia y algo más oscuro, algo posesivo que le heló la sangre.

Ella siguió corriendo más profundo en el bosque, jadeando, las lágrimas de miedo y adrenalina corriendo por sus mejillas. Mirara hacia donde mirara, solo veía árboles, oscuridad y nada más. No había civilización. No había salvación.

Estaba completamente sola en medio de la nada.

Y el monstruo al que acababa de golpear estaba despierto, herido y muy, muy enfadado.

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