Belcebú

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Capítulo 3 Capitulo 3

Carolain

Ya habían pasado tres días...

O al menos eso creía. Sin ventanas reales y con las luces controladas por Seung-joon, el tiempo se había convertido en una niebla espesa, algo difuso. Solo sabía que la habían movido de la cama esposada a una habitación más “normal”, un salón amplio con un sofá de cuero negro, una mesa de comedor y una cadena larga que le permitía moverse por el espacio, pero no salir de él. La muñeca derecha seguía unida a una argolla en la pared por una cadena de acero de dos metros. Se sentía como un jodido perro.

Seung-joon entraba y salía como un fantasma. Le traía comida, la observaba comer, le hablaba muy poco. Pero esa noche parecía diferente. Llegó con una botella de whisky caro y dos vasos. Se sentó frente a ella en el sofá, con las piernas abiertas, dominando el espacio.

—Bebe —ordenó, extendiendo un vaso hacia ella.

Carolain lo tomó con la mano libre, pero no bebió.

—¿Para qué? ¿Para drogarme otra vez?

Seung-joon sonrió con esa sonrisa lenta y peligrosa.

—No necesito drogarte para que te abras de piernas, princesa. Solo necesito que dejes de pelear contra lo inevitable.

Ella apretó los dientes de pura rabia. El vestido negro ya estaba sucio después de tres días de uso. Se sentía expuesta, vulnerable, pero aún así levantó la barbilla en un claro gesto de altanería.

—Dime por qué. Por qué yo. Si querías dinero, podrías haber pedido rescate. Si querías follar, hay miles de mujeres que se abrirían de piernas con gusto por un asesino guapo como tú.

Los ojos negros de Seung-joon brillaron con algo parecido a diversión… y hambre.

—Porque cuando vi tu foto, sentí algo que nunca había sentido. No era solo deseo. Era… reconocimiento. Como si hubieras estado esperando en mi cabeza toda mi vida.

Carolain soltó una risa amarga. Realmente su argumento le parecía ridículo.

—Qué poético para un sicario.

Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. La camisa negra se tensó sobre sus músculos.

—¿Quieres saber quién soy realmente, Carolain? ¿Quieres entender por qué un hombre como yo no pudo apretar el gatillo cuando te tuvo delante?

Ella guardó silencio. Una parte de ella no quería saber. La otra necesitaba entender al monstruo que la tenía prisionera. Quizás, conociendo a este hombre un poco podría dar vuelta la situación y escapar de ese lugar.

Seung-joon tomó un sorbo largo de whisky y comenzó a hablar con voz baja, casi monocorde, como si estuviera recitando el pronóstico.

—Nací en Corea del Norte. En un pueblo cerca de la frontera con China. Mi madre era una bailarina en uno de los espectáculos que el régimen usaba para propaganda. Mi padre… nunca lo conocí. Probablemente un oficial que la usó y la descartó. Cuando tenía catorce años, mi madre decidió escapar. Cruzamos el río Tumen de noche, casi congelados. Nos dispararon. Ella recibió una bala en la pierna. Yo la cargué durante kilómetros hasta llegar a China.

Hizo una pausa. Sus dedos apretaron el vaso con tanta fuerza que Carolain pensó que se rompería.

—A Seúl logramos llegar después de meses en campos de refugiados. Pero la vida allí no fue mejor. Mi madre consiguió trabajo limpiando en moteles baratos. Yo empecé a robar para comer. A los dieciséis me metí en peleas callejeras. A los dieciocho ya había matado a mi primer hombre; un proxeneta que intentó obligar a mi madre a trabajar para él. Le corté el cuello con un vidrio roto.

Carolain sintió un nudo en la garganta. No quería sentir empatía, pero la crudeza de su voz la golpeaba.

—Después de eso, todo fue mucho más fácil. Me reclutaron los bajos fondos. Primero pandillas coreanas, luego la mafia china, después los rusos. Aprendí a disparar, a torturar, a desaparecer cuerpos. Me gané el nombre de Belcebú porque decían que era el mismo demonio; sin piedad, sin remordimientos. A los veintidós vine a Norteamérica. Aquí era más fácil esconderse entre los inmigrantes. Trabajaba para quien pagara más. Hasta que tu esposo y tu hermana me ofrecieron un millón por matarte.

Seung-joon levantó la mirada y la clavó en ella. Ya no había frialdad. Había puro fuego. Fuego en su más cruda expresión.

—Cuando te vi en ese bar, con los ojos grises llenos de dolor pero la espalda recta como si fueras una reina… supe que no podía hacerlo. Porque por primera vez en mi vida, quería algo más que sobrevivir. Quería poseer. Quería proteger. Quería que alguien me mirara como si yo no fuera solo un arma.

Se levantó y se acercó a ella. La cadena tintineó cuando Carolain retrocedió hasta que su espalda tocó la pared. Seung-joon se inclinó, colocando una mano a cada lado de su cabeza, enjaulándola.

—Mi madre murió cuando yo tenía diecinueve. La encontraron en un callejón con una sobredosis. Nunca supe si fue suicidio o si la mataron por mi culpa. Desde entonces, enterré todo. Sentimientos, sueños, debilidad. Hasta que llegaste tú, y aunque parezca una locura, supe que eras la persona que siempre esperé.

Su mano libre subió por el muslo de Carolain, deslizándose bajo el vestido arrugado, rozando la piel suave del interior.

—Ahora tú eres mi luz en toda esta mierda, princesa. Y no voy a dejarte ir. Ni aunque me lo ruegues.

Seung-joon

Sentir su piel bajo los dedos era mejor que cualquier droga que hubiera probado en sus años oscuros.

Carolain temblaba, pero no era solo miedo. Había algo más: curiosidad, una atracción prohibida, la misma que él sentía multiplicada por mil. Su polla palpitaba dentro de los pantalones, exigiendo liberarse, pero se contuvo. Todavía no. Quería que ella pidiera. Quería que entendiera.

—Eres la primera persona a la que le cuento esto —admitió en voz baja, los labios rozando la curva de su cuello—. Ni siquiera mis handlers en la mafia saben toda la historia. Pero contigo… quiero que sepas quién soy. Que conozcas al monstruo completo.

Ella respiró agitada cuando los dedos de él llegaron más arriba, rozando el borde de sus bragas de encaje.

—No… no quiero saber —susurró Carolain, pero su cuerpo se arqueó ligeramente hacia el toque.

—Mientes —gruñó Seung-joon contra su piel—. Tu coño ya está mojado por mí, aunque tu boca diga lo contrario.

Deslizó un dedo bajo la tela y encontró su calor húmedo. Lo movió lentamente, trazando círculos perezosos sobre su clítoris hinchado. Carolain soltó un gemido ahogado y cerró los ojos con fuerza.

—Para… —suplicó, pero su cadera se movió contra su mano.

—No voy a follarte todavía —prometió él, aunque le costaba todo su autocontrol—. Solo quiero que sientas lo que puedes tener si dejas de pelear. Quiero que sepas que este monstruo puede ser suave… cuando quiere.

Aumentó la presión, introduciendo un dedo dentro de ella con lentitud tortuosa. Estaba apretada, caliente, resbaladiza. Seung-joon gruñó de placer puro al sentir cómo lo apretaba.

—Tan jodidamente perfecta —murmuró en coreano antes de volver al inglés—. Imagina mi polla aquí, estirándote, marcándote por dentro. Imagina que te follo hasta que grites mi nombre en vez de insultarme.

Carolain jadeó, las cadenas tintineando mientras sus caderas se movían contra su mano sin que pudiera evitarlo. Las lágrimas de frustración y placer se le acumularon en los ojos.

Seung-joon sacó el dedo lentamente y se lo llevó a la boca, chupándolo con deliberada lentitud mientras la miraba a los ojos.

—Pronto, princesa. Cuando estés lista para admitir que ya no quieres escapar… te voy a follar tan duro que olvidarás que alguna vez fuiste de otro hombre.

Se apartó, dejando a Carolain temblando contra la pared, el vestido subido hasta las caderas, la respiración entrecortada.

Mientras salía de la habitación, Seung-joon sintió algo nuevo en el pecho: no era solo obsesión.

Esperanza.

Por primera vez en su vida, quería

ser algo más que ser Belcebú.

Quería ser el hombre que Carolain Jones pudiera amar… aunque tuviera que arrastrarla a la oscuridad para lograrlo.

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