Bajo las Estrellas Fugaces.

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Capítulo 8 Rumores que se Multiplican — 2

A última hora, cuando estaba guardando mis libros, encontré una nota pegada en mi cuaderno. No tenía firma, solo una frase escrita con una letra elegante pero agresiva: "Disfruta de tu momento de fama, Luna. Las estrellas fugaces brillan mucho antes de estrellarse contra el suelo".

La mirada de los demás es un espejo roto; si intentas verte en ella, solo conseguirás cortarte con los pedazos.

Salí del instituto sintiendo que el peso del edificio me aplastaba los hombros. Mar del Norte me estaba cobrando un precio muy alto por haber encontrado un instante de conexión. Sin embargo, al llegar a la salida, vi a Mateo apoyado en su moto. No estaba rodeado de gente esta vez. Estaba solo, esperándome.

—¿Te llevo a casa? —preguntó, lanzándome un casco de repuesto.

—¿Estás seguro? —dije, mirando a los grupos de estudiantes que todavía merodeaban por la entrada—. Si me subo a esa moto, mañana dirán que nos hemos fugado juntos.

—Que digan lo que quieran —respondió él con un rastro de desafío en los ojos—. Ya nos han condenado sin pruebas, así que mejor darles algo de lo que hablar de verdad, ¿no crees?

Me puse el casco y subí detrás de él. Al rodear su cintura con mis brazos, sentí la firmeza de su cuerpo y una extraña sensación de seguridad que desafiaba toda lógica. Mateo arrancó el motor y el estruendo pareció silenciar los murmullos de los pasillos.

Mientras nos alejábamos del instituto y el viento frío del mar nos golpeaba, me di cuenta de que Mateo tenía razón. En un lugar donde todos se esconden, ser uno mismo es el acto de rebelión más grande que existe.

Hay personas que son como nubes negras: no traen lluvia para limpiar, sino sombras para ocultar el brillo de los que se atreven a ser diferentes.

Llegamos a la puerta de mi casa en pocos minutos. Me bajé de la moto y le devolví el casco, sintiendo todavía la vibración del motor en mis manos.

—Gracias, Mateo. Por lo de hoy.

—Mañana será peor, Luna —advirtió él, quitándose el suyo—. Chloe ha empezado a mover sus hilos. Ha hablado con su padre, que es el director del club náutico, y ha empezado a meter presión sobre los trabajos de fin de curso. Quiere aislarnos.

—¿Y tú qué vas a hacer? —le pregunté, buscando sus ojos.

—Lo que mejor sé hacer —dijo él con una sonrisa que no llegó a ocultar la preocupación—. Seguir navegando en mitad de la tormenta. Pero necesito saber que no te vas a rendir.

—No sé rendirme, Mateo. En la ciudad aprendes a correr rápido, pero aquí estoy aprendiendo a quedarme quieta y resistir el golpe.

Él asintió, satisfecho.

—Entonces nos vemos mañana. Y Luna... —se detuvo antes de arrancar la moto—, no leas las notas que dejan en tu casillero. Las palabras de gente cobarde no tienen peso, solo son ruido.

El valor no es la ausencia de miedo ante los murmullos, sino la capacidad de seguir caminando aunque el viento sople en contra.

Lo vi alejarse hasta que la luz trasera de su moto se perdió entre la niebla del puerto. Entré en casa y mi madre me preguntó cómo había ido el día. "Normal", respondí, mientras sentía el papel de la nota de Chloe arrugarse en mi bolsillo.

Esa noche, mientras dibujaba en mi habitación, comprendí que los rumores no eran más que el precio de haber encontrado algo real en un mundo de plástico. La rivalidad con Chloe apenas estaba comenzando, y el instituto se había convertido en un tablero de ajedrez donde cada movimiento podía ser el último.

Pero por cada susurro malintencionado, recordaba la sensación de la mano de Mateo sobre la mía en la azotea, y eso era suficiente para mantener la oscuridad a raya.

A veces, para que una estrella brille con toda su intensidad, necesita que la noche sea lo más negra posible.

Mañana el instituto volvería a ser una jungla, pero yo ya no era la presa asustada que había llegado semanas atrás. Ahora tenía un aliado, un secreto y un cielo lleno de estrellas que nos pertenecía solo a nosotros. La tormenta podía arreciar, pero yo ya había aprendido a amar el sonido del trueno.

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