Capítulo 2 Capitulo 2
Carolain
El mundo regresó en oleadas lentas y dolorosas.
Primero, el dolor de cabeza. Un martilleo constante detrás de los ojos. Luego, el frío. Estaba acostada sobre algo suave, pero sus muñecas y tobillos se sentían pesados, restringidos. Intentó moverse y el tintineo metálico de cadenas la despertó por completo.
Abrió los ojos de golpe. Asustada.
La habitación era amplia, lujosa de una forma fría y masculina: paredes de concreto pulido de gris oscuro, muebles minimalistas negros, una enorme cama king size con sábanas de seda negra en la que ella estaba tendida. Una sola ventana alta, con rejas discretas pero visibles. Luces tenues. Sin decoración. Parecía una jaula disfrazada de suite de lujo.
Sus muñecas estaban esposadas a la cabecera de la cama con cadenas largas que la sostenían firmes. Las piernas libres, pero el vestido negro que llevaba la noche anterior estaba intacto, aunque bastante arrugado.
El pánico la invadió de pies a cabeza, haciéndola sentir mareada, con esa sensación agobiante en la boca se su estómago.
—¿Qué mierda…? —susurró, tirando de las cadenas. El metal mordió su piel—. ¡Hola! ¡¿Quién está ahí?!
La puerta se abrió con un clic suave.
Él entró.
Alto, imponente, vestido completamente de negro: camisa ajustada que marcaba hombros anchos y brazos musculosos cubiertos de tatuajes oscuros que subían por el cuello y desaparecían bajo la tela. Cabello negro azabache ligeramente desordenado, ojos negros profundos, una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda. Coreano, o al menos de rasgos asiáticos marcados. Peligroso. Letal. Jodidamente atractivo.
Seung-joon se detuvo al pie de la cama, observándola con una calma que contrastaba brutalmente con el terror de ella.
—Buenos días, Carolain —dijo con voz grave, baja, con un acento extranjero marcado—. ¿Dormiste bien?
Ella lo miró fijamente, el corazón latiéndole en la garganta.
—¿Quién carajos eres tú? ¿Dónde estoy? ¡Suéltame ahora mismo!
Seung-joon inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando a un animal salvaje. Se acercó con pasos lentos y seguros, sentándose en el borde de la cama. El colchón se hundió bajo su peso. Olía a madera oscura, cuero y algo metálico… sangre vieja, quizás.
—Mi nombre es Seung-joon. En el mundo del que vengo, me llaman Belcebú. —Sus labios se curvaron en una sonrisa mínima, casi tierna, que no llegó a reflejarse en sus ojos—. Y estás en mi casa. Lejos de tu esposo traidor y de tu hermana puta.
Carolain sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Recordó todo de golpe: Daniel, Clara en la cama, el bar, el desconocido acercándose…
—Tú… me drogaste. Me secuestraste.
—Correcto —respondió él sin remordimiento—. Daniel Araneda me pagó un millón de dólares para que te matara anoche. Me entregaron fotos, horarios, hasta el código de tu penthouse.
Ella palideció. Las cadenas tintinearon cuando intentó alejarse de él, pero solo logró que su cuerpo se arqueara de forma vulnerable sobre la cama.
—¿Y por qué no lo hiciste? —preguntó con voz temblorosa, pero detrás de su miedo había algo desafiante—. ¿Qué quieres de mí?
Seung-joon extendió la mano y le apartó un mechón de cabello rubio platino de la cara. El toque fue sorprendentemente suave, pero sus dedos se demoraron en su mejilla, trazando la línea de su mandíbula como si estuviera memorizando su textura.
—Porque cuando te vi… —bajó la voz hasta convertirla en un ronroneo oscuro— supe que no podía matarte. Eres demasiado hermosa para morir. Demasiado mía para dejar que otro te toque.
Carolain sintió un escalofrío que no era solo de miedo. Había algo en esa voz, en esa mirada posesiva, que le erizaba la piel de una forma que no quería reconocer.
—Estás loco —susurró—. Si me sueltas ahora, puedo pagarte el doble. El triple. Mi familia tiene dinero…
Seung-joon soltó una risa baja, oscura, que vibró en su pecho.
—No quiero tu dinero, princesa. Quiero esto. —Su mano bajó lentamente por su cuello, deteniéndose justo encima de sus pechos, sintiendo cómo se aceleraba su respiración—. Quiero que entiendas que ya no perteneces a ese mundo falso. Ahora me perteneces a mí.
Ella intentó patearlo, pero él fue más rápido. Con un movimiento fluido atrapó su tobillo y lo sujetó contra la cama, abriéndole ligeramente las piernas. El vestido se subió por sus muslos, revelando más piel pálida.
—Suéltame, hijo de puta —gruñó Carolain, aunque su voz salió más entrecortada de lo que quería.
Los ojos de Seung-joon se oscurecieron. Se inclinó sobre ella, su cuerpo grande cubriéndola sin llegar a tocarla del todo, el calor de su piel irradiando a través de la ropa.
—Vas a aprender a rogarme con esa misma boca, Carolain. Pero no para que te suelte… sino para que te folle hasta que olvides el nombre de tu esposo.
Seung-joon
Verla así, encadenada en su cama, con los ojos grises brillando de furia y miedo, era mejor de lo que había imaginado.
Su polla ya estaba dura dentro de los pantalones, presionando dolorosamente contra la tela. Había pasado la noche sentado en la silla del rincón, observándola dormir, resistiendo el impulso de tocarla mientras estaba inconsciente. Quería que estuviera despierta para la primera vez. Quería ver esa cara de muñeca romperse de placer y terror al mismo tiempo.
—Eres valiente —murmuró, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron la curva de su oreja—. Me gusta. Las que lloran y suplican desde el principio me aburren rápido.
Carolain giró la cara, pero él la sujetó por la barbilla con firmeza, obligándola a mirarlo.
—No voy a violarte hoy —dijo con honestidad brutal—. No todavía. Primero quiero que entiendas dónde estás. Que sepas que nadie va a venir a buscarte tan rápido. Que tu esposo cree que ya estás muerta y honestamente, allá afuera no hay nadie a quién le importes.
Vio cómo las palabras la golpeaban. El dolor crudo en sus ojos grises le provocó una satisfacción oscura y, al mismo tiempo, algo extraño… casi protector.
—Daniel es un cobarde —continuó Seung-joon, soltando su barbilla para deslizar la mano por su costado, sintiendo la curva de su cintura y la plenitud de su cadera—. Pero tú… tú eres como el fuego. Y yo voy a disfrutarte hasta que ese fuego arda solo para mí.
Se levantó de la cama y caminó hacia una mesa cercana. Tomó un vaso de agua y un plato con fruta cortada. Regresó y se sentó de nuevo, acercando un trozo de fresa a los labios de ella.
—Come.
Carolain apretó los labios, desafiante.
—No tengo hambre. Solo quiero que me sueltes e irme a casa.
Seung-joon sonrió con paciencia peligrosa.
—Come, o te obligaré a abrir la boca de otra forma. Y créeme, princesa… preferirás la fruta por ahora.
Ella lo miró con odio puro, pero abrió los labios y aceptó la frutilla. Sus dientes rozaron los dedos de él. Ese pequeño contacto envió una descarga directa a su entrepierna.
—Buena chica —murmuró Seung-joon, con la voz ronca.
Mientras ella comía a regañadientes, él no dejaba de observarla. Ya estaba planeando las próximas semanas: las reglas, las libertades que ganaría poco a poco, las noches en las que la haría gritar
su nombre en lugar de insultarlo.
Carolain Jones ya no era la heredera intocable.
Era su prisionera.
Su obsesión.
Y muy pronto… su mujer.
