Bajo las Estrellas Fugaces.

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Capítulo 10 Tarde de Bibliotecas — 2

Mateo soltó una risa amarga y se reclinó en su silla.

—Es complicado. Nuestras familias han estado unidas por negocios desde antes de que naciéramos. En Mar del Norte, los pactos se sellan con apellidos, no con sentimientos. Pero eso fue antes de que tú aparecieras y me recordaras que el mundo es mucho más grande que este puerto.

Hay secretos que no se guardan en cajones, sino en la forma en que miramos aquello que tememos perder.

Pasamos las siguientes horas compartiendo historias. Me contó cómo, de niño, intentó construir un barco con madera de cajas de fruta y terminó hundiéndose en el muelle, ganándose una bronca monumental y una cicatriz en la rodilla que aún conservaba. Yo le conté el caos de las estaciones de metro en hora punta y el olor de la lluvia sobre el asfalto caliente, algo que él apenas podía imaginar.

En la biblioteca, el tiempo parecía haberse detenido. No había alumnos hostiles, no había fotos en redes sociales, no había expectativas familiares. Éramos solo dos adolescentes tratando de descifrar el mapa de sus propias vidas.

—¿Alguna vez has sentido que naciste en la época equivocada? —preguntó Mateo mientras guardaba sus esquemas.

—A menudo —admití—. Me habría gustado ser una de esas navegantes antiguas que se guiaban solo por las estrellas, sin GPS, sin redes sociales... Solo el mar, el cielo y la verdad.

—Yo habría sido tu ingeniero —dijo él, y sus ojos brillaron con una intensidad que me hizo contener el aliento—. Habría construido el barco más rápido del mundo solo para que pudieras alcanzar el horizonte que quisieras.

Sentí que el corazón me daba un vuelco. No era una frase de conquista barata; era una declaración de intenciones. En ese momento, la atmósfera en la biblioteca cambió. El aire se volvió más denso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con la ciencia y sí mucho con lo que estaba naciendo entre nosotros.

En el silencio de una biblioteca, los susurros del corazón suenan como truenos.

De repente, un ruido en el pasillo nos hizo reaccionar. Un grupo de estudiantes pasaba riendo, y el hechizo se rompió. Mateo se puso en pie, recuperando su postura de chico reservado, pero su mirada seguía anclada en la mía.

—Mañana es el almuerzo solidario en el patio —dijo, bajando la voz—. Chloe va a intentar que nadie se siente contigo. Es su táctica favorita para quebrar a la gente nueva.

—Ya estoy acostumbrada a almorzar con mis dibujos —respondí, intentando parecer valiente, aunque la idea de la humillación pública me aterraba.

—No lo harás —sentenció él—. Mañana, pase lo que pase, no estarás sola.

—Mateo, si haces eso, tu posición social en este instituto va a caer en picado. Ella no te lo perdonará.

Él se acercó un poco más, rompiendo la barrera de seguridad. Pude oler el aroma a madera y aire libre que siempre lo acompañaba.

—He pasado demasiado tiempo preocupado por mi posición, Luna. Es hora de preocuparme por lo que realmente importa.

Se dio la vuelta y salió de la biblioteca con pasos decididos, dejándome allí con el corazón latiendo a mil por hora. Me quedé un rato más, acariciando la mesa de madera donde nuestras manos habían estado tan cerca.

Hay personas que llegan a tu vida no para cambiar tu destino, sino para enseñarte que tú eres quien sostiene el timón.

Recogí mis cosas y salí de la biblioteca justo cuando el sol comenzaba a esconderse tras las colinas. Al pasar por el pasillo principal, vi a Chloe y a sus amigas revisando algo en una tablet. Al verme, Chloe me dedicó una sonrisa gélida, una que decía claramente: "Prepárate para mañana".

Pero esta vez, no sentí el mismo vacío en el estómago. Sabía que en algún lugar de ese instituto, o quizás en su taller secreto o en su casa frente al mar, Mateo estaba pensando en barcos que desafían la gravedad y en chicas que buscan a sus padres en las estrellas.

Caminé hacia casa bajo el primer brillo de Venus. Mar del Norte seguía siendo un lugar extraño, lleno de secretos y rivalidades antiguas, pero por primera vez, sentía que tenía un mapa. Y ese mapa tenía el nombre de Mateo escrito en cada coordenada.

A veces, para encontrar el camino de vuelta a casa, primero tienes que perderte en los ojos de alguien que habla tu mismo idioma silencioso.

La guerra de Chloe estaba lejos de terminar, pero en la biblioteca había descubierto que no todos los barcos en Mar del Norte estaban destinados a hundirse. Algunos, si tenían la tripulación adecuada, podían incluso llegar a volar.

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