Bajo las Estrellas Fugaces.

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Capítulo 1 Prólogo

La primera vez que vi el cielo desde Mar del Norte, creí que había llegado al lugar exacto donde podían concederse deseos. No era solo la claridad de las constelaciones ni la brisa salada que me llenaba la garganta con recuerdos a hogar; era la sensación de estar pequeña en un mundo que, sin embargo, parecía dispuesto a sostenerme.

Mi padre aparcó frente a la casa nueva con el motor aún tibio. Las cajas olían a ropa y a libros que no había abierto desde hacía meses. Mi madre hablaba en voz baja con una vecina que pasó a saludar, pero en mi cabeza se repetía la lista de preocupaciones que me habían traído hasta allí: encontrar mi colegio, no tropezar con las reglas de una clase que no conocía, sobrevivir a las miradas. Me dije a mí misma que sería solo temporal. Que en un año todo sería historia.

La noche en que todo cambió no planeé nada. Caminé sin rumbo por la playa hasta que las luces de la ciudad se volvieron una hilera intermitente y el cielo tomó la escena completa. Fue entonces cuando lo vi: un grupo de jóvenes en la orilla, risas que se escapaban con el viento y, entre ellos, una figura que no imitaba la distancia de los demás. Tenía una postura que hablaba de demasiadas cosas a la vez —seguro de sí, pero cansada— y una manera de mirar el horizonte como si buscará algo que no fuera para él solo.

No era la primera vez que observaba a alguien desde lejos, pero algo en su presencia me detuvo. Quizá porque él tampoco estaba encajando en su propio esquema de popularidad aquella noche; tal vez porque las estrellas hacían que su sombra pareciera más honesta. Cuando nuestros caminos se cruzaron, no hubo palabras grandilocuentes ni gestos de película; solo un intercambio breve, una sonrisa contenida y la sensación de que las piezas se movían.

No sabía que ese encuentro bajo meteoros y salitre sería la chispa que cambiaría mi año escolar. No sabía que, poco a poco, el chico que todos etiquetaban como inalcanzable abriría una puerta que yo no sabía que estaba cerrada. Y tampoco sabía que las cuestiones más simples —un libro compartido, una disculpa sincera, una noche en la azotea— tendrían más poder que los rumores y las fotografías robadas.

Las estrellas cayeron esa noche como promesas pequeñas. Yo pedí una sola cosa: que alguien me viera de verdad. No imaginé que, para ser vista, tendría que aprender también a mirar.

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