Capítulo 7 Capítulo 06: Rumores que se Multiplican.
El lunes por la mañana, Mar del Norte no amaneció con sol, sino con una bruma espesa que parecía salir del mismo asfalto. Pero no era la niebla lo que me ponía los pelos de punta mientras caminaba hacia el instituto, sino la vibración constante de mi teléfono en el bolsillo de mi chaqueta. No hacía falta ser adivina para saber que algo había estallado durante el fin de semana.
Al cruzar las puertas dobles del edificio, el ruido habitual de los casilleros y las risas se detuvo de forma casi coreografiada. Las miradas se clavaron en mí como alfileres en un mapa. No eran miradas de curiosidad, como las del primer día; eran miradas cargadas de algo mucho más afilado: juicio.
Saqué el móvil y vi el grupo de WhatsApp de la clase, ese que normalmente ignoraba. Una foto granulada, tomada desde abajo y a gran distancia, mostraba dos siluetas en la azotea del ala norte. No se nos veía la cara, pero la chaqueta amarilla que yo había llevado el viernes era inconfundible, al igual que la postura relajada de la figura junto a mí.
—Mira quién decidió subir de nivel —susurró una chica a mi lado mientras pasaba, dándome un empujón con el hombro que casi me hace perder el equilibrio.
Hay verdades que no necesitan ser gritadas para que todo el mundo las escuche, porque el silencio a veces es el altavoz más potente del odio.
Caminé hacia mi casillero intentando mantener la barbilla alta, pero sentía que el aire me faltaba. Justo cuando llegué a mi destino, una mano con las uñas perfectamente pintadas de rojo bloqueó mi camino, apoyándose con fuerza sobre el metal frío del casillero.
—Vaya, vaya —la voz de Chloe era como seda sobre cristales rotos—. La chica nueva tiene gustos caros. No te conformaste con el puerto, tenías que subir hasta la azotea, ¿verdad, Luna?
Me giré lentamente para enfrentarla. Chloe estaba rodeada de su séquito habitual, todas con los brazos cruzados y sonrisas de suficiencia.
—No sé de qué estás hablando, Chloe —dije, tratando de que mi voz no temblara—. Solo estaba buscando un lugar tranquilo para dibujar.
—¿Y dio la casualidad de que Mateo también estaba buscando un lugar para "dibujar"? —Chloe se acercó tanto que pude oler su perfume floral, que en ese momento me resultó asfixiante—. Escúchame bien, Luna Miller. En este pueblo hay un orden natural de las cosas. Mateo es parte de ese orden, y tú... tú solo eres un error de cálculo que pronto será corregido.
—No soy un objeto que alguien pueda poseer, ni él lo es tampoco —respondí, sintiendo que la rabia empezaba a superar al miedo.
La envidia es como el óxido: no solo destruye lo que toca, sino que revela la debilidad de quien la permite crecer.
—Oh, qué romántico —se mofó Chloe, haciendo que sus amigas rieran al unísono—. Pero aquí las cosas no funcionan con frases de libros. Aquí, lo que cuenta es de quién eres hija y cuánto tiempo llevas pisando estas calles. Y tú no eres nadie.
En ese momento, el pasillo se quedó en un silencio sepulcral. Mateo caminaba hacia nosotros. Llevaba su habitual máscara de indiferencia, con los auriculares puestos alrededor del cuello y las manos en los bolsillos. Su mirada recorrió el grupo y se detuvo un segundo más de lo necesario en mis ojos antes de dirigirse a Chloe.
—¿Pasa algo aquí? —preguntó con una voz tan gélida que parecía capaz de congelar el ambiente.
—Nada, Mateo —respondió Chloe, cambiando su expresión a una sonrisa angelical en un parpadeo—. Solo le estaba dando a Luna unos consejos de bienvenida. Ya sabes, para que no se pierda por lugares del instituto que están... prohibidos.
Mateo arqueó una ceja y se acercó un paso más.
—La azotea no está prohibida, Chloe. Simplemente está reservada para la gente que tiene suficiente cerebro como para apreciar el silencio. No sabía que ahora eras la vigilante de seguridad.
Un murmullo recorrió el pasillo. Nadie se atrevía a hablarle así a Chloe, y mucho menos Mateo delante de todos. Chloe palideció, pero no retrocedió.
—Solo digo que la gente está hablando, Mateo. La foto está por todas partes. Tu reputación... —empezó ella.
—Mi reputación es cosa mía —la cortó él—. Y si alguien tiene algo que decir sobre dónde paso mi tiempo libre, que me lo diga a la cara en lugar de esconderse detrás de una cámara de móvil.
Mateo me miró fijamente. No era la mirada dulce de la azotea; era una mirada de advertencia, como si me estuviera pidiendo que resistiera.
—Vamos, Luna. Llegamos tarde a Historia —dijo de repente.
Caminé a su lado, sintiendo el calor de su presencia como un escudo contra las dagas que Chloe nos lanzaba con la vista. No hablamos hasta que doblamos la esquina hacia el aula, lejos del alcance de los oídos curiosos.
—Lo siento —susurró él, sin detenerse—. Te dije que esto pasaría.
—No tienes que pedir perdón por lo que otros deciden hacer con su tiempo libre —respondí, tratando de recuperar el aliento—. Pero ha sido una entrada bastante dramática.
Mateo se detuvo y me miró, esta vez suavizando su expresión.
—Chloe no se va a detener. Para ella, esto es una guerra. Se siente amenazada porque tú eres... real. Y ella es solo una construcción hecha de ropa cara y aprobación social.
No importa cuántos muros levanten los demás a tu alrededor; mientras tu luz interior no se apague, siempre habrá una rendija por donde escapar.
—¿Por qué me ayudas, Mateo? —le pregunté de repente—. Podrías haberte unido a ellas, o simplemente ignorarme como hiciste esta mañana. Habría sido lo más fácil para ti.
Él apoyó la espalda contra la pared, mirando hacia el techo del pasillo.
—Lo fácil nunca me ha interesado demasiado, Luna. Además... —hizo una pausa y bajó la vista hacia mí—, hay algo en ti que me recuerda que no todo el mundo en este pueblo está muerto por dentro. Si dejo que te apaguen, estaré dejando que me apaguen a mí también.
Durante el resto del día, los rumores se multiplicaron como un virus. En la cafetería, la mesa donde yo me sentaba quedó desierta en cuestión de segundos, creando una isla de soledad en medio del caos. Escuchaba mi nombre en cada rincón, acompañado de risas sofocadas. "La buscavidas de la ciudad", "la nueva conquista de Mateo", "el trofeo de la azotea".
La rivalidad no se limitaba a Chloe. Otros chicos del equipo de fútbol, amigos de Mateo, me lanzaban miradas burlonas, mientras que las chicas que suspiraban por él me ignoraban con una crueldad estudiada. Me sentía como si estuviera caminando por un campo de minas.
