Capítulo 7 Capítulo 7
Edelin
Se retira al instante. Mi piel se encuentra erizada, los labios me arden y debo estar colorada porque siento el rostro caliente, ardiendo por ese beso que ahora me asegura, no le soy indiferente. Me acerco a él cuando recojo los zapatos del suelo.
—Ese beso tiene un cargo extra… cariño.
Bajo descalza al fresco de la noche. La sensación de libertad me abruma luego de estar prácticamente cautiva entre sus brazos.
“No vayas por ahí Edelin, la ultima vez no salió nada bien”, repite mi conciencia respecto a la única relación real que pensé haber tenido y, no resultó.
Me deshago de los pensamientos intrusivos en el momento que mi teléfono suena con una notificación. Es un recordatorio. Inserto la llave en el portón del refugio. Suspiro en el momento que suena y abre al instante. Al ingresar todo se encuentra en silencio. Me dirijo a la habitación que comparto con Clara y a Dios gracias se encuentra durmiendo. Bueno, es que también es bastante tarde. Ya dan las doce y es por esa razón que la notificación de la cita suena.
Abro la ducha y al fin encuentro agua caliente, no soy muy friolenta, pero no me gusta mucho el agua fría porque me duele la pierna un poco por la cicatriz. Me visto con una camiseta enorme y me recuesto para lograr un sueno ya que la cita es a las once de la mañana en un club del cual no recuerdo el nombre.
…
Despierto, azorada con un calor que casi logra que me incendie por ignición involuntaria. No creo que esto sea normal. Hay mas calor que nunca. Veo el teléfono y ya es tarde para averiguarlo, salto de la cama buscando el atuendo adecuado el cual no recuerdo en este momento y me devuelvo para mirar el teléfono y verificar. Cuerina, eso es. Busco en el armario, destapo y encuentro. Verifico que se encuentre todo en su lugar, que no falte nada y cierro de nuevo. Saco unos vaqueros, la camisa de seda azul con unas bailarinas porque debo conducir hasta el centro de Los Ángeles.
—Srta. Ambar —saluda el Valet.
—Diego ¿Qué tal? —lanzo la llave de mi cacharro al chico y este sonríe con gentileza —. Me esperan ¿cierto? —afirma con la cabeza y las cejas arriba cuando descubre que la llave guarda un billete de veinte dólares para él.
Ingreso al hotel por las puertas giratorias y saludo apenas con un asentimiento de cabeza a todos. Tomo el ascensor que me lleva al sótano y al abrir las puertas entro a un mundo oscuro y desconocido por muchos: La Doma.
—Rick se encuentra presionado porque no llegabas, ya está preparado —dice Sam haciéndome un guiño.
—Es una lástima, él no conoce mi vida. Solo esto, que se aguante porque soy madre de tres y amamanto —ríe con mi broma y entro al vestidor número seis.
Una vez ataviada con mi traje de cuerina que deja mucho al descubierto, coloco mi mano en el espejo y este se abre como una compuerta. Llevo mi látigo colgado a la derecha y la fusta en la mano, acomodo el guante y golpeo la madera.
Observo el hombre que tiene mas de un metro ochenta y mas o menos noventa kilos, atado a la Cruz de San Andrés. Se encuentra completamente desnudo, su miembro antes flácido va irguiéndose al verme caminar hacia él, ya su respiración es errática cuando llego a su lado.
—Ama, bienvenida —dice sin aliento. Río.
—¿Te he dado permiso para que hables? —niega —¡¿Eh?! No te escucho niño mimado.
—No, lo siento —golpeo uno de sus muslos y ya mi sexo se encuentra prendido en llamas.
Me paseo delante de él mientras veo como crece su hombría adhiriéndose al abdomen. Miro. Acerco el rostro y aspiro su aroma delicioso. Al doblarme el espejo le da una vista increíble de mi sexo abierto y el sujeto suspira.
—Envié un mensaje informando de mis vacaciones y aun así solicitaste una cita —lo miro de arriba abajo, me concentro en sus ojos color esmeralda.
Siento una fascinación extraña por él aunque es de los que menos he tratado.
—Necesitaba verte, ama.
—Aquí estoy —respira profundamente al sentir la punta de mi fusta en el glande, recojo el fluido y lo llevo a mi boca. Sonrío —¿qué necesitas?
—A ti, ama. Te necesito a ti —dirijo la punta de la fusta a su boca y chupa sin siquiera ordenarlo.
Me acerco para verme en sus ojos de nuevo y gime. Azoto su pierna, se siente en casa. Azoto de nuevo. Esta vez miro su miembro duro como roca y acaricio el tronco. Cierra los ojos.
—Mírame. No dejes de hacerlo, si te corres voy a castigarte fuerte —giro la cruz y su pelvis queda justo en mi rostro.
Lamo el tronco de su envergadura y tiembla, la sudoración delata la sensación preorgásmica y lo disfruto. Giro de nuevo y esta vez mi fusta va a dar en su otro muslo. El sonido humedece mi coño. Decido que ya no voy a azotarlo con la fusta y lo hago bajar de donde se encuentra. Tomo sus manos y las uno con una cadena para suspenderlo en el aire.
—Ama…
—Precioso —admiro su cuerpo colgado cuando muevo la palanca y va subiendo.
Desenfundo el látigo y hago que el cuero se estrelle justo en la mitad de su espalda, se arquea, le gusta. Me acerco y lamo el golpe, se estremece. Lanzo de nuevo, el cuero serpentea antes de impactar con la carne y traer la piel de mi sumiso. Un grito, un hilo de sangre y la satisfacción de poder beberme su éxtasis. Paso la lengua lamiendo el fluido carmesí que me regala y la respiración del hombre se entrecorta.
—Ama, por favor…
—Uno más, por desobedecer.
El aire siseó antes de que el impacto atravesara su espalda fustigando exactamente el musculo oblicuo lateral. La piel rasgada y el hilo de sangre crea una sensación de estar en otro mundo, uno donde solo se encuentra la satisfacción de sentirme a través de mi arma.
Me acerco, recojo la sangre de su costado restregándola en sus labios que devoraré en este momento, lamo y gime dolorido, pero satisfecho. Empuño el miembro erecto y aprieto. El dolor, la sensación de placer junto a la de saciedad deja en segundo plano la eyaculación del sujeto. Sin embargo, para mi su liberación es importante y lo hago con masturbación. Su favorita.
—Buen chico —masturbo con velocidad hasta que un gemido doloroso, seguido de un gruñido casi animal me avisan que se encuentra cerca —. Córrete precioso, ahora —susurro en su oído y lo hace fuerte.
—Ama, ama.
…
—No trabajaré en seis meses —se encuentra casi dormido. Limpio y atiendo sus heridas, responde con un asentimiento de cabeza —. No recibiré trabajo así que, agradecería la comprensión.
—Hecho.
—Gracias…
