Capítulo 4 Capítulo 03: Susurros en los Pasillos.
El segundo día en el Instituto San Judas amaneció cubierto por una bruma espesa que subía desde el puerto, envolviendo los edificios en un manto gris y húmedo. Para mí, esa neblina era una metáfora perfecta: en Mar del Norte, las cosas nunca se veían con total claridad; siempre había algo oculto tras la fachada de cortesía de sus habitantes.
Caminaba por el pasillo principal hacia mi taquilla, sintiendo que el aire pesaba más de lo normal. Ayer era una extraña; hoy, era un enigma que todos intentaban resolver, pero con las piezas equivocadas.
El rumor es como un incendio forestal: empieza con una chispa de aburrimiento y se alimenta del oxígeno de la malicia hasta que no queda nada de la verdad original.
—¿Has oído? Dicen que la echaron de su anterior instituto por algo grave —susurró una voz a mi izquierda mientras pasaba junto a un grupo de chicos de segundo—. Por eso se mudaron aquí, donde nadie los conoce.
—Yo escuché que su padre está metido en problemas legales y que vienen huyendo —respondió otra voz, esta vez más cerca de mi oído.
Apreté los libros contra mi pecho. Quería gritarles que se equivocaban, que nos mudamos porque mi madre necesitaba silencio para sanar y porque mi padre quería recuperar la paz que la ciudad nos había robado. Pero en un lugar como este, la verdad es aburrida, y la ficción es la moneda de cambio.
Al llegar a mi taquilla, encontré un trozo de papel pegado en la rejilla. Lo abrí con dedos temblorosos. No tenía firma, solo una frase escrita en letras grandes y descuidadas: "La ciudad ensucia, pero el mar lo lava todo. ¿Qué viniste a lavar tú, Luna?"
Sentí un escalofrío. Antes de que pudiera procesar el mensaje, una sombra se proyectó sobre el metal frío de la taquilla. Me giré bruscamente, esperando encontrar a Chloe o a alguno de sus seguidores, pero me topé con el pecho de Mateo.
—La gente aquí tiene demasiada imaginación y muy poco que hacer con su vida —dijo él, quitándome el papel de las manos con un movimiento rápido. Lo leyó, hizo una bola con él y lo lanzó a una papelera cercana sin fallar—. No dejes que te entre en la cabeza. Si dejas que sus palabras ocupen espacio, no te quedará sitio para tus propios pensamientos.
—Es difícil ignorarlo cuando parece que todos tienen una versión de mi vida que yo ni siquiera conozco —respondí, tratando de que mi voz no delatara cuánto me afectaba.
Mateo se apoyó en la taquilla contigua, cruzando los tobillos. Hoy no llevaba la chaqueta de cuero, sino un jersey oscuro que hacía que sus ojos resaltaran aún más en la penumbra del pasillo.
—Bienvenida al espectáculo, Luna —dijo con una sonrisa amarga—. En este pueblo, si no te inventas tu propia historia, otros la escribirán por ti, y te aseguro que no usarán colores bonitos.
A veces, la soledad no es estar solo, sino estar rodeado de gente que te mira pero no es capaz de verte.
—¿Y cuál es tu historia, Mateo? —pregunté, dándome la vuelta para enfrentarlo—. Porque he oído mil cosas sobre ti en menos de veinticuatro horas. Dicen que eres el dueño del instituto, pero que nadie sabe realmente quién eres.
Él guardó silencio por un momento, observando el trasiego de estudiantes que pasaban a nuestro alrededor, lanzándonos miradas curiosas. Éramos el centro de atención: la chica nueva y el chico prohibido, una combinación que alimentaba los susurros como gasolina al fuego.
—Mi historia es un secreto a voces que nadie se atreve a preguntar en voz alta —respondió él, acercándose un poco más. Su tono bajó a un susurro que me erizó la piel—. Pero no creas todo lo que oyes. La mayoría de la gente aquí solo ve el reflejo que les devuelven los demás.
—Yo prefiero mirar directamente —dije, sosteniéndole la mirada.
—Eso es peligroso —advirtió él, aunque había un brillo de admiración en sus ojos—. La luz directa puede cegarte si no estás acostumbrada
Se alejó justo cuando sonó la campana, dejándome con más preguntas que respuestas. A medida que avanzaba la mañana, los susurros se intensificaron. En la clase de Historia, nadie quería sentarse a mi lado. En el gimnasio, las chicas formaban círculos cerrados, dándome la espalda cada vez que intentaba acercarme.
Incluso los profesores parecían mirarme con una mezcla de curiosidad y desconfianza. El ambiente era sofocante. Durante el almuerzo, decidí que no podía soportar más la cafetería. Agarré mi mochila y me dirigí hacia la parte trasera del edificio, donde había un pequeño jardín descuidado con bancos de piedra cubiertos de musgo.
Me senté en el banco más alejado, abrí mi cuaderno y traté de dibujar, pero mis manos no me obedecían. Las palabras que había oído en los pasillos resonaban en mi mente: problemas, huida, sucia, extraña.
—¿Otra vez escondiéndote? —la voz de Mateo me sacó de mis pensamientos. Estaba sentado en el muro bajo que delimitaba el jardín, con un cigarrillo apagado entre los dedos.
—No me escondo. Solo busco un poco de silencio —repliqué, cerrando el cuaderno.
—El silencio es un lujo que no te concederán aquí —dijo él, saltando del muro para sentarse a mi lado, manteniendo una distancia prudente—. Chloe y su grupo ya han decidido que eres una amenaza.
—¿Una amenaza? ¿Para quién? Solo quiero terminar el curso y pintar en paz.
—Eres una amenaza para su orden establecido —explicó Mateo, mirando hacia el edificio del instituto—. Aquí todo está calculado. Quién sale con quién, quién es el más popular, quién tiene el mejor coche... Y entonces llegas tú, con tus dibujos de estrellas y esa mirada de que el mundo se te queda pequeño, y no encajas en ninguna de sus cajas. Eso los asusta.
—¿Y a ti te asusto, Mateo?
Él se giró hacia mí, y por un instante, la máscara de frialdad que siempre llevaba desapareció. Vi vulnerabilidad, vi cansancio y, sobre todo, vi una soledad tan profunda como la mía.
—A mí no me asusta lo que no entiendo —dijo suavemente—. Me atrae. Es como el océano en una noche sin luna: sabes que es inmenso y que puede ser peligroso, pero no puedes dejar de mirar hacia el horizonte.
Hay silencios que unen más que mil conversaciones, porque en el vacío de las palabras es donde las almas empiezan a reconocerse.
Permanecimos así un rato, bajo la luz tamizada por la niebla. Fue la primera vez desde que llegué a Mar del Norte que no me sentí como una extraña. No necesitábamos explicarnos nada; ambos sabíamos lo que era cargar con el peso de las expectativas de los demás.
—Deberías entrar —dijo él finalmente, rompiendo el hechizo—. La siguiente clase es Química. El profesor Evans odia la impuntualidad más que a los rumores.
—¿Vienes? —pregunté, poniéndome de pie.
—Tengo una cita con el aire libre —respondió él con una sonrisa pícara, señalando el bosque que rodeaba el instituto—. Pero te veré luego, Luna. Intenta que no te quemen en la hoguera antes de que termine el día.
Caminé de regreso al edificio, sintiendo que algo había cambiado. Los susurros seguían ahí, las miradas no habían desaparecido, pero ahora tenía un pequeño escudo invisible.
Sin embargo, al entrar al pasillo de los laboratorios, me encontré de frente con Chloe. Estaba rodeada de sus amigas, y su expresión era de pura hostilidad.
—Vaya, vaya —dijo Chloe, bloqueándome el paso—. Parece que la chica nueva ha encontrado un protector muy rápido. ¿Sabes cuántas chicas han intentado lo mismo que tú con Mateo?
—No estoy intentando nada, Chloe —respondí, tratando de pasar por un lado.
Ella me puso una mano en el hombro, apretando con fuerza.
—Escúchame bien, Miller. Mateo no es lo que crees. Es el chico de oro de este pueblo solo porque su familia tiene dinero, pero por dentro está roto. Y las cosas rotas tienen bordes afilados. Si te acercas demasiado, te vas a cortar.
—Tal vez me gustan los bordes afilados —repliqué, quitándome su mano de encima con un gesto firme.
El pasillo quedó en silencio. Nadie le hablaba así a Chloe. Ella entrecerró los ojos, y por un momento pensé que iba a gritar, pero en su lugar, soltó una risa gélida.
—Ya veremos cuánto tiempo aguantas cuando todo el instituto se vuelva en tu contra. En Mar del Norte, los rumores no son solo palabras; son sentencias.
Se alejó con su grupo, dejándome con una sensación de náuseas en el estómago. Sabía que esto era solo el principio. El capítulo de los susurros estaba terminando, pero el de la confrontación acababa de empezar.
Esa tarde, al salir de clase, no vi a Mateo por ninguna parte. Caminé hacia casa bajo una lluvia fina que empezaba a caer, lavando el asfalto y las aceras. Al llegar a mi buhardilla, tiré la mochila en un rincón y me acerqué a la ventana.
El mar estaba agitado, con olas que rompían con furia contra el faro. Saqué mi cuaderno y busqué una página limpia. Empecé a escribir, dejando que mis sentimientos fluyeran como la lluvia en el cristal.
Escribir es la única forma que tengo de gritar sin abrir la boca. En este pueblo de sombras y espejos, me pregunto si alguien llegará a leer lo que realmente soy, o si siempre seré la suma de las mentiras que otros cuentan para sentirse menos vacíos.
Me quedé dormida con el sonido de los truenos a lo lejos, pensando en Mateo y en su advertencia sobre la luz directa. Me pregunté si él sería mi luz o la oscuridad que terminaría por consumirme. Pero en el fondo, sabía que ya era tarde para retroceder. En los pasillos de San Judas, mi nombre ya no era solo mío; pertenecía a la marea de Mar del Norte.
Y la marea, como bien sabía, nunca se detiene ante nadie.
